Otras miradas

¿Y por qué no asumimos la plurinacionalidad?

Joan Herrera
Coordinador Nacional de ICV

Estamos en el territorio más pluricultural, plurilingüistico y plurinacional de toda Europa occidental. Pero hasta ahora la asunción de la plurinacionalidad había sido un problema para todo aquel que intentase ganar una elecciones generales. Pero algo nuevo pasó en las elecciones del 20D. Si hasta ahora las elecciones se movían en clave cambio o continuidad; derecha o izquierda e incluso nuevo o viejo, ahora, por primera vez, en el conjunto del Estado, y no sólo en la "periferia", aparece una clave nueva, la de la asunción de la plurinacionalidad o la negación de la misma, sin hacer desaparecer las anteriores.

Es ese factor –aunque no exclusivamente- el que hace que una fuerza emergente como Podemos, con alianzas múltiples y flexibles, acabe siendo primera o segunda fuerza en todos los territorios en los que se habla más de una lengua. En Catalunya y Euskadi queda en primer lugar. En Galicia, País Valencià i les Illes Balears queda segunda fuerza. En Canarias, con un fuerte sentimiento identitario también segundos. ¿Casualidad? No creo. ¿Asunción de coaliciones amplias?  Sí, muy importante, pero no es sólo eso, ya que en Baleares y Euskadi no había amplias coaliciones. Creo que un factor poderoso ha sido que por primera vez, gran parte de la ciudadanía de territorios con identidades cruzadas y múltiples se veían identificados en un proyecto que les reconocía en esa realidad plurinacional, sin ningún complejo, y a la vez aspirando a ganar.

Muchos años antes, el Estatut de Catalunya, en la legislatura que se iniciaba el 2004, fue una magnífica oportunidad para que España no sólo reconociese la realidad y las demandas de Catalunya, sino para que asumiese su misma realidad, la de un Estado de naciones, la de un estado plurinacional. Pero aquella oportunidad se truncó por muchas razones, y una de ellas es que el PSOE de Zapatero no quiso pasar del titular de la España plural a la asunción de la España plurinacional. Se impuso el "pasar el cepillo" de Alfonso Guerra, y sobre todo ese chantaje permanente del PP que hace que un partido progresista como el PSOE prefiera instalarse en el inmovilismo en el debate territorial. Después ya sabemos lo que vino. La sentencia del Estatut. La incomprensión. La demanda en torno al derecho a decidir. Las elecciones plebiscitarias. Y una aritmética de bloqueo en Catalunya que devolvía la centralidad al referéndum, como una opción que desencalla la situación, por muy complicada que sea.

Hace apenas dos años, Pérez Tapia escribia que "El derecho a decidir puede facilitar el camino a la España federal". Desde el siglo XIX, el federalismo tuvo un papel destacado en la tentativa de rearticular el Estado español, asumiendo las diferencias que convivían en él, naciones y territorios. La breve Primera República del siglo XIX fue su primera expresión. Y la intensidad federalista se tradujo en Catalunya, pero también, y con mucha intensidad, en Andalucía. Cuando el añorado Miquel Caminal escribía en un magnífico libro "Del federalismo nacional al federalismo plurinacional" bebiendo de la tradición de Proudhon y Pi i Margall se avanzaba a lo que se ha asomado con una fuerza extraordinaria el pasado 20D. Hoy, la demanda que viene de Catalunya es mas solución que problema, ya que permite forjar un nuevo contrato a partir de la asunción voluntaria y democrática de los acuerdos que se pretende construir. Y Pablo Iglesias, que sin lugar a duda sufrió la incomprensión de muchos en las elecciones catalanas, con un mal resultado compartido, aprendió mucho más que con la más dulce de las victorias. Pudiendo haber renunciado al derecho a decidir después del varapalo, entendió que sin la asunción del mismo, no había proyecto compartido posible.

El pasado domingo más de 8 millones de ciudadanos votaron partidos y coaliciones que en su programa estaba el reconocimiento del derecho a autodeterminación. Más votantes que los que obtuvo el PP. No creo que ese fuese el principal motivo para muchos de esos votantes. Pero ese no fue en ningún caso motivo para dejar de votar. Hoy, tenemos una oportunidad histórica, porque hay mayoría para empezar a definir un nuevo contrato, en lo social, en lo democrático y también en lo territorial. Un nuevo contrato que haga que el terreno de construcción de una nueva hegemonía, también cultural, se construya en el terreno de los valores de la izquierda. Y que ello se haga des de esa dimensión plurinacional, des de la asunción de algo que ya existe en el cine –con productos cinematográficos de éxito comercial-, en  las calles, en las familias, en la sociedad. Podemos hacerlo y no es difícil. Basta con atreverse, reconocer la realidad, y asumir lo que se reconoce en las conversaciones de navidad de la mayoría de familias del conjunto de España.  ¿Y por qué no? ¿Por qué no nos atrevemos a definir un nuevo pacto basado también en la voluntad de los pueblos? Quizás sea la manera para que la izquierda vuelva a liderar.