Otras miradas

Los leales: los militares de la II República

Gutmaro Gómez Bravo

Director del Grupo de Investigación Complutense de la Guerra Civil y el Franquismo, comisario de la exposición

Gutmaro Gómez Bravo

El Coronel Prada y su familia en Baza, 1938. Foto familia Prada Vaquero

"Jefes, oficiales, soldados del Ejército del Centro, madrileños, dentro de breves horas cambiará el régimen político de Madrid. Agotadas todas las posibilidades de resistencia por parte del Ejército del Centro y al objeto de salvaguardar la vida del pueblo de Madrid y evitar el derramamiento inútil de más sangre de este valeroso ejército, sin beneficio para nadie, nos hemos visto obligados a aceptar las condiciones del enemigo. Entregaremos el mando del mismo a nuestros adversarios. Tened calma y obedeced las órdenes de vuestros superiores, ya que contamos con la promesa de que nada tiene que temer quien no haya cometido delitos comunes. Y yo sé que mis soldados solo han combatido con lealtad en el campo de batalla. Me entrego con vosotros para responder por las tropas de mi mando y mi actuación personal. Y podéis tener la seguridad de que el mayor orgullo de mi vida es el de haberos tenido a mis órdenes. Viva España, Viva la República"

Tras radiar este mensaje, la última autoridad militar republicana del Ejercito del Centro, el Coronel Adolfo Prada Vaquero, se dirigió hacia el donde hoy se encuentra el Hospital Clínico, el lugar donde estaba acordado entregar Madrid. Tras intercambiar el saludo oficial con el coronel Losas, nadie del estado mayor del Ejército franquista le dirigió la palabra, así que volvió a su casa andando, por una ciudad que ya había empezado a cambiar de aspecto. Tres años antes, Prada, que estaba retirado del Ejército, pidió su reingreso para hacer frente al golpe de estado. Su biografía y trayectoria profesional es ahora recogida, junto con la de 30 militares profesionales que mantuvieron el orden público y constitucional vigente, en una exposición organizada por el Ministerio de Defensa y la Fundación Pablo Iglesias,  en los Archivos del movimiento obrero de Alcalá de Henares.

La sublevación había comenzado el 17 de julio de 1936 en el Protectorado Español de Marruecos. Al día siguiente, el general Francisco Franco volaba de incógnito desde Canarias a Tetuán para dirigir los movimientos de la pieza clave del pronunciamiento: el Ejército de África. Las horas y días siguientes fueron decisivos para el triunfo o fracaso del golpe. El plan diseñado por el General Mola se puso en marcha y la rebelión militar estalló simultáneamente en la Península. La mayor parte de la Guardia Civil, a excepción de Cataluña, por la acción del General Aranguren y del Coronel Escobar, apoyó el golpe y siguió las instrucciones reservadas dadas por Mola: abandonar las comandancias pequeñas y concentrarse en las capitales de provincia. Desconcertadas, las autoridades civiles republicanas confiaron en poder mantener la situación con la Guardia de Asalto. Contaron además con una parte de la fuerza aérea que mantuvo los aeródromos en el entorno de Madrid, y con la Marina, que consiguió bloquear el Estrecho de Gibraltar, retrasando el trasvase de las tropas marroquíes de Franco a la Península.

 Con el tiempo en su contra, todo pasaba por mantener y recuperar el mayor número posible de zonas urbanas. El coronel Aureliano Alvárez-Coque de Blas, se dirigió a Toledo para lograr la rendición de sus compañeros de armas acantonados en El Alcázar. Diplomado de Estado Mayor, conocía la Academia de Infantería, en la que se había formado con Vicente Rojo, como la palma de su mano. Sin éxito en la mediación, volvió a Madrid, donde organizó la defensa del sector clave: el Parque del Oeste-Puente de los Franceses, cumpliendo la Orden General dada por el General Miaja para taponar el avance de las tropas del General Varela, que se encontraban ya a las puertas de la capital.

A pesar de todos sus esfuerzos, el 21 de julio, los militares sublevados controlaban ya una buena parte del territorio español: todo el protectorado de Marruecos, las islas Canarias y Baleares (a excepción de Menorca), una gran parte del oeste y centro peninsular (Navarra, Álava, Castilla y León, Galicia, la mitad de Aragón y Cáceres), y una parte menor del territorio andaluz, en torno a las ciudades de Cádiz, Sevilla, Córdoba y Granada. La sublevación no había triunfado en dos grandes zonas separadas entre sí: la zona  centro-sur y este peninsular (Madrid, Badajoz, Castilla La-Mancha, Cataluña y todo el arco mediterráneo hasta Málaga), y la zona norte, una estrecha franja que iba del País Vasco a Asturias.

La ventaja más importante que tenían los militares sublevados, sin embargo, era el apoyo que le brindaban las fuerzas armadas de la Península. Un apoyo que fue mayoritario pero no tan homogéneo y absoluto como a veces se da por hecho. Las jefaturas de Estado Mayor de las Divisiones Orgánicas no tuvieron una fuerte implicación en la conspiración y la sublevación. De los nueve jefes de los Estado mayores de división sólo cuatro participaron en la conspiración, seis se sublevaron y tres se opusieron. Respecto a los generales jefes de división, solo se sublevó sólo uno (Cabanellas en Zaragoza), Franco en Canarias y Goded en Baleares. El 29 % de la oficialidad en activo no se sublevó, frente a un 36% que sí lo hizo. La diferencia la marcó el 35% restante que abandonó la zona republicana. Esto significó un desequilibrio de más de tres a uno en cuadros de Estado Mayor en el territorio franquista, factor clave de su superioridad militar a lo largo de la guerra. El resto, los militares que se mantuvieron en su posición anterior al golpe, sufrieron las consecuencias directas: fueron juzgados y ejecutados. El contralmirante Azarola, por "abandono de destino". Aranguren en el campo de la Bota, Escobar en Montjuich, o los generales Batet en Burgos, Martinez Cabrera en Paterna y Nuñez de Prado en Pamplona, aunque sus restos siguen sin ser localizados a día de hoy. Muchos otros, como el propio Prada, fueron encarcelados o se marcharon al exilio al término de la guerra, donde siguieron siendo requeridos. El Almirante Buiza se puso al frente de parte de la marina de la Francia Libre de De Gaulle en Argelia. El general Rojo ocupó la cátedra de Historia militar de Bolivia, y otros, como el propio Alvárez-Coque, formaron parte de los organismos conjuntos que el gobierno republicano en el exilio trató de impulsar con los aliados, aunque sus planes finalmente no fructificaron.  Todos ellos, a pesar de su brillante trayectoria profesional, fueron expulsados del Ejército. Víctimas de la guerra y de la dictadura, cayeron en un olvido que esta exposición trata de paliar a través de una muestra representativa de todo un conjunto generacional.