Otras miradas

No jorobes al Poeta del Olivo, Pedro

Sergi Sol

Periodista

Pedro Sánchez y Gabriel Rufián, en una fotografía de septiembre de 2020. /
POOL MONCLOA

El abuelo de Pasqual y Ernest Maragall, el gran poeta Joan Maragall, escribió el conocido poema Oda a España tras el desastre colonial de 1898. La primera estrofa proclama:

Escucha, España, la voz de un hijo que te habla en lengua no castellana; hablo en la lengua que me ha legado la tierra áspera; en esta lengua pocos te hablaron; en la otra, demasiado.

Vamos, que lo del catalán para nada es nuevo. Llevan siglos dando la paliza. Y siguen en sus trece, ahora con el rollo de Netflix y la cuota de catalán en el mundo audiovisual. Lo pactó el Presidente Pedro Sánchez con Gabriel Rufián, hijo de inmigrantes de Jaén. Por eso al del Fondo de Santako le llamaban ‘el poeta del olivo’. Se dieron la mano, sellaron así el acuerdo de presupuestos. No era un tema de dinero, era de protección y promoción de una lengua, española también al parecer de algunos. O no.

El poeta Maragall fue un hombre que no dudó en defender al psicopedagogo anarquista Francesc Ferrer i Guardia cuando este fue condenado a muerte por un tribunal militar como instigador de la Semana Trágica de 1909. Mientras Maragall pedía el indulto, la burguesía catalana combatía toda expresión de solidaridad, al punto que Prat de la Riba, líder de la Lliga Regionalista (antecedente histórico de CiU), impidió que Maragall publicara texto alguno a favor de indultar al ilustre pedagogo. Ferrer i Guardia fue ejecutado sin piedad como tantos otros, el 13 de octubre de 1909. Lo del catalán y el catalanismo era tan transversal como lo del español y el españolismo.

Era Joan Maragall un hombre espiritual, progresista, creía en la Federación Ibérica aunque jamás se identificó claramente con opción política alguna. Su credo se expresaba a través de su poesía:

Demasiado pensaste en tu honor y escasamente en tu vida: tus hijos, trágica, diste a la muerte. Mortales honras te satisfacían; tus fiestas eran tus funerales, ¡oh triste España!

Ese conocido poema, escrito en catalán, expresa el dolor por tantos jóvenes muertos en unas guerras coloniales donde perecían los hijos de las familias humildes para defender intereses ajenos.

Pero también expresa la diversidad. Eso que Zapatero llamó la España plural, que seguía siendo España pero recogiendo lo que dice la Constitución. Para Maragall esa Patria Ibérica debería ser la unión política de las diversas patrias naturales o lenguas peninsulares. Maragall sintonizaba con aquella generación del 98 que quería europeizar España frente  a los que querían africanizarla, como Unamuno. Nótese la preocupación por integrar el catalán como parte del patrimonio ibérico, español, como de hecho recoge la actual Constitución (6 de diciembre, 43 años de vigencia) en su articulado preliminar: La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección. Aunque jamás Gobierno español alguno, ni partido que se precie, se ha tomado en serio esa disposición. Ni Tribunal Constitucional, por supuesto. Nada. Es como si no existiera.

Pues vuelta a las andadas que para el Gobierno más progre de la historia lo del catalán sigue siendo una tocada de narices, con Unidas Podemos silbando. Y eso que pactaron con luz y taquígrafos a cambio del apoyo a los presupuestos. Ahora, después de firmar, resulta que a las multinacionales ni mentarlas, que pueden campar a sus anchas. Sólo faltaría molestar con la chorrada del catalán. Que hagan lo que les venga en gana. Total, al español ya se traduce todo. Y los catalanohablantes entienden el castellano, ergo que no enreden ni molesten a los buenos de Netflix. Esa es la lógica.

En la España Plural también creyeron los nietos de Joan Maragall, Pasqual y Ernest, que la defendieron militando en el PSC (PSOE). Hasta que se hartaron luego de estrellarse una y otra vez ante un muro de incomprensión. El mismo, inquebrantable, que se alza ante cualquier atisbo de ‘protección’ como manda esa Constitución que para cuando se trata de según qué es una especie de Código Penal con que golpear en la sien ajena.

Gabriel Rufián ha liderado la voluntad de acuerdo, con el consiguiente desgaste. El poeta del Olivo se ha llevado tantas o más críticas de la derecha nacionalista (catalana) que Pedro Sánchez de la derecha extrema y la extrema derecha españolas por sus acuerdos con los republicanos, los que le han granjeado la presidencia y la gobernanza. Llegados a este punto, Sánchez puede hacer dos cosas. Una, cumplir con su palabra y con la que debería ser su obligación constitucional, proteger y promover el catalán (el vasco o el gallego). O dos, tomarse una copa con Toni Cantó en esa Oficina del Español en Madrid y andar con unos socios que con eso del catalán no van a darle la brasa si no es para arremeter en nombre de la libertad.

Por cierto, que así termina la Oda a España de Maragall, con la misma resolución que han terminado los nietos del poeta:

¿Dónde estás España, dónde que no te veo?
¿No oyes mi voz atronadora?
¿No comprendes esta lengua que entre peligros te habla?
¿A tus hijos no sabes ya entender?
¡Adiós, España!