Otras miradas

De la Bastilla a Sol

Vladimir López Alcañiz

Historiador. Investigador en la Universitat Autònoma de Barcelona

Vladimir López Alcañiz
Historiador. Investigador en la Universitat Autònoma de Barcelona

Ese día memorable Kant se conmovió. La roca del Báltico, como lo llamó Michelet, acababa de conocer la noticia del estallido de la revolución francesa. Con agudeza, observó que la revolución era un ‘signo de historia’, un indicio de que la humanidad se hallaba encaminada hacia lo mejor. Porque, más allá de las "miserias y atrocidades" que pudiese acumular, la revolución despertaba en sus espectadores "una simpatía rayana en el entusiasmo", un sentimiento que traslucía "una disposición moral en el género humano".

Aún recordamos su argumento, pues su belleza y su verdad han sobrevivido al desmentido de sus conclusiones, y todavía pueden alumbrar nuestro presente. Kant creyó poder adivinar el progreso de la humanidad porque un acontecimiento como la revolución, demasiado grandioso como para no ser recordado, estaba destinado a no olvidarse nunca. Así, poco a poco, su huella y su memoria harían que todos los pueblos de la Tierra fueran participando de la emancipación que ella anunciaba. La revolución podía quedar circunscrita a un tiempo y a un lugar, pero el sentimiento sublime que había generado era infinito, y contenía una semilla de promesa y de esperanza.

Hoy sabemos que el imperio cavó la tumba de la revolución y que la restauración de la monarquía la enterró en ella. Pero el colapso de las ilusiones revolucionarias y la brusca desaceleración del tiempo que trajo consigo dejaron tras de sí un fondo de energías turbulentas que no tardó en emerger. No sorprende, pues, que solo quince años después llegaran las tres gloriosas jornadas de julio que Delacroix inmortalizó en La libertad guiando al pueblo. Entonces se produjo un fenómeno extraño: se disparó contra las esferas de los relojes. No hay símbolo mayor de la voluntad de acelerar la historia y cambiar los tiempos.

La grandeza de la revolución reside en que abrió la puerta a otro mundo posible. Fue el ‘año cero’ de la igualdad y la libertad. Sieyès se preguntó a la sazón: "¿Qué es el tercer estado? Todo. ¿Qué ha sido hasta ahora en el orden político? Nada. ¿Qué es lo que desea? Ser algo". La declaración de los derechos del hombre respondió a esa inquietud: derribó el antiguo orden basado en el privilegio e inventó un nuevo sujeto político, el ciudadano, y un nuevo cuerpo social, la nación. Eso es precisamente un cambio de mundo, cuando algo que antes parecía imposible empieza a existir.

Algunos años después, la creación de posibilidades, la reactivación de la imaginación utópica, coincidió con la primavera de los pueblos. En la revolución de 1848 —aquella en la que los adoquines soñaron incorporarse en barricadas, y en la que por vez primera el fantasma del comunismo recorrió Europa— está escondida la filigrana de los conflictos del siglo veinte. Sobre ella Alain Badiou ha escrito que "uno de los signos dialécticos de que el capitalismo contemporáneo es claramente una vuelta a la forma pura del capitalismo de mediados del siglo diecinueve es el asombroso parecido que existe entre las revueltas del mundo árabe y la ‘revolución’ de 1848 en Europa". Entonces se inventó un nuevo sujeto de la historia para dar voz a los desposeídos, a los miserables: el proletariado.

Pero el tiempo pasó, y la ilusión revolucionaria se dio de bruces con el socialismo real. Mayo del 68 evidenció los límites del comunismo sin rostro humano. Después de aquella explosión de la juventud mundial, que rebosaba creatividad e imaginación, y cuyo realismo consistió justamente en pedir lo imposible, el tiempo se congeló. Siguieron unos años de invierno, y vino un lento presente del que no hemos salido aún. Signo de los tiempos, los Sex Pistols cantaron: "There is no future in England’s dreaming".

Tras el descubrimiento del ‘archipiélago Gulag’, el descrédito del comunismo fue mayúsculo. La era de las revoluciones había llegado a su fin. Pero de aquel tiempo cabe retener las impresiones de Arthur Koestler, ese novelista que criticó duramente el estalinismo, pero que siempre tuvo claro que él y muchos como él se equivocaron por buenos motivos: "Quienes, desde el principio, denigraron la revolución rusa lo hicieron principalmente por razones menos loables que nuestro error. Hay un mundo de diferencia entre un enamorado desencantado y los seres incapaces de amar".

Claro, porque ellos habían sentido el entusiasmo. Todos ellos. Las fechas que hemos repasado, 1789, 1830, 1848, 1917 y 1968, más allá de sus "miserias y atrocidades", son signos de historia, muestras de ese imperecedero anhelo de emancipación que reside en el corazón del género humano. Es por eso, después de todo, por lo que debemos aplaudir los tímidos signos de historia que hemos visto insinuarse últimamente: las revoluciones árabes y la indignación global. Ninguna consideración teórica sobre su alcance, sus carencias o la incertidumbre acerca de su futuro debiera prevalecer sobre ese sentimiento. Porque en Tahrir, en Sol o en Zuccotti asistimos al despertar de la conciencia contra la tiranía del presente.

Después de treinta años de tiempo muerto o suspendido, en los que ha ocurrido poco más que la repetición insaciable de la sociedad del espectáculo y la reproducción ubicua de la injusticia en que vivimos, por fin hemos oído un grito de ‘basta’. De momento se ha expresado sobre todo en negativo, en consignas como "¡No nos representan!" o "¡Fuera Mubarak!", pero ese gesto contiene ya oportunidades para impugnar el actual régimen de lo posible. Porque la primavera árabe o la indignación global son, en sí mismos, movimientos heterogéneos, no identitarios, que escapan a las clasificaciones habituales con que el poder pretende mantener el orden. En sus manifestaciones se perfila un nuevo tipo de unidad, indiferente a las estratificaciones estatales, y sus protagonistas no son un partido, ni una clase, ni una categoría profesional o una franja de edad. Son el pueblo, o solo personas, o ‘el 99%’, enunciados imposibles que, por serlo, apuntan hacia otro mundo posible. Porque, así como en el fondo solo se puede perdonar lo imperdonable, la imaginación de lo posible solo florece cuando se enfrenta a lo imposible.

La suerte del actual despertar es incierta, pero supone la apertura a nuevos horizontes de expectativa. Las calles, plazas y parques donde se ha manifestado son ya lugares de esperanza. Y ese despertar —esa chispa— vale por sí mismo, y debe contar con nuestra adhesión insobornable. Con nuestro entusiasmo.

Por delante nos aguarda un gran desafío. Hemos de empezar por preguntarnos cómo inscribir políticamente un despertar de la historia. Cómo profesar fidelidad a la revuelta cuando esta ha remitido, cómo encauzar las energías turbulentas que ha desatado sin traicionarlas. ¿Sabremos encontrar respuestas? Es difícil decirlo, pues el sentido común dicta que no es posible transformar una revolución en una tradición y que una tradición nunca es revolucionaria.

Pero si queremos intentarlo, guardemos el recuerdo de estos movimientos y tratemos de inventar para ellos una forma. Y mientras lo hacemos, la única resignación que debiéramos consentir es el cambio del signo de nuestro tiempo.