Otras miradas

Covid: liderar la esperanza

Javier Padilla

Sanitarios en un hospital de Cremona, Italia.- EFE/EPA/FILIPPO VENEZIA

Una de las cosas que más llama la atención al mirar la gestión de la pandemia en diferentes países es cómo se posicionan los partidos que están en el gobierno y cómo la oposición. Uno de los ejemplos más claros de esto es la posición de la derecha y la izquierda con las escuelas y la pandemia en diferentes países; mientras que al inicio del curso escolar 2020-2021 en España se enfatizaba la importancia del ámbito educativo como reductor de las desigualdades y a la infancia como la eterna perjudicada de todas las medidas, en Estados Unidos eran ámbitos progresistas los que defendían el cierre de las escuelas con argumentos casi superponibles. Y es que, en muchas ocasiones, el posicionamiento político es contextual y circunstancial, más aún cuando se trata de un fenómeno inédito y tremendamente complejo.

En el caso de España, la existencia de un gobierno de izquierdas ha provocado que la oposición a las medidas de control de la transmisión se hayan protagonizado principalmente por las derechas; salvando un par de casos (Ayuso y la libertad, que bien podría conjugarse como libertad contra los pobres - ejemplificado por la comida basura a los niños de familias sin recursos, limitación de la atención sanitaria a mayores o el caos de la sanidad pública exacerbado en las últimas semanas-, y el PNV y su defensa a ultranza de los derechos de la patronal -con auténtica alergia a cualquier medida que pudiera sonar algo redistributiva-), la derecha no ha tenido una propuesta de abordaje de la pandemia, y sus posturas han oscilado desde apretar los puñitos de forma impostada (Casado en el Congreso de los Diputados), la judicialización del todo, la oposición libertariana a medidas con poco apoyo social y flojo aval científico o el abrazo a los postulados anticientíficos intentando pescar en un caladero bastante vacío.

El afrontamiento de la pandemia a partir de las propuestas de la ultraderecha en España es una mezcla del meme de Paris Hilton con los brazos en alto y una camiseta que pone "Dejad de ser pobres", pero en su versión contagios "Dejad de ser positivos", y una llamada al "a ver si os contagiáis todos cuanto antes y vamos dando paso a otra cosa". Cuando las instituciones han mostrado ausencia de acción, la ultraderecha ha enarbolado una suerte de salud pública del Estado mínimo en la que mejor no hacer nada; cuando las instituciones han presentado medidas cuestionables, la ultraderecha ha abrazado un libertarianismo bitcoiner que intenta convencer al resto de que no existe tal cosa como una sociedad (Thatcher mediante); por último, ante la ejecución por parte de las instituciones de medidas sólidas con respaldo científico-técnico y aval social, la ultraderecha ha hecho gala de un buen abanico de posturas anticientíficas mezcladas con una parálisis provocada por la ausencia de una propuesta para mejorar la vida de la gente en una situación en la que se sale en conjunto o no se sale. Es decir, la ultraderecha en la pandemia se crece ante el Estado débil y desaparece ante cualquier atisbo de solvencia (recordemos que muchas de las cosas que llevaron a los tribunales habían sido previamente apoyadas en el Congreso de los Diputados por quienes unas semanas después las denunciaron). ¿Qué dice la derecha reaccionaria sobre el teletrabajo? ¿y sobre las prestaciones para que los progenitores puedan cuidar de sus hijos e hijas si son cuarentenados? ¿qué plantean sobre la contratación de profesionales en la sanidad pública? ¿cuál es su posicionamiento sobre el establecimiento de medidas por concejos como lo realizado en Asturias? En cuanto se traslada el marco de la restricción general a las medidas concretas desaparecen del debate.

No se puede regalar a la ultraderecha la oposición a medidas cuya justificación es difícil (como la mascarilla en exteriores o, incluso, el pasaporte covid en la hostelería) solo por escenificar un cierre de filas con el gobierno de izquierdas; la postura crítica con las medidas tomadas debería servir para abrir vías para la rectificación, pelear el disenso desde la construcción de alternativas para todos y todas -no desde la destrucción- y, además, hacer gala de una comprensión de las políticas de salud pública mucho más compleja que la simpleza desplegada por la derecha y la ultraderecha, que muestre que estas son el resultado de entender la salud pública como la conjunción de las mejores evidencias científicas, el estudio de la realidad social, los elementos de viabilidad política y el análisis de las emociones colectivas.

La gran extensión de la vacunación y la cada vez más clara (según las últimas publicaciones) menor gravedad de la infección por la variante ómicron deberían dejarnos el margen necesario para enarbolar una salud pública que salga de su papel de la época pre-vacuna covid, que la ha colocado como restrictiva, prohibicionista y mano ejecutora de los poderes públicos, y avance hacia una salud pública para la vida buena, que amplíe libertades, regule, se mantenga crítica de aquellas medidas tomadas desde las instituciones que no tengan pertinencia desde su perspectiva salubrista y sea expansionista en sus ansias de mejorar la vida de la gente.

No se puede entregar a la derecha reaccionaria la salida de la pandemia, el marcado de su agenda o la apropiación del sentido y el ánimo de la misma. Estamos, probablemente, en el mejor peor momento que hemos tenido hasta ahora. Peor porque es una ola con altísima incidencia (la mayor notificada en algunas regiones), y una sensación importante de caos y descontrol, mejor porque el porcentaje de personas con covid que acaban hospitalizadas o en UCI nunca fue menor a ahora, gracias a la vacunación y, tal vez, también debido a la nueva variante dominante. Es decir, ahora es el momento de comenzar a dibujar lo que va a pasar cuando esta ola cese, y no solamente de achicar aguas para que baje cuanto antes; nadie entendería pasar de forma abrupta de las medidas-2020 a una retórica de "tranquila, gente, que esto ya está acabando, salvo algún contratiempo". Hace falta una práctica de salud pública radical, en el sentido en el que usa Raymond Williams el término "radical", como hacer posible la esperanza en lugar de convencer de la desesperación. No estamos hablando de impostar una cercanía del final de la pandemia para desactivar el cansancio de la población frente a medidas que pueden no gustarle, sino de tener la capacidad política para que esos datos esperanzadores que existen con cada vez más claridad, se aterricen en la cotidianidad de la gente.

Si no logramos hacerlo, ya sea por tener nuestra cabeza metida en la incapacidad de autocrítica o autoenmienda a lo hecho, o por la incapacidad de sobreponernos del shock de la pandemia más allá de salidas individualistas, más y más gente verá como única opción a quienes les presentan una alternativa, que es peor para todos, pero que vende certeza en momento de incertidumbre.

La pandemia no puede acabar en la fase del autocuidado paulocoelhiano, sino en la del heterocuidado (el cuidado de los y las demás). Porque lo primero es un destilado trasnochado del quién-es-la-DGT-para-decir-cuánto-puedo-beber, y se elabora a partir de una capacidad individual inexistente, autocompetitiva y que convierte el contagio en el fracaso de la responsabilidad, es decir, en la culpa; pero sobre todo, porque lo segundo nos vale para la pandemia pero también nos vale para todo lo demás que tiene que ver con la salud pública y que señala, prácticamente, a todas las cosas importantes de la vida.