Otras miradas

Razones para vacunar a niños y niñas contra la covid-19

Pedro Gullón

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Ha comenzado la vacunación frente a la covid-19 a niñas y niños entre 5 y 11 años. Estas últimas semanas el debate se escuchaba en todos lados, si niñas y niños pasan la covid-19 de forma leve (generalmente), ¿para qué vacunarles?

Esas dudas son normales, cualquier procedimiento médico en menores puede generar más miedos e inseguridades. Asumimos mejor las posibilidades y riesgos de un tratamiento en adultos que en menores. Pero para profundizar en este debate, más allá de posiciones simples, vamos a preguntarnos qué razones podemos tener para decidir (o no) vacunar a las personas de entre 5 y 11 años.

El balance riesgo-beneficio

La primera pregunta ya la apuntábamos antes. ¿Para qué vacunar si la mayoría de los casos son leves? Hasta ahora, lo teníamos muy claro, los beneficios de la vacuna en personas adultas superan a los potenciales efectos secundarios.

Pero claro, si las personas de entre 5 y 11 años tienen una enfermedad por norma general menos grave, ese balance riesgo-beneficio puede ser peor. Sin embargo, existen varias razones por las cuáles tanto el CDC de Estados Unidos, el ECDC en Europa, la OMS, la comisión técnica de salud pública de España, o la revista BMJ se han posicionado a favor de la vacunación infantil:

  • Por un lado, ahora mismo las personas de entre 5 y 11 años representan uno de los grupos con más incidencia acumulada. Esto no es algo mágico, es debido a que la vacunación en el resto de grupos de edad está funcionando. Ya apuntábamos desde septiembre que esto era posible.
  • Debido a esto, aunque la mayoría de los casos en menores sean leves (un 99,7% presentaron un cuadro leve en la quinta ola), una transmisión muy alta en ese grupo de edad puede terminar impactando en hospitalizaciones. Además, existen personas de entre 5 y 11 años que tienen condiciones (enfermedades crónicas, inmunodepresión…) que hacen que la covid-19 sea más grave; el riesgo de hospitalización en estos casos es 19 veces mayor, pero aun así, el 78% de las personas de entre 5 y 11 años que son hospitalizadas no tenían ninguna condición de base.
  • Los efectos secundarios han sido valorados de la misma forma que en adultos, a través de ensayos clínicos aleatorizados en más de 3000 niñas y niños, que muestran que los efectos secundarios graves no son comunes. En EEUU, donde la vacunación infantil está más avanzada en el tiempo, han encontrado que el riesgo de miocarditis (por poner un ejemplo de efecto secundario grave), es mucho mayor en menores no vacunados que se contagian de covid-19 que en menores vacunados.
  • La vacuna puede contribuir a disminuir los efectos físicos y sociales que están teniendo los distanciamientos físicos y la pandemia en los menores. Los menores han sido olvidados y abandonados en esta pandemia, y tratados exclusivamente como vectores de contagio. Es hora de aportarles la mayor normalidad posible, y la vacuna puede contribuir a ello disminuyendo los riesgos.

Más allá del individuo, los efectos poblacionales

Las vacunas no son bienes que se deban tratar exclusivamente como un elemento de protección individual. Aunque su rol principal es el de prevenir las infecciones graves, ya tenemos bastante evidencia acumulada sobre que actúan impidiendo parcialmente la transmisión.

Y es que las personas de 5 a 11 años no son burbujas. Lejos de culpar a los menores como vectores de transmisión, sí que hay que entender que interactúan con distintos grupos sociales, dentro de la escuela, en el hogar… Algunos estudios de modelización calculan que la vacunación infantil puede reducir hasta un 16% la diseminación del covid-19 en el momento actual.

El coste de oportunidad

Este es quizá el mayor problema que personalmente creo que puede tener la vacunación infantil. Existen argumentos para debatir y posicionarse a favor de la vacunación infantil, pero no para situarlo en un grado de prioridad por encima de administrar vacunas en países con baja cobertura. La prioridad a nivel global (y no olvidemos que estamos en una pandemia) debe ser hacer accesibles las vacunas en todo el mundo.

Esto es cierto que no es una dicotomía ni es tan sencillo como decirlo, pero no debemos perder nunca la perspectiva. Mientras aquí administramos terceras dosis y vacunamos a las personas de menos riesgo, existen países que no reciben las dosis ni el apoyo logístico suficiente para poder almacenar y distribuir.

Las dudas sobre la vacunación infantil

Aun así, toda nueva tecnología médica que vamos a utilizar, y más una medida preventiva que se utiliza de forma poblacional, tiene que ser evaluada críticamente. Tampoco podemos entrar en maniqueísmos de considerar a todas las personas que dudan como antivacunas, ni pensar que porque algo se llame vacuna siempre va a ser efectivo. No hay que ridiculizar, sino evaluar cada circunstancia.

Y es que es cierto que no sabemos todo. Por un lado, desconocemos los efectos a largo plazo, tanto en adultos como en niños. Aunque la evidencia acumulada de esta y otras tecnologías hacen que los mecanismos causales por los que puede haber daño a largo plazo sean raros y, en todo caso, menores a los potenciales efectos a largo plazo de la infección. Por otro lado, el balance riesgo-beneficio es menor que en otros grupos de edad porque su riesgo es muy bajo; sin embargo, ya hemos visto que los ensayos clínicos demuestran que su riesgo de enfermar disminuye, y que pueden tener un efecto importante en las dinámicas poblacionales de transmisión.

No debemos tomar las dudas con rechazo. Nuestra labor ahora es explicarlas, hacer partícipe a la población de por qué y cómo se toman las decisiones en materia de medicamentos. Y si la forma técnica de tomar decisiones no es aceptada socialmente, replantearse también si existen otras formas. Vacunar a las personas de 5 a 11 años sí; tratar como tontos a los que dudan, no.