Otras miradas

La buena y la mala política

María Luz Martínez Seijo

Secretaria de Política Social, Educación y Universidades del PSOE y diputada por Palencia

El presidente del PP, Pablo Casado, a su llegada a la convención nacional del partido este martes en Valladolid. EFE/NACHO GALLEGO

La dialéctica y retórica son una parte inherente a la política. Sócrates, Aristóteles o Platón debatieron su concepto, como siglos después continuaron haciéndolo más filósofos, Hegel o  Marx entre otros. La retórica o arte de hablar o escribir de forma elegante y con corrección persigue deleitar, conmover o persuadir, mientras que la dialéctica  consiste en desarrollar razonamientos, argumentaciones y ordenarlos en un discurso. Ambas, cuando son acompañadas de unos robustos componentes y convicciones ideológicas, son esas fortalezas que los políticos deberíamos aspirar a poseer, alcanzar y  dominar. Afortunadamente, siguen existiendo en la política actual y en ellas destacan políticas y políticos de diferentes formaciones.

La defensa de la ideología, de proyectos de ley, de medidas y actuaciones políticas mediante un debate civilizado es una herramienta esencial que forma parte del kit esencial en la política. Es la salsa de la política y debe brillar en los parlamentos y asambleas. Esta es la forma de ejercer lo que podemos llamar la "política tradicional", que cuando se domina y ejerce,  produce admiración y respeto, porque ganan la claridad de los argumentos y su exposición, ganan la razón y las formas, no  la fuerza o los insultos. Cuando se argumenta con solidez en los parlamentos, se nota, se vibra, porque el reconocimiento no procede solo de la bancada del orador, sino de diferentes grupos parlamentarios, se aplaude abiertamente o se reconoce discretamente a los intervinientes. Un buen discurso, una buena defensa siguiendo las reglas y la elegancia parlamentaria es lo que cabe esperar de los representantes de la ciudadanía, quienes debemos aspirar a ser un modelo a seguir, porque para eso representamos a la sociedad.

La democracia permite la libertad para que existan ideas plurales, permite su expresión y que se defiendan con convicción. La retórica y la dialéctica son instrumentos para hacer política pero deberían ser instrumentos para hacer política de la "buena". Sin embargo, cada vez es más frecuente su mal uso, lo que convierte a la política en un show,  que fomenta la desafección, el descontento y que ayudan a perder el vínculo y la identificación de los ciudadanos y ciudadanas con sus representantes políticos.

Cuando domina la demagogia, como instrumento habitual y no esporádico, cuando prima el titular sensacionalista frente a las ideas y argumentos elaborados y bien fundamentados, se crean mantras sin contrastar la verdad o la realidad. Se obvia o ignora el fondo y sentido de las propuestas.  Se menosprecia el sentido común y crítico de las personas. Se pierden las formas, se cae en el insulto habitual, en la descalificación personal. Se generaliza el lenguaje hiperbólico. Es cuando se pierde el sentir de la política, de la buena política.

No todo vale. Cuando los parlamentarios asumimos nuestro compromiso de representación con la ciudadanía, debemos asumir e interiorizar también el respeto a las normas, el respeto a las ideas ajenas, y a las personas, tal y como debemos hacerlo en sociedad, una sociedad democrática. Defendemos y damos voz a nuestros compromisos y programas electorales y  como personas comprometidas con un proyecto político, debatimos abiertamente en el espacio idóneo para ello, el parlamento.  Por eso no se pueden entender las actitudes que demuestran algunas formaciones políticas de la derecha y de la ultraderecha, ni el incremento de decibelios en los parlamentos, producido por una competencia insana por liderar el  discurso más chabacano posible.

El culmen, la cima de este despropósito es caer en el insulto personal públicamente para llamar la atención, para ser centro mediático. El desacato, el no cumplir las normas no es nada democrático. Se puede esperar, aunque no aceptar, de Vox, un partido de ultraderecha y antidemocrático, pero es incomprensible en un partido que se considera de Estado como el Partido Popular. Es bochornoso el ejemplo que se da a la infancia y los jóvenes. ¿Cómo exigir un comportamiento cívico cuando el modelo que algunos muestran se caracteriza por la falta de respeto? ¿Es ese el modelo de sociedad que quieren fomentar? Resulta paradójico que aquellos que reclaman un modelo tradicional de sociedad, esa España de bien de la que presumen, promuevan a la vez la rebelión y el desacato. Reflexionen, señorías del PP. La deriva  que practican a diario no favorece nada la convivencia, ni la cohesión social, sino todo lo contrario, fomenta una sociedad cada vez más agria y hostil que poco ayuda a  consolidar un proyecto social compartido, y a trabajar por eso que reclaman con la boca grande pero que queda reducido a susurros, la lealtad constitucional, el respeto a la ley y a la democracia.