Otras miradas

Simone Biles y los abusos sexuales: todos miraron hacia otro lado

La gimnasta olímpica estadounidense Simone Biles abraza a la gimnasta Kaylee Lorincz después de testificar durante una audiencia del Comité Judicial del Senado.- EFE

Lo dijeron, incluso al FBI. No las creyó nadie, no las escuchó nadie. Más de 300 chicas durante más de 20 años. Sesiones de supuesta fisioterapia con la niña en una camilla durante horas… las sesiones duraban horas. Horas. En las manos del violador. Horas. No las creyó nadie. En 20 años. Ellas dicen que les falló el sistema. No les falló, es que el sistema está contra ellas, se llama patriarcado.

Las gimnastas estadounidenses que han denunciado a su médico, al médico contratado por la federación de gimnasia de EE.UU, Larry Nassar, por abusar sexualmente de ellas, han tenido ocasión de relatar lo ocurrido en un juicio en el que se juzga, efectivamente, como ellas han dicho, a todo un sistema. Han contado que durante más de 20 años el médico del equipo olímpico estadounidense de gimnasia abusó de  decenas de chicas que pasaron por sus manos; que las tenía horas sometidas a dichos abusos mientras fingía, supongo, que las daba masajes o las exploraba medicamente. En todo este tiempo muchas de ellas contaron lo que ocurría. Pero no las creyó nadie o, peor aun, las creyeron pero les dio igual. Contaba una de las mujeres, ya mujeres, ayer en el juicio que después de su denuncia el FBI tardó más de un año en contactar con ella. Y que cuando por fin la tomaron declaración, la persona que lo hizo le pregunto: "¿Esto es todo?". Al hombre le parecía poco, o nada. Seguramente, puede, que el  policía del FBI piense que una niña tumbada en una camilla y a disposición del médico es una tentación que ningún hombre normal puede resistir; que este asunto no es lo suficientemente grave como para destrozarle la carrera al pobre. Así que, por si acaso, cambió la declaración de la víctima.

Las feministas hemos conceptualizado perfectamente esta situación, es el pacto patriarcal, el pacto entre varones, en toda su extensión. Esta es una de esas ocasiones en las que este pacto se despliega ante la sociedad  con luces fluorescentes. Los abusos sexuales a la infancia ponen a pleno rendimiento el pacto porque tienen que ver ya no sólo con la igualdad entre hombres y mujeres, y ahí las mujeres hemos dado (y ganado) una enorme batalla, sino porque estas denuncias vienen a poner en cuestión el derecho de los varones adultos, de los padres, sobre los niños y niñas, que no pueden protestar o que protestan mucho menos; que es complicado que den esa batalla por sí mismos. Pero, también, porque la denuncia de los abusos sexuales contra la infancia pone en el foco un absoluto tabú: el hecho de que en la inmensa mayoría de los mismos los agresores son hombres cercanos a las víctimas: padres, abuelos, tíos o profesores, médicos. Es decir, hombres respetables que se supone que tienen que cuidar a estas niñas (más del 78% son niñas) La denuncia de los abusos sexuales contra la infancia pone a la sociedad frente al espejo del patriarcado más terrible. No visibiliza sólo a quien abusa, sino también a quien niega, a quien se niega a hablar, a quien no recoge las denuncias con diligencia  o no las cree, a quien minimiza el daño, a quien hace chistes, a quien se conforma con apartar al abusador de una niña en concreto y lo mete en otro colegio etc.

Efectivamente, es todo un sistema. En España lo conocemos también. Lo hemos dicho con todas sus palabras y siempre ha generado un escándalo: en España es complicado denunciar el incesto. Hay muchas posibilidades de que quien denuncia el abuso acaba siendo juzgada por poner la denuncia. Juzgada por algunos jueces, por el personal técnico, psicosocial,  juzgada por los medios y la opinión pública. Es probable, además, que la primera persona que sea consciente de que se están produciendo abusos sexuales a una niña o niño sea la madre. Si ella o la propia niña o niño denuncian es muy probable que no se crea a ninguna de las dos, y es fácil también que las que acaben siendo juzgadas sean ellas; es posible que la madre pierda la custodia sin que se hagan las investigaciones necesarias. Las madres de Infancia Libre, y tantas como ellas,  son un síntoma, la violencia institucional contra las mujeres y la infancia que denuncian abusos sexuales existe, es real y es muy grave. Aunque siempre lo nieguen existen numerosas pruebas de que a las madres que quieren denunciar se les aconseja, desde diferentes instancias,  que no lo hagan. Pero, por si quedara alguna duda de que esta violencia existe basta con ver que no son pocos los miembros de la judicatura que otorgan derechos de visita a abusadores sexuales condenados. ¿Cómo es posible que se obligue a un niño o niña a visitar a la persona que ha abusado sexualmente de ella? ¿Cómo es posible que se le deje a solas con él?  Pues hay jueces que consideran que sí, que es normal, que es un derecho de esos padres abusadores.

Es el sistema, sí: un sistema patriarcal ( y en este caso, el nombre refleja absolutamente la realidad) diseñado para proteger los derechos de los padres, para negar los derechos de la infancia (y de las mujeres), para ocultar la extensión del incesto. Un sistema diseñado, como denuncian las gimnastas, para que todos miren para otro lado, para que minimicen, para que no crean, para protegerse unos a otros.

El Gobierno ha aprobado una muy necesaria ley de infancia que esperemos que surta sus efectos. El más importante es poner los derechos de la infancia en el centro y no como ahora, que las leyes "preservaban" sobre todo los derechos de la familia, ignorando que es en la familia o en el círculo cercano de la víctima, donde mayoritariamente se producen dichos abusos. Pero las leyes no cambian la realidad, ayudan a ello. Las feministas sabemos que no sólo la sociedad no cambia de un día para otro porque se aprueben unas u otras leyes, sino que ni siquiera cambian radicalmente las instituciones. Por eso, hay que seguir descorriendo el velo que oculta la realidad, que es lo que hace el feminismo. Seguimos luchando para construir una sociedad que proteja a la infancia y a la adolescencia.