Otras miradas

Mis cuentas pendientes con Vivian Gornick

Vivian Gornick lo ha vuelto a hacer:  Cuentas pendientes es un monumento a la lectura, un coloso de Rodas con un pie en la literatura y el otro en la narrativa personal, de la que es una maestra en los dos sentidos. Pero más allá de descripciones grandilocuentes, este libro es una lectura valiosa que lleva a otras muchas; incluye un mapa de múltiples tesoros, particularmente para feministas.

En diez capítulos, poco más de 150 páginas, Gornick repasa algunos libros que ha leído y releído, a lo largo de su vida, cambiando a su paso y modificando su vivir con cada nuevo descubrimiento, en cada nueva lectura. Les saca las tripas sin destriparlos. Los analiza y reanaliza sin quitarles la gracia.  En tiempos de novedades infinitas, esta autora, crítica literaria y profesora defiende volver y volver a dónde una vez encontramos oro para comprobar si el tesoro sigue ahí o era otro, si ha perdido valor o, sin embargo, ha adquirido otros. Gornick, además, mezcla como nadie las historias que leyó y la marcaron con la suya propia y, de esa amalgama, surge, en su crisol, un nuevo metal todavía más precioso que el oro del que parte, para quien se atreva a bucear en sus páginas.

Me releo y observo que me pone pretenciosa escribir sobre la obra de esta mujer de la que me he leído todo lo que se ha publicado en castellano. "No puedo evitarlo", como decía el protagonista de Las amistades peligrosas. Así que, para no ponerme aún más cursi, voy a limitarme a dejar aquí algunas de las perlas que cultiva en estas nuevas páginas:

–Repiensa la persecución de la plenitud sexual, de encontrarse el sentido a través del sexo y descubrir la falacia que puede haber detrás de ese principio.

–Define a el amor como "el terreno en el que habría de labrarse nuestra particular batalla con la Vida", como decía Colette de las mujeres. Homenajea y no tanto a esta escritora francesa  inventora de "la pequeña muerte", como apelativo del orgasmo.

–Subraya "la vida con la tapa puesta", como resumen de las obras de Elizabeth Bowen, que hablan de "la aclimatación al sentimiento cauterizado", que señala lo dormidos o medio muertos que muchos estamos.

–Medita sobre la soledad, partiendo de un discurso de 1892 de la sufragista Elizabeth Stanton: "Nada importa lo mucho que las mujeres prefieran apoyarse, ser protegidas y mantenidas, ni lo mucho que los hombres deseen que lo hagan, la travesía de la vida ha de hacerse a solas. […] Importa poco que el viajero solitario sea hombre o mujer; la naturaleza, que los ha dotado por igual, cuando llegan los peligros, los deja en manos solo de su propia habilidad y juicio, y, si no están a la altura de la ocasión, perecen por igual".

–Rememora como descubrió que lo suyo era escribir desde el yo, arrancando de experiencias propias como su adorada Natalia Ginzburg, de quien dice que su obra le "ha hecho amar más la vida" y a mí esa afirmación me lleva a ponerla la primera de mi lista de futuras lecturas.

–Reflexiona sobre la brecha gigantesca, como un acantilado, que separa la teoría de la práctica y como es aplicable también a tod@s y cada un@ de l@s que nos decimos feministas. Se atreve incluso a mentar la rabia que entraña mucho feminismo, como tantos movimientos sociales. Tanto se atreve que hasta la reconoce en primera persona.

–Se para a observar a sus gatos y a los de Doris Lessing, sobre los que la premio Nobel también escribió un relato, y compara sus miradas. De ahí llega a sopesar qué son los estados de ánimo y sus misterios y todo lo que podemos aprender de los animales.

–Se fija en la religiosidad, a través de una obra de Thomas Hardy; mira de frente a la fe como última trinchera. Se da cuenta de cuánto la despreció, como atea, cuando la leyó por primera vez y cómo volvió a leerla con fruición cuando abortó y una culpa indescifrable la acechaba. Creyó, mucho tiempo, sin dejar de ser atea, que el castigo divino le llegaría.

En definitiva, se trata de un libro imperdible que te cambia la cabeza, un caleidoscopio para lectoras atentas, construido por una escritora que, a sus 86 años, está más en forma que nunca, como demuestra esta joyita que tengo subrayada casi entera.