Otras miradas

Avance de las milicias islamistas

Waleed Saleh

Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado por Nazanín Armanian, Francisco Delgado Ruiz, Enrique J. Díez Gutiérez, Pedro López López, Rosa Regás Pagés, Javier Sádaba Garay, Waleed Saleh AlKhalifa y Ana María Vacas Rodríguez

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En la ciudad de Sabratha, al oeste de la capital Trípoli, el 28 de febrero de 2016. - AFP

Durante más de medio siglo y con el objetivo de equipar sus ejércitos, los gobiernos árabes y musulmanes han gastado sumas que multiplican varias veces el presupuesto dedicado al desarrollo de sus pueblos en los ámbitos educativo, sanitario, tecnológico y en el sector servicios.

"Luchar contra Israel" o la muqawama (resistencia) han sido los argumentos habituales para justificar tanto los enormes costes económicos destinados a la compra de armas como los privilegios de los que gozaban los miembros de los diferentes ejércitos del mundo árabes y musulmán.  Pero resulta sorprendente observar cómo tales tropas nunca han conseguido ninguna victoria sobre sus enemigos exteriores: fueron derrotado dos veces en sus guerras contra Israel. No es menos cierto que Israel es Occidente, es Europa y sobre todo es Estados Unidos. Enfrentarse a este país significa hacer la guerra a las potencias occidentales.

La patria que supuestamente defienden los ejércitos ha sido sustituida en los países árabes y musulmanes por el zaím, el líder supremo. Las fuerzas armadas se han puesto al servicio del todopoderoso presidente o rey y los carros de combate han dirigido sus cañones hacia sus inermes pueblos.

Con el paso del tiempo y debido  a los intereses y las injerencias de poderes internos y externos, el protagonismo de los ejércitos en estos países ha empezado a mermar. Fuerzas paramilitares y milicias religiosas, en especial islamistas, han ido ocupando el espacio que dejaban los militares. La presencia de tales milicias aumentó el caos, la inestabilidad, la falta de seguridad, el miedo y la represión. Milicias creadas y financiadas por sectores públicos o privados se han instalado en estos países para ejecutar planes y proyectos destructores y devastadores.

La guerra civil libanesa (1975-1990) ofreció un ámbito ideal para la aparición de todo tipo de milicias (musulmanas, cristianas, drusas…), que lucharon entre sí hasta dejar al país arrasado. El acuerdo de Taif (Arabia Saudí, 1989) puso fin a esta contienda y dictó la disolución de todas las milicias. La milicia chií, Hezbolá (partido de Dios), apoyada por Siria e Irán, rechazó entregar sus armas y amplió sus bases y su influencia no solo en el Líbano, sino también en países como Siria e Iraq. Hezbolá surgió en 1982 como respuesta a la invasión israelí del Líbano. Cuenta con un brazo político y otro paramilitar. Recibe sus armas y su financiación económica de Irán y sigue al pie de la letra el pensamiento de Jomeini basado en Wilayat-e- Faqih (el gobierno del jurisconsulto). Tanto la línea intelectual del partido como su financiación iraní son de dominio público: Hasan Nasrallah, secretario general de Hezbolá lo ha reconocido en más de una ocasión en al-Manar, cadena televisa oficial del partido. Durante años Hezbolá ha tenido cierto protagonismo en hacerle frente a la política de ocupación israelí y así ha conseguido un importante apoyo popular, especialmente entre la población chií del Líbano. Pero con el paso de los años este partido se ha convertido en un estado dentro del Estado libanés. Su poder militar ha superado al del ejército nacional y su peso político ha excedido todos los límites. En las últimas décadas ha sido casi imposible nombrar un primer ministro para el Líbano sin el visto bueno de Hezbolá. El ejército libanés ha quedado disminuido y debilitado frente al poder y las armas en manos de este partido. Al contrario de lo que ocurre en el resto del mundo, donde se espera que el ejército proteja al pueblo, en este último año el ejército del Líbano ha hecho un llamamiento al pueblo libanes para proteger a sus fuerzas armadas. Su presupuesto está en números rojos, y, de hecho, para paliar esta situación las fuerzas aéreas han comenzado a realizar vuelos turísticos con sus helicópteros por 150 dólares por persona. En cambio, el partido de Dios goza de una sólida economía, gracias a las cuentas en divisas alimentadas desde Teherán. Buena parte de estos dólares proceden de las arcas iraquíes, que manejan los generales de la Guardia Revolucionaria iraní, los cuales se han hecho con este país desde hace más de una década.

Jomeini, artífice de la Revolución Islámica de Irán, ordenó la creación de la Guardia Revolucionaria Islámica para proteger el sistema político. Este cuerpo incluye milicias como la temida fuerza paramilitar Basij que se ocupa de reprimir a los manifestantes, perseguir y castigar a los opositores. Incluye también la Fuerza Quds, que se encarga de exportar los principios de la revolución a los países donde se encuentran poblaciones chiíes, como Iraq, Siria, Líbano y Yemen. De hecho, Irán ha extendido su influencia en todos estos países, ha creado milicias chiíes con diferentes denominaciones para mantener el sistema fallido en Iraq, defender al régimen alauita (chií) de Siria, potenciar el papel de Hezbolá en el Líbano y apoyar a la minoría chií, los hutíes, para derrocar al gobierno en Yemen.

En Afganistán, varios grupos de muyahidines (luchadores) combatían la presencia soviética en los territorios del país (1979-1989) apoyados por Estados Unidos, Inglaterra, China, Pakistán, Arabia saudí, Emiratos Árabes… Algunos veteranos de estos luchadores llegaron a formar en 1994 una milicia islamista suní autodenominada Talibán (estudiantes de teología islámica). Su fundador fue el mulá Omar (1959-¿2013?), líder espiritual y emir del grupo que luchó junto a Ben Laden, fundador de Al Qaeda en 1988, contra los soviéticos. La primera aparición de los Talibán fue en el sureste de Afganistán junto a las fronteras de Pakistán. Los líderes talibanes de Afganistán siguen el Maturidismo, escuela teológica de naturaleza sufí considerada como uno de los credos sunitas ortodoxos. Gozó de un estatus preeminente en el Imperio Otomano y el Impero Mongol. Es de orientación predominante entre los hanafíes (seguidores de la escuela jurídica Hanafí). Muchas de las figuras del grupo tienen una profunda influencia del deobandismo y los programas de estudios de la Universidad Islámica Dar al-Ulum en Deoban (India). Plantean una aplicación estricta de las enseñanzas del islam que recorta drásticamente las libertades personales y ejerce un control férreo sobre las relaciones sociales.

En 1996 los Talibán se hicieron con el poder en su país, establecieron el Emirato Islámico de Afganistán y aplicaron con la fuerza de las armas la sharía (ley islámica), lo que significó un gran retroceso en las libertades y derechos humanos. El gobierno de los Talibán fue derrocado en 2001 a raíz de los atentados terroristas de Nueva York. Veinte años después vuelven los Talibán a hacerse con el poder en Afganistán. Sus líderes siguen hablando de la necesidad de aplicar las enseñanzas del islam. Esto significa, entre otras cuestiones, prohibir toda actividad artística -música, teatro, cine, pintura, etc.- y restringir las libertades de los ciudadanos, en especial para la mujer, que será obligada a permanecer en su casa sin otra ocupación que la procreación y las labores domésticas.

En marzo de 2021 se formó el Gobierno de Unidad Nacional de Libia, presidido por Abdul Hamid Dbeibe, para unificar los dos gobiernos rivales y preparar elecciones para el próximo mes de octubre. El primero es el Gobierno de Acuerdo Nacional, con sede en Trípoli y cuyo primer ministro es al-Sarraj, reconocido por la ONU como gobierno legítimo de Libia y apoyado por Turquía y por un conjunto de milicias islamistas. Entre estas últimas se pueden identificar el Grupo Combatiente Libio, de ideología salafista; la Guardia Nacional, que sigue el mismo pensamiento anterior; los Partidarios de la Sharía, una especie de filial de Al Qaeda, y el Consejo de la Shura de los Revolucionarios de Bengasi, que lucha contra el gobierno de esta ciudad. Y el segundo gobierno es el del Ejército Nacional Libio, conocido también con el nombre de Gobierno Provisional Libio, dirigido por el general Haftar, con sede en Bengasi y apoyado por Egipto, Rusia y Emiratos árabes.

En Yemen, la milicia huti, un grupo insurgente chií minoritario denominado también Ansar Allah (partidarios de Dios) o Haraka al-Shabab al-Mu’min (Movimiento de los Jóvenes Creyentes) se rebeló contra el poder en 2014. Según algunas estadísticas su número supera los 300.000 efectivos. El grupo fue fundado en 1992 por Badr al-Din al-Huti, un clérigo que vivió en Irán varios años y muy influenciado por el pensamiento de Jomeini. Los hutíes son un grupo político-religioso con sede en Saada, en el norte del país. Luchan contra el gobierno legítimo de Yemen con el objetivo de hacerse con el poder e instaurar el imamato (califato o gobierno dirigido por un imam chií). Cuenta el grupo con el apoyo explícito del gobierno iraní, que se encarga de apoyarlo económica, militar y estratégicamente. En cambio, el gobierno elegido en 2012 y reconocido internacionalmente de Abd Rabbuh, recibe el apoyo de Arabia Saudí y de Emiratos Árabes.

El caso de Iraq es mucho más alarmante en cuanto al número y el poder de las milicias. A raíz de la invasión estadounidense, Paul Bremer fue nombrado gobernador civil de Iraq. Una de las primeras medidas tomadas por él fue disolver el ejército iraquí y todas las fuerzas armadas, considerados parte del sistema político del partido Baaz que gobernó el país desde 1968 hasta la invasión de 2003. El ejército profesional iraquí era experimentado y bien considerado en todo el mundo árabe por haber participado en las diferentes guerras con Israel (1948, 1967, 1973) y en la larga guerra contra Irán (1980-1988). La medida de Bremer provocó una amplia falta de seguridad y animó a que muchos efectivos de Al Qaeda entraran en el país a partir de 2004 desde Siria y Arabia Saudí especialmente. Los criterios de la creación de un nuevo ejército que supuestamente iba a sustituir al anterior se basaban en el sectarismo confesional (el chiísmo), la ausencia de formación militar y el clientelismo. Las milicias, particularmente las de los partidos políticos chiíes, no tardaron en hacer su aparición en las calles de Bagdad y de la mayoría de las ciudades iraquíes. Son varias decenas, algunas se habían creado en la vecina Irán antes de la invasión y entraron inmediatamente en el territorio iraquí en 2003, como la Organización Badr del Consejo Superior Islámico Iraquí, dirigido por el clérigo Ammar al-Hakim. Otras se fundaron después de la caída del régimen del Baaz, como el Ejército al-Mahdi, dirigido por el polémico Muqtada al-Sadr. La lista de nombres de milicias es larga, pero a modo de ejemplo podemos mencionar algunas más, como ‘Asaib Ahl al-Haqq, Brigadas de Hezbolá, Brigadas de Sayyid al-Shuhada’ o el Ejército de la Resistencia Islámica.

En 2014 y a raíz de la aparición del Estado Islámico en Siria e Iraq, la máxima autoridad chií del Iraq, Ali al-Sistani, dictó una fatwa (edicto religioso) sugiriendo la creación de una fuerza popular chií para combatir a los miembros de aquel estado. Así surgió al-Hashd al-Sha’bi (Fuerzas de Movilización Popular), un ejército irregular que cuenta con varios centenares de miles de efectivos, en su mayoría de confesión chií, y que participó en la expulsión del DAESH de Mosul y otras ciudades del norte de Iraq. Esta milicia está acusada de haber practicado asesinatos de civiles y cometer limpieza étnica en las zonas de mayoría suní. Tales fuerzas están fuera del control del gobierno de Bagdad y del Parlamento iraquí. Están mucho mejor equipadas que el ejército nacional del país y sus efectivos son mejor remunerados que las fuerzas armadas regulares, las cuales se ven marginadas y con escasa presencia efectiva. La milicia de Hezbolá recibe exclusivamente las órdenes de generales iraníes de la Fuerza Quds. Fatimiyyun, otra facción, acoge entre sus filas, además de iraquíes, efectivos iraníes y afganos de confesión chií. Esta milicia se encuentra en Siria para defender al régimen tirano de al-Asad, aliado de los ayatolás de Irán.

Las milicias de todos los países nombrados anteriormente y en diferentes grados han ido sustituyendo a las instituciones estatales. Manejan a los gobiernos de sus países e imponen sus normas y sus exigencias a los ministerios. Controlan y reparten los recursos económicos para suministrar a sus efectivos, pero también dirigen cientos de miles de millones de dólares a paraísos fiscales y para la compra de complejos turísticos enteros en Egipto, Emiratos Árabes, Estados Unidos y la Unión Europea. Los pueblos de países como Líbano e Iraq, por culpa de estas milicias, carecen de los servicios más elementales: medicamento, agua, luz… La presencia y el poder de las milicias en estos países ha significado también la pérdida de libertades y derechos de forma absoluta que ya antes estaban disminuidas. Han provocado un retroceso económico y social y en definitiva han dejado que reinara el caos en sus sociedades.

Los sucesivos presidentes estadounidenses han seguido el dictado de sus intereses económicos y estratégicos. Han combatido algunas de estas milicias cuando no les interesaban, pero han encontrado comprensión y apoyo del Pentágono cuando estos grupos les eran útiles. Los líderes internacionales, incluidos los de la UE, han querido ser "pragmáticos" y han seguido en gran medida los pasos de Estados Unidos en este sentido. Vamos a ver pronto cómo se va a blanquear la cara de los Talibán reconociendo su reciente gobierno en Afganistán. Todo el mundo está pendiente hoy en día de este país y de lo que va a ocurrir en el futuro próximo con los afganos. Durante una década Afganistán fue escenario de la guerra fría entre la ex Unión Soviética y Estados Unidos. El presidente Reagan y otros líderes de potencias internacionales utilizaron a ciudadanos afganos para ajustar cuentas con su rival soviético. Colocaron en los años noventa a un gobierno despreciable al frente del país que devolvió a Afganistán al medioevo. En 2001 Bush hijo lo destruyó. Luego, para purgar culpas, quisieron reconstruirlo, pero con métodos coloniales basados en la corrupción y el clientelismo. Y ahora, de nuevo, la humanidad se encuentra con un grupo funesto que pretende dirigir el destino de un país estratégico con más de treinta millones de seres humanos que procuran huir despavoridos de un sistema atroz basado en creencias supersticiosas, desfasadas y falaces.

La presencia de milicias en numerosos países está siendo un quebradero de cabeza para muchos estrategas, políticos y analistas. Algunos piensan que para mitigar su influencia la solución sería incorporarlas a las fuerzas armadas individualmente y no en grupo. Solución difícil de llevar a cabo si tenemos en cuenta que se trata de países desestructurados política, económica y socialmente. Además, los tentáculos de estos grupos han penetrado en lo más profundo de las articulaciones administrativas.