Otras miradas

El Putin que todos llevamos dentro

Octavio Salazar Benítez

Vladimir Putin en una reunión en San Petersburgo en el contexto de la guerra ruso-ucraniana.-The Kremlin / dpa

Siempre que me preguntan algún ejemplo o referente de "otra" masculinidad que suponga una ruptura con la tradicional me cuesta muchísimo trabajo encontrar un nombre concreto. Todos, incluso quienes llevamos ya un cierto tiempo en este complicado proceso de revisarnos por dentro y de cambiar hacia afuera, seguimos atesorando un machista dentro que da la cara cuando menos te lo esperas. Con frecuencia se me ocurren gestos muy puntuales, actitudes que en un determinado momento nos pueden servir de pauta, pero me resulta casi imposible poner nombres y apellidos a ese sujeto que haya sido capaz de escapar al fin de la jaula de la virilidad. Por el contrario, resulta mucho más fácil poner ejemplos de "lo que no deberíamos ser". El hecho de que sean tan fáciles de encontrar las referencias de masculinidades tóxicas es la más flagrante demostración de que la cultura machista no ha sido erradicada y de que el patriarcado, ese orden político y cultural que parte de la mentira de nuestra concepción como superiores a las mujeres, continúa vivo y readaptándose a estos tiempos en los que al feminismo ya no hay quien lo pare.

Antes de que estallara el último episodio bélico en Ucrania, Putin era uno de esos personajes que yo siempre he utilizado en mis charlas y talleres, muy especialmente cuando he trabajado con chicos jóvenes, para explicar justamente el hombre que no deberíamos ser. Como el ejemplo más brutal y perverso de la conexión masculinidad, poder y violencia. O de esa concepción del macho como un sujeto depredador, tal y como bien lo explica Rita Segato, de territorios, de recursos naturales, de pueblos, de culturas y, por supuesto, de seres humanos, y muy especialmente de las mujeres que han sido para el amo objetos permanentemente disponibles para satisfacer sus deseos y necesidades. Una construcción de la subjetividad masculina que se dibuja con precisión quirúrgica en unos cuerpos-máquina, preparados siempre para la acción, la competición y la violencia. Con los que dejar claro ante lo demás, y muy especialmente ante la fratría, en esa permanente puesta en escena que es la masculinidad, que se es un hombre de verdad. Que se cumplen a rajatabla las expectativas de género, las cuales no obligan, como nos demuestra la política a diario, a retarnos entre nosotros para ver quién la tiene más larga. Tal vez la metáfora más cruda y asquerosa con la que hasta podríamos explicar en muchos casos las tensiones geoestratégicas.

En Putin, siempre empeñado, como tantos hombres, tal y como hoy día nos muestran las redes sociales, en mostrar una hipervirilidad que parece dotarlo, como los dioses, de una suerte de omnipotencia, detectamos inmediatamente las carencias que determinan la imposibilidad de ese otro proyecto civilizatorio que reclama el feminismo desde hace siglos. La racionalidad que se encarna en términos masculinos y masculinizados, la carencia de empatía y por tanto de capacidad de construir un sentido democrático de la dignidad y los derechos, o la legitimación de la violencia como manera de resolver los conflictos o de imponer una voluntad vertical, nos lo ponen muy difícil para una alternativa basada en la equivalencia de los seres humanos y en el carácter ontológico de nuestra vulnerabilidad como presupuesto de un sistema justo de convivencia.

El problema, por tanto, y más allá del conflicto generado en Ucrania, tiene que ver pues con todo lo que representan Putin y tantos hombres que, como él, siguen siendo, o creyéndose al menos, los amos del mundo. Esos que siguen pactando entre ellos, con frecuencia de manera invisible y apenas disfrazados por una aureola democrática, las lógicas que reparten los recursos y acaban decidiendo qué vidas merecen ser lloradas. Los hombres, todos los hombres del planeta, tenemos una magnífica oportunidad ante situaciones críticas como la que estamos viviendo, para mirarnos en el espejo de esos líderes que, como Putin, representan la versión más deshumanizada de un sujeto, el varón, que se aferra como si el fuera la vida en ello a las máscaras que le siguen permitiendo creerse el más importante.  Las mujeres lo tienen claro desde hace tiempo. Ya lo dijo Virginia Woolf: ellas no se sienten parte de unas patrias que son el territorio exclusivo de los patriarcas. No estaría mal, pues, que los hombres, como ejercicio de responsabilidad democrática, aprovecháramos este turbulento  8 de marzo para reconocer al Putin que todos llevamos dentro. Sería el primer paso para superar la masculinidad que provoca tantas y tantas víctimas. Un ligero pero significativo avance hacia esa utopía en la que el planeta sea una matria capaz de sostener todas las vidas por igual.