Otras miradas

'Rights against the machine' y la Paradoja de Engels

Marga Ferré

Copresidenta de Transform Europe

Una imagen de la película 'Metropolis'.

Oigo el término "Paradoja de Engels" a un profesor de la London School of Economics, lo que me demuestra, una vez más, que hay vida inteligente en los centros de pensamiento del capitalismo contemporáneo.  

La paradoja se refiere a la pérdida de condiciones de vida tras los cambios producidos por una revolución tecnológica. Como es sabido, Friedrich Engels analizó las terribles condiciones de vida de la clase obrera en la Inglaterra de la Primera Revolución Industrial, pero no se limitó solo a eso. El pensador alemán, además, demostró que la aparición de nuevas tecnologías que cambian drásticamente la forma de producir y trabajar conduce a un empobrecimiento generalizado de la población que dura entre 30 y 40 años. A este efecto de las revoluciones industriales es lo que los guardianes de la ortodoxia económica denominan "la Paradoja de Engels".

Hoy, en los albores de una revolución digital que modifica esencialmente la forma en la que trabajamos, tendemos a pensar que es una situación sin precedentes, pero si estamos en la Cuarta Revolución Industrial es porque ha habido tres antes y, de ellas, especialmente de la primera, tenemos algo que aprender.

Conviene recordar que, durante la Primera Revolución Industrial que dio forma al capitalismo moderno, a la clase obrera inglesa se le impuso la industrialización y que ésta generó enormes resistencias. Una de las primeras rebeliones contra la sustitución de personas por máquinas fueron los luditas, ese grupo de trabajadores que se organizaban para destrozar las máquinas que les quitaban el pan. No se crean ustedes la imagen que los describe como unos brutos que no entendían el progreso y despedazaban telares mecánicos a diestro y siniestro, porque nada más lejos de la realidad. Los luditas no se oponían a las nuevas tecnologías de la época; combatían los recortes salariales y las inhumanas condiciones laborales de las fábricas que, y cito palabras de sus folletos "usan las máquinas de forma fraudulenta y engañosa". Los ingleses, muy dados a contar la historia de su clase dirigente, apenas narran la de su clase obrera y quizá por ello los luditas han pasado a la historia como los portadores de la ira contra las máquinas (rage against the machine), pero en realidad fueron una de las primeras manifestaciones de la clase obrera organizada en los inicios del capitalismo moderno. No se asusten, no abogo por un neo-ludismo, así que sigan leyendo.

La pregunta que se hacía el profesor de la London School, y que yo les traslado, es si hoy estamos o no a las puertas de una nueva Paradoja de Engels. Los datos dicen que sí. Desde finales del siglo XX hasta hoy la economía de los países de la OCDE ha aumentado por la digitalización, pero los salarios apenas han crecido, exactamente como en la Primera Revolución Industrial. No me llamen agorera porque de esto no solo alertan en la OCDE, sino que la propia Comisión Europea en su Informe de Prospección Estratégica publicado el 8 de septiembre, hace solo un mes, advierte: "En el futuro, el 50% de los trabajos actuales podrían automatizarse. Aparecerán nuevos empleos, pero requerirán nuevas habilidades. Si no se aborda, esta tendencia podría erosionar derechos sociales fundamentales y aumentar las desigualdades y dependencias dentro y entre estados".  En román paladino, la Cuarta Revolución Industrial amenaza nuestros derechos laborales y puede empeorar nuestras condiciones de vida.

¿Qué hacer entonces? 

Dándole vueltas a esta pregunta y buceando entre pensadores para encontrar alguna pista, doy con un libro que parece encerrar en su título la respuesta que estaba buscando. El profesor de la Universidad de Bolonia Marco Marrone participó y analizó las luchas de los riders de su región durante la pandemia. Riders que no tenían derechos laborales y que, en sus repartos, se enfrentaron a la pandemia trabajando para plataformas que por no darles, no les dieron ni mascarillas. Trabajadores desorganizados que decidieron luchar por sus derechos; de cómo lo hicieron, las alianzas que tejieron y lo que consiguieron va el libro del profesor Marrone, al que puso el esclarecedor título de Rights against the machine. Y es, precisamente, en la sustitución de la ira (rage) por derechos (rights) contra las máquinas, donde encuentro una solución a la Paradoja de Engels.

Porque en el texto el profesor italiano no aboga solo por el mantenimiento de los derechos adquiridos para cambiar la economía de plataformas, sino por la consecución de nuevos derechos. Nos saca del espacio establecido en el que la izquierda nos movemos en torno a la defensa de los derechos conquistados, para proponernos avanzar en la búsqueda y consecución de nuevos derechos. Dicho de otra forma, luchar para usar la revolución tecnológica a favor de las mayorías. Difícil, pero no imposible.

Si el siglo XXI será el siglo de las mujeres (de lo que no tengo ninguna duda), también lo será de la revolución tecnológica y el siglo en el que tendremos que frenar el cambio climático. Estos dos últimos retos son insoslayables y ambos requieren de un cambio copernicano en las formas de producir, consumir y trabajar. La tarea por delante es evitar que las fuerzas que dominen estos cambios sean las del monopolio tecnológico de las grandes multinacionales y plataformas digitales, y no porque sus multimillonarios dueños me caigan mal; no es un tema moral, es que imponen reglas que aceleran la Paradoja de Engels, destrozando derechos laborales, negándose a pagar impuestos y frenando cualquier avance tecnológico que amenace su monopolio. Son tan nocivas que hasta el Congreso de los EEUU está intentando ponerles freno. Son un lastre para el desarrollo, como lastre son para el avance de las energías renovables y los acuerdos climáticos las presiones que ejercen las multinacionales petroleras y las compañías energéticas. 

Los vientos a favor de un cambio que mejore la vida de la mayoría y frene el cambio climático solo pueden darse a través de acuerdos que pongan normas y planifiquen el desarrollo de forma equitativa y sostenible. Como todo cambio viene precedido de la idea, momento es de abrir los debates que los rescoldos moribundos del neoliberalismo dogmático se empeñan en negar, empezando por el concepto mismo de trabajo.

Si parte de nuestros trabajos los pueden realizar algoritmos o máquinas, trabajemos menos horas y menos años, con la misma efectividad. La propuesta de reducción de la jornada laboral a 32, 30 o 24 horas semanales ya está lanzada porque es posible y, sobre todo, es racional, incluso dentro del capitalismo, como predijera John Maynard Keynes, quien en 1930 aseguró que en 100 años (o sea, en la actualidad) la jornada laboral sería de 15 horas semanales. 

Que el acceso a la tecnología sea un derecho y que se base en conocimiento compartido lo han entendido hasta en la Organización Mundial del Comercio, que ha cambiado la normativa de patentes al ver imposible el desarrollo tecnológico con las ideas de propiedad intelectual del siglo XIX. Lo que pretendo decir es que la revolución digital abre brechas en el sistema y permite hacernos preguntas sobre el futuro que desmontan los mitos neoliberales del siglo XX: podemos trabajar menos horas y menos años, avanzar en una democracia económica, en la planificación estratégica y, por qué no, en una democracia real con nuevas formas de participación. Derechos contra las máquinas y soltar lastre. Nos va a hacer falta mucha organización y enormes dosis de impertinencia y rebeldía, pero que nadie nos diga que no es posible.