Otras miradas

Las armas del Sáhara en Kiev

Omar Slama

Economista y escritor saharaui

Concentración hoy martes en el céntrico bulevar del Gran Capitán de Córdoba para denunciar la postura del Gobierno de aceptar el plan de autonomía que pretende Marruecos para el Sáhara.- EFE/SALAS

Entro en nuestra jaima, la de siempre, grande y soleada, rodeada de paredes de adobe. La jaima es donde he nacido, donde he crecido y en la cual he pasado la mitad de mi vida, en un barrio de El Aaiun, un campamento de refugiados saharauis al suroeste de Tinduf (Argelia). Mi padre, un combatiente saharaui retirado y de avanzada edad, está nostálgico y triste, reposando en su lugar favorito de la jaima, en el lado derecho.

- "¡Aquí no llega el sol hasta la tarde! ¡Y se está mejor!", exclama.

En realidad, le cuesta moverse, está débil, sufre de diabetes e hipertensión. La radio, su mejor compañera, le acompaña desde primeras horas de la mañana y en la inmensa mayoría de los días somos nosotros quienes la apagamos cuando duerme por la noche. En las ondas, la Radio Nacional Saharaui, que lucha constantemente con la señal de una radio canaria. Un locutor anuncia el envío de armas por parte de España a los ucranianos, acababa de estallar la anunciada guerra hace escasos días.

- "Otra vez la guerra en Europa", decía mi padre mientras bajaba el volumen de su compañera, la radio.

- "Hijo, ¿sabes a qué me recuerda?" – me preguntó para responder él mismo. "Días antes de la Marcha Verde, los oficiales de mando franquistas les requisaron las armas a muchos combatientes de las Tropas Nómadas, y claro, mucha gente no lo entendía. Después pudimos comprender que aquella requisa era el primer sorbo que íbamos a beber de ese vaso, un vaso de té triste y amargo llamado traición".

Si cerrásemos los ojos por un segundo, podríamos imaginar que jamás volvería a pasar, que solamente era un precio que había que pagar en su momento, y hablaríamos de ello con naturalidad como el peaje de todos los pueblos bajo el yugo colonial, de hecho, Libia y Argelia ya habían abonado sus tasas a Italia y Francia respectivamente, y nosotros, en nuestra remota imaginación, pensaríamos que llegaba el momento de pasar por ventanilla. La realidad es muy distinta, los saharauis seguimos pagando hasta el día de hoy.

Después de tantos años, se forja la personalidad, y lo que para cualquier ciudadano del mundo es una situación límite, para ti como saharaui, sería algo que ya habrías visto con antelación. La guerra, la huida, las muertes, el hambre y el exilio, toda una vida de exilio.

Tu piel se ha hecho a la calima, al sol y a la hipocresía de la Comunidad Internacional, aquella que no duda en volcarse en masa con Ucrania, intentando llenar la sensación de culpa, engañando a la mente y a sus propios ciudadanos haciéndoles creer que solo allí hay dolor.

¡Caramba! ¡Qué pequeño es el mundo! Las armas que un día se requisaron en los cuarteles de El Aaiun porque allí no iban a ser usadas en nombre de la libertad, de la democracia, de los ideales de la OTAN. Allí, esas armas iban a unir a un pueblo nómada, herido, moribundo, traicionado cuya libertad, en definitiva, era más cara que dejarlo sometido y huir, huir con esas armas a Kiev.

Hoy, Pedro Sánchez entrega el Sáhara a Mohamed IV y nuestras armas a Zelenski, que merece la misma libertad que nosotros, pero, permítanme ser franco; aquí, esa libertad la hemos pedido antes.

Hoy hace más de cuatro décadas que Madrid se llevó nuestras armas, con las que íbamos a pagar nosotros solos el precio que correspondía a nuestra libertad.

Quizás dentro de un tiempo, no mucho porque nosotros ya estamos inmersos en una guerra silenciada, Marruecos se anime por el respaldo que le ha dado el Gobierno Español y el Sáhara Occidental sea una masacre. Quizás en un tiempo, cuando Smara sea Jarkov y Dajla esté sitiada como Mariupol, sea demasiado tarde para devolverle al Sáhara las armas que España se llevó de El Aaiun a Kiev.