Otras miradas

In Spain we call it Salud Mental

Javier Padilla

Médico y diputado del grupo parlamentario Más Madrid

.- PIXABAY

Todas las épocas tienen sentimientos que las identifican. La euforia, la explosión creativa, la ira, la melancolía... y, ahora, el nuestro es el malestar, la angustia o como queramos llamarlo, porque aún estamos buscando el término adecuado.

Conocemos más nombres de ansiolíticos que de ciudades de Ucrania, y todo el mundo tiene la sensación de haber hablado sobre sufrimiento psíquico con alguien cercano en los últimos meses. La salud mental is-the-new-black, aunque a veces eso también tenga sus derivadas negativas, porque puede invisibilizar muchos padecimientos y luchas que ya estaban allí previamente, intentando conquistar derechos y atenciones, y que se ven arrasadas por esto-que-nos-pasa. Sin embargo, es cierto que esta visibilización nos ha dotado de más palabras para nominar y describir esto que nos ocurre de forma colectiva, y ha ayudado a poner el foco en los condicionantes sociales que vertebran este malestar.

  In Spain we say "it’s amargura"

Una de las características más claras de ese sentimiento de época es la falta de un horizonte, tanto en el corto como en el medio plazo. Ese malestar, además, tiene una raíces profundas en los determinantes sociales y económicos, lo cual hace que aunque sea un sentimiento casi totalizador, tenga grandes particularidades según otros factores. La sensación de falta de futuro en la juventud, la eterna precariedad de los "eternos jóvenes" entre 30 y 50 años, la incapacidad para lograr un trabajo de quienes tienen más de 50 y han sido despedidos, la soledad de los y las mayores que están solos sin querer estarlo, la exclusión de los migrantes sin papeles a quienes se niegan derechos, la enorme prevalencia de problemas de salud mental en quienes disiden de su género, el cansancio eterno de quienes viven para que otros vivan, es decir, las que cuidan.

Hay miles de personas que sienten que la vida se ha olvidado de ellas, y en ese lugar de fractura es donde las instituciones están fallando por incomparecencia. Sabemos que podemos poner un psicólogo en la mesilla de noche de cada madrileño, y eso no acabará con el sufrimiento psíquico en nuestra comunidad, porque una parte grande de ese sufrimiento hunde sus raíces en causas que combatir con otras herramientas. Ahí está el gran reto al que nos enfrentamos, necesitamos más recursos en salud mental, necesitamos que recibir tratamiento psicoterapéutico no lo decida tu cuenta bancaria (o la de tu familia), necesitamos que si un niño necesita un hospital de día de salud mental no tenga que esperar un año, pero también necesitamos que quede mes al final del sueldo, que el alquiler no se coma toda la nómina, que nuestros amigos no se vean obligados a cambiarse de barrio cada cinco años, que la infancia tenga capacidad para llevar a cabo proyectos de futuro y que las personas dependientes reciban los cuidados que necesiten en todo momento.

In Spain we say "ay, me desangro"

 La atención al sufrimiento psíquico en nuestro país no es algo de lo que presumir. La mayoría de los servicios autonómicos de salud llevan años inmersos en una deriva hospitalocéntrica muy marcada, con un notable debilitamiento de las redes de atención en la comunidad y de los servicios de rehabilitación. Además, algunas comunidades como la Comunidad de Madrid no han experimentado un refuerzo importante de profesionales desde después de los atentados del 11-M, aunque es probable que en los próximos años sí vean aumentar nuevamente las contrataciones, mostrando que la atención a la salud mental solo se concibe como importante para responder a situaciones de shock social.

España ha batido récords en sus cifras de suicidio, crecen las nuevas consultas de psicología o psiquiatría (un 34% en la Comunidad de Madrid, por ejemplo), se duplican las visitas a urgencias pediátricas por sufrimiento psíquico. Una parte importante de la atención en el ámbito de la salud mental se mueve en el ámbito de lo privado, ya sea de lo 100% privado, como son una parte importante de los tratamientos psicoterapéuticos, o como privado-parasitario, como muestra la grandísima y creciente penetración de los fondos buitre en la gestión de centros de día, larga estancia y rehabilitación de pacientes con trastornos de salud mental. Esto supone una suerte de doble privatización del sufrimiento psíquico. Privado como íntimo y privado empresarialmente mercantilizado.

In Spain we say "qué coño hago"

Sara Ahmed, en su libro La promesa de la felicidad (Caja Negra) define la felicidad como "aquello que queremos que sea, sea esto lo que sea". Con la salud mental nos pasa algo parecido; no tenemos muy claro lo que es, pero sabemos que queremos que sea. La felicidad o la salud mental son conceptos a los que tal vez sea más fácil llegar a partir de sus contrarios, es decir, no sabemos lo que son, pero claramente sabemos lo que no son.

La necesidad de esos horizontes que queremos que sean es urgente, porque, tomando prestadas las palabras de Pizarnik, es imposible vivir siempre en estado de catástrofe.

Para abandonar el estado de catástrofe hace falta aumentar el número de profesionales en salud mental, transformar la atención a la salud mental infantojuvenil para que no sea el hermano inane de la atención de los adultos, dar estabilidad y continuidad a los equipos para que puedan crear vínculos con los pacientes y maximizar la calidad de la atención, o transformar las prácticas en las plantas de hospitalización para que sean entornos cada vez más respetuosos con las personas que ingresan en ellas, y hacerlo de la mano de estos.

Pero también hacen falta políticas de vivienda, de educación, de empleo, de cultura o de igualdad que muestren a la gente que lo que está por venir es mejor que el entorno angustioso en el que viven y que si en algún momento necesitan ayuda van a encontrar a unas instituciones que no les van a fallar.

Para abandonar el estado de catástrofe hace falta, en definitiva, ser capaces de construir un futuro donde vivir mejor, con más certezas  y con más cuidados.