Otras miradas

Cómo no defender la filosofía: desmontando tópicos infértiles

La muerte de Sócrates, pintura de Jacques-Louis David

Como cada año, el tercer jueves de cada mes celebramos el Día Mundial de la Filosofía. Una jornada en la que los medios de comunicación nos dejan una pequeña columna para que nosotras, las filósofas, podamos escribir grandes elogios a nuestra bella disciplina. Ocurre que, con motivo de la deriva anti-filosófica de las distintas leyes educativas, los últimos años estas columnas están monopolizadas por nuestros lamentos ante la desaparición de la filosofía en los planes educativos y por el sinfín de razones a modo de gritos de protesta por las que los políticos deberían revertir tal situación.

Lo que sucede es que, como en todo espacio social, el discurso genera -más rápido de lo que nos gustaría- tópicos y lo que otrora fue un discurso racional deviene más tarde en posos de lugares comunes. Esto es lo que ha ocurrido con nuestro discurso de reivindicación. Así, ahora nuestros discursos suenan vacíos, huecos, y son asquerosamente previsibles y desgraciadamente nada agitadores.

Por eso, y porque en el fondo andamos nosotras igual de preocupadas por el ostracismo continuado que sufre nuestra disciplina, hemos decidido escribir por el Día Mundial de la Filosofía. Lo hemos hecho con la enorme diferencia de señalar estos lugares comunes (cómo no defender la filosofía) para que nuestras colegas revitalicen un discurso más que necesario como acompañante indispensable de la acción política. Allá van:

1. La filosofía es sinónimo de pensamiento crítico. Es cierto que en el ADN de la filosofía está la pregunta eterna y que mientras que las ciencias resuelven y predicen, la filosofía problematiza. También es correcto el que tanto mejor filósofo es alguien, tanto mejor es capaz de abrir nuevas vías y generar nuevas interpretaciones.  Y, por supuesto, estamos de acuerdo en que una de las funciones de la filosofía en la sociedad de masas es la de la crítica cultural y social.

Sin embargo, es bastante discutible la similitud entre pensamiento crítico y filosofía.  Por un lado, es absurdo pensar que los no-filósofos carecen de pensamiento crítico y que este es una parcela exclusiva de la filosofía. Pero, además, tampoco es correcto pensar que toda práctica filosófica sea crítica. En nuestra disciplina abundan los ejemplos de dogmatismos, de escuelas, de hermetismos, de no discutir al maestro, de ataques furibundos contra la corriente contraria, etc. ¡Ojalá todos los filósofos mostraran pensamiento crítico!

2. Filosofía y democracia. Otro tópico, ya demasiado manido, en la defensa de la filosofía es el que señala que la filosofía es el espíritu de la democracia. Nacieron juntas en la Antigua Grecia, arguyen, y la muerte de una (filosofía) es el deterioro de la otra (democracia).

Esta semejanza es, cuanto menos, atrevida. No sólo porque los mejores filósofos de nuestra historia occidental son profundamente antidemocráticos (Platón, Nietzsche, Heidegger), sino porque los grandes avances sociales no han venido protagonizados, precisamente, por filósofos. De hecho, ¿no han servido los intelectuales, durante casi toda la historia, como legitimadores de regímenes tremendamente injustos? Aún resuena, lamentablemente, con fuerza el grito-pintada que inundó el Mayo del 68 francés:  «Las estructuras no bajan a la calle». Los cambios sociales no vienen de los intelectuales, sino del movimiento a pie de calle.

3. La filosofía enseña a pensar. Un argumento más en la defensa de la filosofía es que la filosofía potencia el pensamiento, nuestra alma racional, lo puramente humano, y que, por eso, deberíamos cuidarla. Esto es en parte cierto y difícilmente se podría hacer filosofía sin pensar o sin reflexión.

El problema con este argumento es que sólo es útil presuponiendo que la filosofía es la única que nos enseña a pensar. Y es que, ¿por qué defender la filosofía si hay otras veinte disciplinas (física, biología, matemáticas, etc.) que también nos enseñan y nos obligan a pensar? ¿Por qué defender la filosofía con una característica común a casi todas las disciplinas académicas? ¿O es que el físico o el químico no piensan?

4. La filosofía nos hace más libres. Este lugar común en defensa de la filosofía trata de convencernos que estudiar y leer filosofía hace más libres a las personas. Se llega a esta conclusión a través del razonamiento lógico de que cuanto más sabio seas, más conocimiento tendrás y, por tanto, tendrás más herramientas para poder elegir de forma más libre y habrá menos posibilidades de que resultes engañado.

Hay varios aspectos que pueden resultar problemáticos de defender la filosofía desde esta máxima. El primero es el razonamiento que postula que el conocimiento nos hace más libres. ¿Depende la libertad del conocimiento? ¿O depende, quizá, de estructuras sociales y materiales que permiten la (auto)realización?

En segundo lugar, estudiar y leer filosofía no te hace ni más sabio ni más libre. Podrías estar todo el verano leyendo a Hegel o a Heidegger y no enterarte de nada. ¿De qué sirve la enseñanza de la filosofía si no hay una intención de que los alumnos comprendan y se empapen de ella? ¿A cuántos de vuestros compañeros de instituto les gustaba la asignatura y cuántos de ellos se enteraban de lo que sucedía en esas clases? Habrá (mucha) parte de responsabilidad del alumnado y otra mucha de los profesores que imparten la asignatura sin la motivación presente de que los alumnos se empapen del conocimiento. ¿La filosofía y su estudio nos hace libres? Unas veces sí; otras veces en absoluto.

5. La filosofía nos hace mejores personas. Para articular esta defensa hemos de volver a Platón y, por ende, a Sócrates. La idea de que el estudio del bien, la justicia y la verdad nos va a hacer buenos, justos y defensores de la verdad, solo puede defenderse desde el intelectualismo moral socrático. Esta concepción de la ética nos viene a decir que el malo es malo por ignorante y que todo el que conoce el bien, entonces ha de ser bueno.

Ahora bien, este argumento tiene varios problemas. El primero es que presupone que el Bien se puede conocer (algo que es discutible). El segundo es que presupone que conocer el bien implica llevarlo a cabo, pero ¿cuántas veces hacemos cosas que sabemos que están mal?

6. La filosofía nos hace más felices. Hemos llegado a uno de nuestros tópicos favoritos. Otro argumento platónico que refiere a lo siguiente: quien es verdaderamente feliz es el sabio, el filósofo, que es quien es capaz de contemplar y conocer las ideas, la esencia de las cosas.

La idea de que estudiar filosofía (que, ciertamente, se pregunta por el contenido de la felicidad) nos hace más felices es casi ingenua. No son pocos los filósofos y filósofas que han acabado con sus vidas, lo que nos hace pensar que quizás sus vidas no eran más placenteras que las de cualquier otra persona que no se dedicase a la filosofía, incluso que en ocasiones resultaban tortuosas. Ya lo dijo Hegel al principio de la Fenomenología del espíritu: la filosofía es el camino de desesperación de la conciencia.

7. Defender la filosofía implica defender los estudios de filosofía. El último de los argumentos que vamos a revisar es el que cree que para defender los estudios de filosofía (que es nuestro objetivo con las leyes educativas) basta con mostrar lo buena que es la filosofía.

Sin embargo, hay multitud de disciplinas que resultan beneficiosas de estudiar o practicar y, sin embargo, no parecen ser adecuadas para los planes de estudio de los adolescentes. La alfarería es un saber útil, bello y con muchos beneficios, pero tales virtudes no implica que deba desplazar en horas lectivas a las matemáticas o plástica.

En fin, estos son -por desgracia- algunos de los tópicos sedimentados durante estos años de «defensa» de la filosofía. Nos apena constatar cómo la mayoría de nuestros colegas se han subido al carro de, en palabras de Heidegger, la habladuría y la cháchara, el discurso impersonal. Animamos a todas las que nos estáis leyendo y que tenéis cierto afecto por esta bella disciplina a que confiéis en su carácter performativo. El valor de la filosofía, como el resto de valores, no se deducen ni se argumentan, sino que se muestran. La mejor forma de defender la filosofía es, justamente, hacerla. Y qué mejor manera de llevarla a cabo que cuestionando nuestros propios discursos y prácticas como filósofas.