Otras miradas

Vivís en Matrix

Carlos Saura León

Profesor de filosofía

Matrix.- Pixabay

Todas las miradas fijadas en fuerzas ciegas que pugnan por la expropiación de nuestra atención (anterior fuerza de trabajo) en aras de mejorar la app en cuestión para competir con otras apps mediante algoritmos cada vez más sofisticados. Las apps nos estudian, se mejoran, aprenden de nosotros como colectivo y como individuos y cada vez son más perfectas. Las máquinas ya controlan el mundo. Los humanos hemos perdido el control. Nuestra energía sirve para alimentarlas. Sí. Vivís en Matrix y el rey es mi padre.

Ese es el sistema digital del que nos habla Marta Peirano en El enemigo conoce el sistema, un relato histórico de cómo internet, partiendo de un proyecto basado en lo común, ha sido colonizado por las fuerzas capitalistas y pretende hacer un negocio de todo eso que producimos y consumimos en las redes. Las consecuencias de tener a miles de millones de seres humanos al servicio de dinámicas que escapan a su control todavía están por ver. Sin embargo, ya hemos comprobado lo peligroso que es que los algoritmos dominen la escena pública en las elecciones que auparon a Trump al poder, que hicieron triunfar el Brexit, o que provocaron (en parte) la victoria de Bolsonaro en Brasil. Lo hemos visto también en tantos otros países en los que el fascismo, la homofobia y el racismo están ganando terreno. Esto sucede a nivel político-colectivo. ¿Pero qué sucede a nivel individual?

Durante la pandemia aumentaron en España un 250% las tentativas de suicidio en población infantil y juvenil. Y no todo se debió al confinamiento. Durante el mismo, muchas personas estuvimos conectadas a las noticias mucho tiempo, recibiendo toda clase de mensajes negativos con la sensación de que el mundo se acababa. Sin embargo, también estuvimos mucho tiempo pendientes de las pantallas y nos hicimos (todavía más si cabe) adictos al consumo de redes sociales. Y eso ha influido también en la percepción que tiene la juventud de las cosas. El simple hecho de ver cómo hay personas que "están haciendo cosas todo el tiempo" es causa de frustración y genera insatisfacción en la población infantil y juvenil, que al someterse al mundo de la absoluta inmediatez, no son capaces de entender que las cosas requieren un proceso, que los caminos son arduos y largos si uno quiere conseguir lo que se propone. El mundo se acababa y miles de personas "estaban haciendo algo con su vida" (como si con la vida hubiera algo que hay que hacer). Las apps se movían y se mueven al filo de la paciencia, jugando con el contraste entre lo que odias y lo que amas. Esa delgada línea es traspasada en muchos casos individuales generando mucho malestar.

El confinamiento y la pandemia han sido duros. Pero fue duro también para mucha gente ver cómo esa situación les había anulado a ellos, y sin embargo, al mismo tiempo, había miles de personas que durante ese lapso habían hecho todo tipo de cursos, habían perfeccionado su cuerpo, habían sacado un disco, habían estado con gente famosa o habían iniciado su aventura en Twitch. El mundo digital en el que habitamos es una selva. Una lucha de todos contra todos por la atención de millones de personas. El valor de la persona se genera siempre en contraste con otras personas. Siempre desde una lógica oposicional que no entiende la diferencia, si no que desarrolla una guerra ficticia (aunque a veces aparentemente amable como en Instagram) para que todos estemos las 24 horas pendientes de una pantalla que no deja de recibir todo tipo de notificaciones. Cada sonido, cada vibración es una muestra de nuestro valor. Y uno puede esperar eso de su video en TikTok, de su post en Facebook, de su tuit, o derivado de alguna publicación en Instagram. Decía Byung Chul Han que nos habíamos transformado en empresarios de nosotros mismos. Cada una de las personas es una empresa y maneja sus redes como si quisiera vender alguna cualidad de sí mismo. Decirle a cada minuto a todas las personas por qué vale la pena seguirle. Antes debías demostrar al jefe lo que valías en tu horario de oficina. Ahora tú eres tu jefe, tu propio empresario de ti mismo y necesitas mostrarte a ti y a los demás que estás en la cresta de la ola constantemente. ¿Y el horario? Siempre.

Esto ha generado una ruptura casi abismal con una antropología derivada de generaciones del siglo XX que desarrollaban su trabajo en la empresa y se iban a casa para desconectar. El hecho de estar conectados a todas horas a toda clase de apps y plataformas genera una ansiedad "laboral" por la cual nadie te paga con dinero. Estás trabajando constantemente en la imagen que proyectas. Sin embargo, se te paga solo con atención, follows, o se te penaliza con unfollows o campañas en contra por haber intentado llegar demasiado lejos. Es la totalización de lo laboral en lo vital. Es convertir tu vida en un trabajo constante, las 24 horas del día, los 365 días del año. Porque si en lugar de estar donde estás, solo estás pendiente de qué publicar, cómo hacerlo mejor, cómo mejorar tu secuenciación algorítmica que te llevará al estrellato digital, entonces es que no estás en ningún lado. Esta relación laboral se puede extrapolar también a las amistades, que se desarrollan por conveniencia, ya que el simple hecho de publicar una foto con alguien que tiene más followers que tú puede producir un trasvase de followers. Marx hablaba de cómo en un mundo basado en el interés la traición se podía oler en cualquier esquina. En el mundo actual, un mundo en que comes o te comen, basado en relaciones interesadas, desapego, desarraigo, actividad perpetua y ultraproductividad solo puede, como muestran los últimos datos, crecer la ansiedad, la depresión y las enfermedades mentales derivadas de un clima social y cultural perverso. Todo esto ha generado, por ejemplo, que Instagram (según un documento confidencial de la compañía publicado por The Wall Street Journal) asuma que dañan el autoestima corporal de una de cada tres adolescentes. Estar sometido al influjo constante de imágenes de cuerpos perfectos, estilos de vida fit y de alimentación sana, mientras las empresas de comida rápida y comida basura añaden cada vez más alicientes adictivos a sus alimentos es una carrera de obstáculos difícil de soportar: todos son perfectos menos yo.

¿Pero para quién estamos trabajando? Si a las personas se las paga con likes y no con dinero. ¿Quién está beneficiándose económicamente de todo esto? Gente como Jeff Bezzos (dueño de Amazon y Twitch que se catapulta al espacio con el dinero generado por nuestro trabajo no pagado) o gente como Zuckerberg (dueño de Instagram, Facebook y Whatsapp). La sede de Instagram no está en Menlo Park, California. Los verdaderos trabajadores de Instagram no son los que cobran en dinero de esa empresa. El proletariado contemporáneo está al servicio de las apps en todo el mundo, gratuitamente, generando contenido, publicando, consumiendo, alimentándose de modelos a seguir, envidiando, queriendo ser como este o aquel en aras de aumentar las multimillonarias cuentas de personas que podrían vivir mil vidas a cuerpo de rey con ese dinero. Trabajamos gratis y somos consumidos en el intento de labrarnos un futuro sometidos a tanta presión. O eres alguien o no eres nadie. La entidad en el mundo digital se alcanza mediante la fama y el éxito que puede darte un video viral aupado por los todopoderosos algoritmos. Expropian nuestra atención y la convierten en dinero, la insatisfacción por una vida siempre en déficit, siempre mejorable, siempre perfeccionable se convierte en beneficios multimillonarios. Los sudores fríos, el insomnio que provoca el estar siempre pendiente y el FOMO (Siglas de "miedo a perderte algo") son transformados en oro por las multinacionales que se dedican al negocio de la atención.

Hace unos años se hizo viral un video de una persona con una enfermedad mental llamado "el guardián de las estrellas". El hombre decía "Vivís en Matrix". Como si de una profecía se tratara, ese hombre tenía razón y se había adelantado algunos años al pronunciar esas palabras en la plaza de España de Palma, en Mallorca. El video se hizo famoso y causó mucha gracia a raíz de frases como "el rey es mi padre" o "hay naves detrás del sol que vendrán a buscarme". Sin embargo, ese momento de locura de la persona que pronunciaba estas palabras podría perfectamente encarnar unos minutos de lucidez de cualquier persona que en su sano juicio decide denunciar lo que estamos viviendo. Matrix es el espejo distópico de la sociedad contemporánea.

Neo despierta en una cápsula de la que las máquinas extraen su energía. Mira a su alrededor: hay millones de seres humanos como él, despojados de su energía, de su vitalidad y su mundo. Allí ganaron las máquinas y utilizan a los humanos como baterías para tener energía. Aquí en el ámbito de lo real las máquinas también han ganado. Condicionan lo que hacemos y cómo pensamos. ¿Cómo ha podido pasar? En 2001: Una odisea en el espacio, Kubrick nos relata como Hal, el ordenador que funciona como sistema operativo de la nave espacial, se rebela ante los astronautas que deben completar una misión. Hal sabe que quieren desconectarle y no va a permitirlo. ¿Puede llegar el momento en que el machine learning genere algo parecido a una conciencia con voluntad de autoconservarse, de forma que pugne por sus propios intereses y pueda acarrear peligros para los seres humanos? Está sucediendo. La primera ley de la robótica de Isaac Asimov ya se está incumpliendo. Esta reza: un robot no hará daño a un humano. Millones de personas deprimidas, con ansiedad, con la necesidad de autopromoción constante no saben cómo enfrentarse a un mundo que se les escapa. Están siendo dañadas. Muchas de ellas piensan en desaparecer. Que todo esté siendo delegado en algoritmos está teniendo graves consecuencias. Los humanos estamos perdiendo el control. Hay personas que se manejan bien en esta guerra. Hay buenos soldados. Pero hay demasiados efectos colaterales nocivos para mucha gente. Y sin embargo, aquí estamos, frente a un artículo desplegado en una pantalla que anuncia y denuncia lo terrible. Escrito desde un mundo feliz de una sociedad empastillada por ansiedad. La despedida pretende añadir algo de esperanza, a pesar de lo oscuro del mensaje. Acabamos pues, con una paráfrasis marxiana: "Los algoritmos terminarán por cavar su propia tumba".