Otras miradas

El muro fantástico

Xavier Ferrer Gallardo

Investigador en el departamento de Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra

El 31 de diciembre de 1989 David Hasselhoff se marcó un reseñable concierto frente al Muro de Berlín

El 31 de diciembre de 1989 David Hasselhoff se marcó un reseñable concierto frente al Muro de Berlín. La actuación -medio épica, medio descacharrante- quedó registrada para siempre en los anales de la geopolítica popular. Hasselhoff había sido lanzado al estrellato por su papel protagonista en la serie televisiva El Coche Fantástico, y más adelante recibiría otro baño de fama global gracias a su papel en otro serial: Los Vigilantes de la Playa.

El caso es que ese día el bueno de Hasselhoff participó en un mega-fiestón de fin de año en el que, por primera vez desde 1961, alemanes procedentes de ambos lados del telón de acero pudieron desmelenarse juntos. El muro había caído apenas un mes y medio antes.

El video no tiene desperdicio. No dejen de echarle un vistazo si se atreven. Verán a un joven Hasselhoff pletórico y eufórico, vistiendo una espléndida cazadora adornada con bombillas e interpretando Looking for Freedom. La canción había sido compuesta antes de que nadie alcanzara ni tan siquiera a imaginar que el muro pudiera llegar a rasguñarse y estaba desprovista de cualquier tipo de referencia geopolítica. Sin embargo, con el tiempo, y una vez agotados los trozos de muro vendidos como souvenirs de mercadillo, la actuación de Hasselhof llegó a convertirse en parte de la memorabilia intangible asociada a la caída del telón de acero, asociada al noqueo y posterior derrumbe del universo soviético y, por añadidura, asociada también al triunfo arrollador del capitalismo.

Dejando a un lado las valoraciones sobre el futuro del capitalismo en días de Antropoceno, petrocalipsis y colapsos ambientales a la vuelta de la esquina, lo cierto es que, tres décadas y pico más tarde, resulta cuando menos deprimente advertir el estado lamentable en el que ha quedado la retórica mundosinfronterística que empalagó al mundo tras la caída del muro.

La estética y el imaginario derribamuros en el que en buena medida ubicamos la interpretación de Hasselhoff han quedado hechos trizas. Hay quien diría que dicho imaginario es ahora únicamente apto para goce y disfrute de supuestos radicales islamo-izquierdistas, ingenuos buenistas y/o pérfidos partidarios del gran reemplazo y de la destrucción de la identidad europea. El paradigma fronterizo en el que nos encontramos hoy es diametralmente opuesto al de 1989. Y, por consiguiente, ahora los espectáculos fronterizos representados en los márgenes territoriales de los Estados tienden a ser de naturaleza bien distinta.

Esta semana, justo el día en el que se cumplían 32 años de la caída del muro, el gobierno polaco mandaba 15000 soldados a su frontera con Bielorrusia para blindarse ante la "guerra híbrida" supuestamente orquestada por Lukashenko -Putin mediante-, y cuyo armamento (cuya munición no convencional, siguiendo esta misma lógica) serían los migrantes que tratan de acceder a la UE.  Al día siguiente el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, abría la puerta a la financiación comunitaria de un nuevo muro en las fronteras de Polonia.

El episodio ha causado cierto revuelo, pero la música que suena en los bosques entre Bielorrusia y Polonia (salvo alguna particularidad contextual) no es original en absoluto. El nuevo muro de Polonia será una pieza más del muro fantástico que la UE ha ido armando en su perímetro exterior, año tras año, "crisis" fronteriza tras "crisis" fronteriza.

Sin embargo, como KITT, el coche fantástico que conducía Hasselhoff en la serie que le catapultó a la fama, el muro en las fronteras exteriores de la UE tiene un componente fundamentalmente ilusorio.

Más allá de su indudable dimensión física, este nuevo muro será una pieza más de una ficción, de una representación fronteriza mediante la cual cada vez más votantes europeos apaciguan sus intensificadas angustias identitarias y socioeconómicas. Así, como es habitual, este enésimo episodio de fortificación perimetral responderá a la voluntad de satisfacer una fantasía geopolítica que anhela poder mantener a la Unión Europea blindada de forma selectiva y permanente frente a flujos migratorios indeseados.

Puede que quienes vean en la permeabilidad fronteriza una amenaza existencial se enganchen a la ficción y respiren más tranquilos. Pero la idea de un cierre fronterizo material que ataje definitivamente la llegada de inmigración irregular seguirá siendo ilusoria y, presumiblemente, el coste de la representación seguirá escalando. No solo en términos humanos y económicos. Como ya hemos visto con claridad en lo tocante a la gestión de los segmentos turco y/o marroquí de la frontera exterior de los 26, el coste también seguirá escalando en términos geopolíticos.