Otras miradas

La vergüenza es un sentimiento revolucionario

Marga Ferré

Co-presidenta de Transform Europe

Talibanes subidos a una camioneta en los alrededores del aeropuerto de Kabul. REUTERS/Stringer

Escribió el joven Marx en una carta a un amigo y aunque hacía referencia a una realidad y un tiempo que ya no existen, la frase viene a mi mente para encontrar algo de esperanza ante lo que siento (sentimos) frente lo que ocurre en Afganistán.

Vergüenza. Un sentimiento que implica no solo el saber moral de que algo no está bien, sino que presupone, además, la certeza de que somos en parte responsables. Por eso nos avergonzamos, si no fuera así, solo sentiríamos pena o rabia. Lo que ha ocurrido en Afganistán nos avergüenza (me avergüenza) porque nos sabemos en parte culpables, aunque sea por delegación o porque algo no encaja en la narrativa que apela al fracaso de Occidente, como si Occidente fuera no un accidente geográfico, sino un ente moral que nos incluye.

Oigo a un tertuliano, de normal sensato, lamentar el fracaso de Occidente por no haber sido capaces de llevar a Afganistán no ya la democracia, sino la civilización. Mucho más inteligentes, aunque igual de paternalistas, otros analistas reconocen la derrota de las democracias liberales en la tragedia afgana y, al menos, se atreven a criticar el imperialismo subyacente. Sienten vergüenza, algo es algo.

Quien parece no sentirla es el presidente Biden que, tras el desastre provocado, ha convocado una reunión de países "Amigos de la democracia" para ver qué hacen ahora tras la tierra quemada dejada al paso de los marines. El cinismo parece ser el signo de los tiempos.

Me corrijo, el cinismo es el cuerpo teórico que sustenta la narrativa justificativa de la colonización, al menos desde que el doctor Livingston lanzara su llamada a África en el siglo XIX con la mesiánica intención de llevar al continente "Commerce, Christianity and Civilization", las 3 Cs que sustentaron la narrativa sedante con la que los imperios europeos organizaron la rapiña del continente. Muchos medios describen el desastre de Afganistán como una derrota de Occidente, equiparando el concepto a una no explicita revisitación de las 3 Cs de Livingston, negando lo obvio y es que hoy "occidente" es, literalmente, la política exterior del Pentágono.

Hemos pasado horas viendo en directo el drama del aeropuerto de Kabul y muy pocos minutos hablando de las causas, así que ahora que Afganistán ya no es noticia, quizá es tiempo de hacernos las preguntas correctas y la primera, aun sin contestar, es:

¿qué demonios ha hecho Occidente en 20 años de ocupación?

"Occidente" ha gastado 2,26 Billones de dólares en Afganistán y ha enviado más de 110.000 soldados. ¿En qué y cómo se ha gastado ese dineral? ¿cómo es posible que tras 20 años de ocupación militar Afganistán siga siendo productor del 80% del opio del mundo? ¿Cuál ha sido el papel de las subcontratas militares? ¿y el de la corrupción?...

Las respuestas no la voy a encontrar en la narrativa de los agresores, así que las busco en el más claro de los teóricos del colonialismo. Frantz Fanon desvela y desmiembra el fenómeno colonial de forma demoledora en uno de los libros más importantes y divulgados del siglo XX. Leer "Los condenados de la Tierra" es incómodo incluso hoy y en él encuentro claves para entender qué ha hecho Occidente en Afganistán. Fanon describe cómo todo proceso de colonización es un proceso de expolio y cómo su modus operandi consiste en la creación de una burguesía nacional afín y obediente a la potencia invasora. Narra cómo la identidad nacional o religiosa se cimenta como oposición a los colonizadores y nos habla de las reacciones xenófobas y racistas provocadas por la ocupación y de la corrupción intrínseca al fenómeno colonial. Recordémoslo, todo proceso de colonización es un proceso de expolio. De alguna manera lo reconoció el propio Biden al aclarar que la intención de EEUU nunca fue democratizar el país, ni acabar con los talibanes.

Solo son mujeres

Ni las leyes de Nuremberg que los nazis impusieron en la Alemania del 35 que impedían a los judíos casarse con gentiles, ser funcionarios públicos o dar clases en la universidad, fueron tan lejos como las feminicidas normas de los talibanes.

Ni siquiera esa vergüenza de la humanidad que fueron las leyes del Apartheid Act en Sudáfrica eran tan bárbaras contra las poblaciones no blancas. Al menos no les prohibían estudiar, ni reír, ni vestir como quisieran, ni salir a la calle con un hombre que las tutele. Ridículo es hacer un ranking de brutalidades, solo uso estos ejemplos como lecciones de la historia, algo que mi respetada Hannah Arendt llamaría el "mal radical", es decir, aquel régimen que deshumaniza a partes de su población, que no los considera sujetos. Claro que los talibanes no son los únicos. Les anuncio otra vergüenza que pronto sentiremos muchos, cuando el mundial del futbol se celebre en Catar, otro régimen cuyas leyes no considera que las mujeres seamos sujetos completos.

Las feministas tendremos que salir de nuestro estado de shock al ver como "occidente" acepta con remilgos un régimen feminicida y exigir que bajo ningún concepto se reconozca al régimen talibán y que cualquier ayuda a su necesitada población esté sujeta al estricto cumplimiento de los derechos humanos.

Una oportunidad para una ONU que funcione

Tras el conflicto más sangriento, la Segunda Guerra Mundial, el mundo pareció querer cambiar el rumbo y acordó dos instituciones que hoy hay que volver a poner en valor: La declaración universal de los derechos humanos y la creación de un parlamento mundial que debatiera y decidiera en común, las Naciones Unidas. Tras la barbarie, la sensatez. Un parlamento mundial, unas leyes internacionales, los derechos humanos …

El desastre de Afganistán podría ser una oportunidad para revitalizar el derecho internacional y reforzar una ONU sin vetos. Cambiar las 3 Cs por los derechos humanos y una arquitectura legal que los proteja, entre otras cosas, para dejar sentir vergüenza, en esta caso ajena, al ver como tras las primeras reacciones grandilocuentes de ayuda a los afganos, se abandona a los refugiados a su suerte y se les impide entrar en nuestra Europa fortaleza.

En la otra Europa, la que sabe mucho de luchas y de conquistas sociales arrancadas con esfuerzo, al menos muchos y muchas sentimos vergüenza y sentirla es revolucionario porque implica la conciencia de que algo no está bien, sentir vergüenza es como dar el primer paso. En el fondo es un sentimiento inteligente. Dar el segundo ya depende de nosotros, porque, aunque sintamos impotencia y nos vendan lo que ocurre como inevitable, ninguna de las dos cosas es cierta.

Hagámosle caso a Frantz Fanon cuando nos interpelaba desde la voz de los condenados de la Tierra: "Será necesario primero que las masas europeas decidan despertarse, se desempolven el cerebro y abandonen el juego irresponsable de la bella durmiente del bosque".