Otras miradas

SOS desde Afganistán: “¿Hay alguien allí?”

Graciela Atencio

Presidenta de asociación La Sur

Una niña afgana, integrante de un grupo de ciudadanos evacuados de Kabul, permanece en un autobús tras su llegada al aeropuerto internacional Washington Dulles. EFE/ Will Oliver
Una niña afgana, integrante de un grupo de ciudadanos evacuados de Kabul, permanece en un autobús tras su llegada al aeropuerto internacional Washington Dulles. EFE/ Will Oliver

El lunes pasado recibí una llamada de auxilio por Whatsapp a través de una amiga y activista de derechos humanos. Una joven afgana refugiada en un país nórdico que en su niñez fue víctima de trata con fines de explotación laboral y cercana a mi amiga, pedía ayuda para que su hermana pudiera salir de Afganistán antes del 31 de agosto. Su vida corre peligro y está en la diana de los talibanes. Kalila (nombre ficticio), de 28 años, es maestra en un colegio de un pueblo de Afganistán al que asistían alrededor de cien niños y niñas hasta que los talibanes lo cerraron la semana pasada. Vive con su novio desde hace varios años pero tuvo que fingir que estaba casada cuando alquiló un apartamento, debido a que no está permitido alquilar a parejas que no hayan contraído matrimonio. Sus vecinos la acosaron cuando se enteraron. Su vida fue muy dura desde que nació y ha sido víctima de múltiples violencias machistas. A pesar de ello, tiene una fuerza interior impresionante, en sus ansias por ser una mujer independiente y los costes que eso supone en una sociedad del patriarcado más duro del planeta, después de haberse repuesto de robos, vejaciones y varias agresiones sexuales, rescató a decenas de niños y niñas y los inscribió uno por uno en la escuela que ella misma fundó en un barrio pobre, en una colectividad perseguida y reprimida por los talibanes. La semana pasada, la joven maestra supo de inmediato que el miedo que había padecido hasta ahora, con la llegada de los talibanes al poder, se había convertido en una angustia punzante por el riesgo elevado de ser secuestrada, esclavizada, asesinada... Kalila no es traductora ni ha colaborado con gobiernos de países occidentales pero sabe inglés y ha leído en las noticias el compromiso que han asumido algunos gobiernos europeos de rescatar y dar asilo a ciudadanos y ciudadanas afganas en peligro y riesgo de muerte: "¿Hay alguien allí en Occidente que escuche nuestra llamada de auxilio? Ayúdennos a salir de aquí, ahora mismo sois nuestra única esperanza", dice. Y se aferra a esa esperanza como a un clavo ardiendo. Tanto, que no está dispuesta a irse sola "porque nadie se salva sola" y ha conseguido el permiso de padres y madres de nueve niños que le imploraron que se los llevará a un lugar donde exista una vida posible. Padres que no quieren que sus hijos varones sean reclutados para una guerra, madres aterrorizadas de que sus hijas sean convertidas en esclavas sexuales, una práctica criminal generalizada y en aumento en el ejército talibán.

Lo cierto es que los niños y niñas serían once si los talibanes no hubiesen secuestrado a dos niñas que su padre adicto les entregó a cambio de drogas cuando se enteró de que las niñas querían huir junto a su maestra, hace dos días. Desde entonces no se sabe nada de ellas.

Ahora mismo Kalila está encerrada junto a los niños, su pareja y el hermano de este, esperando una señal que han lanzado a unas pocas personas que conocen de este lado del mundo. Sus vecinos hacen preguntas, algunos han amenazado con acusarla de intentar huir del nuevo régimen talibán.

Nos pusimos manos a la obra al día siguiente que recibimos el mensaje de la hermana de Kalila, el martes pasado, 24 de agosto. Junto al Ayuntamiento de Santa Coloma de Gramenet hicimos una petición urgente a la Delegación de Gobierno de Catalunya que a su vez esta elevó al Ministerio de Asuntos Exteriores. Pero no nos sentamos a esperar una respuesta. También buscamos la colaboración de ONG amigas de España, Estados Unidos, Canadá, Alemania… y en este momento hay organizaciones y personas solidarias con nuestra petición, que estamos intentando conseguir que Kalila, su pareja, el hermano de este y nueve niños y niñas puedan entrar en alguna lista de embarque de aviones de países occidentales.

He firmado el manifiesto Abrid las puertas a Afganistán y a las afganas, impulsado por periodistas y escritoras que insta a la comunidad internacional a que exija al gobierno talibán que mantenga las fronteras abiertas a quienes deseen abandonar el país, coincido totalmente con sus demandas. También celebro y comparto la iniciativa #YoAcojo, bienvenidas refugiadas afganas, propuesta por un grupo de feministas que se ofrecen a acoger a mujeres afganas en sus casas.

Necesitamos la implicación ciudadana y de la sociedad civil organizada para llevar a la práctica acciones como estas, y exigir al gobierno que cumpla con la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados que consagra a nivel internacional el derecho de asilo, a la que España se adhirió y ratificó junto a su protocolo adicional en 1978.

Mientras escribo estas líneas me entero por las noticias que hace unos minutos se ha producido un atentado suicida a las puertas del aeropuerto de Kabul con al menos 13 víctimas mortales, incluyendo a niños.

Pienso en Kalila y en su esperanza de poder salir de ese infierno. Me imagino a sus alumnos acurrucados a su lado, sin comprender la barbarie que les toca padecer y como ellos, millones de personas de su país, atrapadas en una espiral interminable de violencia patriarcal, miseria, muerte y el fracaso de Occidente en Afganistán después de 20 años de ocupación de Estados Unidos.

No abandonemos a las mujeres, niños y niñas afganas. No dejemos de luchar contra el patriarcado del siglo XXI y la misoginia institucionalizada, que pasará a la historia como tolerada por los Estados de la Unión Europa si esta no presiona al régimen talibán para que dejen salir del país a todas las mujeres afganas como Kalila que lo pidan.

Se acelera la evacuación de refugiados en Kabul por el atentado terrorista. Se acaba el tiempo sin que podamos darle una respuesta a Kalila que está buscando donde esconderse junto a su gente antes de que vengan por ella los talibanes. Siento culpa y desconsuelo por su situación. Le decimos que no vamos a abandonarla y que haremos todo lo que esté a nuestro alcance para que pueda salir de Afganistán pero no deja de taladrarme en la cabeza: "¿Hay alguien allí?".