Otras miradas

La soledad de las pacientes con trastornos alimentarios

Diana López Varela

Comer es, en primera instancia, un acto nutritivo. En segunda, un acto social.
La soledad es uno de los ingredientes fundamentales de los trastornos de la conducta alimentaria. Con soledad se maceran los primeros contactos con las dietas exprés, en soledad te pesas, escondes las galletas en el bolsillo de la bata, tiras la leche por el fregadero, dices que ya has cenado o merendado antes de que tu familia se reúna a la mesa, rehúyes de eventos sociales si hay comida por el medio. Porque, desde hace algún tiempo, te da por comer sola. En soledad calculas las calorías ingeridas y quemadas, te matas a hacer abdominales en la soledad de tu habitación (hasta que te sale callo con costra en la espalda), en soledad haces sentadillas hasta haciendo pis y sola, muy sola, te metes los dedos en el garganta por primera vez. Es una soledad cruel, autoimpuesta, punitiva... De soledad se alimentan los pensamientos intrusivos y la culpa.

Con 14 años me diagnosticaron anorexia nerviosa y a los 19, con mi vida enfocada de lleno en la universidad, me dieron el alta definitiva. Pero desde entonces han pasado más de 15 años y la vida social es otra cosa. Me atormenta pensar cómo los confinamientos y aislamientos constantes han influido en la salud mental de las jóvenes con trastornos de la conducta alimentaria. Desde el inicio de la pandemia, se ha producido una "avalancha" de diagnósticos de TCA, los casos anteriores han visto empeorado su pronóstico, y se ha adelantado la edad de inicio de los mismos. La falta de distracción fuera de internet, unida a la inevitable comparación con otras personas en las redes sociales, ha sido un cóctel molotov para la autoestima de las más jóvenes. Sara González, psiquiatra infanto-juvenil en la Comunidad de Madrid, apunta a que "ahora hay adolescentes muy pequeñas e incluso niñas con disconformidad con su imagen corporal con alteraciones de conducta alimentaria".

Pero la soledad traspasa el plano de lo social y llega también a la terapia. Porque las pacientes pagan la escasez de recursos en una hambrienta sanidad pública. "En muchos sitios nos mantenemos prácticamente con la misma plantilla de salud mental que antes de la pandemia", asegura. Las profesionales de la Atención Primaria no dan abasto ante el incesante aumento de casos. "Cuando recibo a una paciente por primera vez, mi capacidad para asumir un seguimiento adecuado es mínima. Ahora mismo, la frecuencia de citas puede alargarse entre un mes y medio y dos meses", lamenta esta psiquiatra.

M., de 14 años, fue diagnosticada de ansiedad, depresión y bulimia durante la pandemia. "A partir del confinamiento y sentirme muy sola, empecé a tener muchos problemas con la comida. Al principio bajé mucho de peso, después los atracones, autolesiones y luego llegó mi peor momento, cuando dejé de salir de mi casa y estuve dos meses sin ver ni hablar con nadie". Mónica, zaragozana de 18 años, también arrastraba problemas con la comida desde los 14. Cuando entró el estado de alarma, estaba en su mejor momento. "Se me cayó el mundo encima. Mis proyectos se pararon de repente y yo me vi en mi casa encerrada sin saber cómo llevar mi vida. Empecé con entrenamientos, cocinando cosas nuevas y, literalmente, se me fue la cabeza". Tocó fondo: 35 kilos, depresión y un diagnóstico de epilepsia, probablemente a raíz de su TCA. Ahora mismo está en su peso ideal, pero no tiene una relación sana con la comida ni con el ejercicio: "Mentalmente estoy en mil pedazos". Reclama más recursos en la sanidad pública aragonesa. "Las listas de espera son interminables, te estás muriendo por el pasillo y solo te mandan ansiolíticos y a seguir para adelante y ya nos veremos dentro de un mes, o incluso dos".

Elena también tenía un TCA diagnosticado y fue una de las muchas universitarias perjudicadas por la suspensión de clases presenciales. Se pasó la cuarentena sola. "A la ansiedad por la carrera universitaria se sumó el aislamiento y los exámenes online". Estela, de 28, también se pasó dos meses sola en un piso de 40 metros cuadrados, dejó de comprar comida y de comer. "La gente me felicitó por adelgazar, así que aprendí que si quería validación debía dejar de comer". Ahora está mejor gracias a la terapia privada.

R. no estuvo exactamente sola. Vivió la cuarentena encerrada con cuatro personas y un nutricionista que le confeccionó una dieta. Perdió 25 kilos y, a principios de este año, tuvieron que ingresarla. "Me volví adicta a controlar todo lo que ingería", explica. La falsa sensación de control es, precisamente, la principal droga de los TCA. Como cuenta Carme, "cuando no puedes controlar lo que pasa, controlas lo que comes".

Aunque el 80% de las pacientes con TCA son mujeres, cada vez más hombres los padecen. Álex, que tenía problemas con la comida, empeoró mucho con el confinamiento y un accidente de tráfico que le privó de hacer ejercicio. Ahora su vida se basa "en solo trabajar", sin tener apenas relaciones sociales.

El sentimiento de ansiedad e incertidumbre constante, la imposibilidad de hacer ejercicio físico o de hacerlo en un lugar habilitado y con personal cualificado, el aburrimiento y la falta de planes también desembocaron en muchas personas adultas en dietas y en trastornos por atracón. Ana, de 34, volvió a recurrir a la comida: "Volví a comer por emociones y a escondidas". Califica su relación con la alimentación durante la pandemia como "nefasta". La terapia, también privada, la ayudó.

Los profesionales de la sanidad pública no viven ajenos a esta realidad. Sara González recuerda que "cuanto más tarde se accede al circuito específico, más probabilidad hay de que la evolución se complique, y de que la intervención que se necesite sea mucho más intensiva". Los trastornos de la conducta alimentaria son uno de los muchísimos problemas de salud mental derivados de esta pandemia que ha mutilado la alegría de muchos jóvenes y estos, casi nunca vienen solos. No está de más recordar que el suicidio es ya la principal causa de muerte entre personas de entre 14 y 29 años.