Otras miradas

El regalo de la ficción

Carla Berrocal

Ilustradora y dibujante de cómics

Pixabay

Recuerdo perfectamente el día que mataron a Papá Noel. Fue en el patio del colegio, ese lugar en el que se descubren las primeras tristezas de la vida. Me dieron la noticia con esa malicia del que se sabe superior por saber una verdad doliente. Al llegar a casa me lo confirmaron. Con ello murió también algo de la niña que era. Lo único que se me ocurrió para pasar la pena fue mirar por la ventana. Me descubrí escudriñando el cielo para ver si veía alguna sombra que pudiera alimentar mi fantasía, pero la herida ya estaba hecha y fui lanzada a una vida sin magia.

La infancia deja la melancolía bajo el árbol. Con sus manos cogemos los recuerdos y los desenvolvemos igual que un regalo; con la ilusión de volver a ellos, con pena por su lejanía y sin revolverlos demasiado. Escribo esto desde el privilegio de hincharme a comer en Navidad bien acompañada y a la vez pienso en la novedad con la que nos sorprende la pandemia este año: la soledad de los nuevos contagiados, que deben confinarse y no cenar con los suyos en estas fiestas.

Podríamos decir que la ficción es la magia de la vida adulta porque ella representa la ventana a la que nos asomamos cuando necesitamos fantasía. Compramos tiempo en streaming para huir de nuestros problemas. Con toda seguridad esos contagiados de ómicron, víctimas de pésimas políticas sanitarias, se agarrarán a la cultura durante sus confinamientos. Ya aprendimos la lección cuando el mundo saltó por los aires: la sanidad es primordial, pero también nos cura y nos salva leer cómics, libros, ver películas o escuchar música. Con ellos pasamos el encierro de forma más agradable. Es como la familia a la que vuelves una y otra vez en estas fechas, es una casa habitada, es la sensación de ver tu película favorita cien mil veces, el olor de los viejos cómics que cogiste cuando visitaste a tus padres o la canción que tarareas mientras recuerdas la última fiesta en la que pudiste restregarte con alguien.

La historia de Papá Noel es uno de los primeros relatos de ficción que escuchamos en nuestra vida. Nos traslada a un mundo de felicidad que reconforta y da calidez, sin embargo estuve mucho tiempo enfadada con estas fiestas. La Nochebuena me traía el dolor de la diáspora familiar y celebrarla en Madrid a solas con mis padres hacía que me consumiera en la nostalgia. Ahora con mis sobrinas pululando de aquí para allá regalándonos shows de baile con sus duendes de peluche, todo es distinto, pero aún así me sigue sin gustar la Navidad. Odio haber descubierto la mentira que arruinó mi fantasía de niña. Aquel día no asesinaron a Papá Noel, en realidad la mataron a ella, a esa pequeña a la que le gustaba la magia y la buscaba con todas sus fuerzas. Pienso que es una crueldad tremenda el hecho de que los adultos solo se pongan de acuerdo una vez y sea para salvaguardar un engaño. Quizás sea esa la razón por la que una vez fallecida la ilusión, empezara a buscar mi propia ventana en la que asomarme. Miré al cielo, encontré a la ficción y lo celebré, porque aunque sea una dama mentirosa nos permite aceptar y celebrar nuestras propias vulnerabilidades viéndolas en el otro. La fantasía no es más que un ejercicio de mirada interior para los y las autoras, quienes transformamos el espejo en ventana y compartimos aquellas heridas que nos dejaron para convertirlas en magia. Ese es nuestro regalo para el mundo.