Otras miradas

¡No abandonen la teoría!

Manuel Romero

Coordinador del Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social

Imagen de archivo.- Pixabay

Este último mes me ha costado especialmente escribir. A la escasez habitual de tiempo se le han sumado la consecución de acontecimientos históricos que han monopolizado las columnas de opinión. No sentía que hubiera hueco para lo que suelo contar, ni que pudiera aportar nada relevante al debate. No únicamente por el síndrome del impostor, sino porque es cierto: no podía ni tenía nada que decir. A veces es mejor callarse, leer mucho, escuchar mucho y hacer lo posible por entender. De entre los artículos que he leído últimamente, me topé con uno de Ignacio Sánchez Cuenca en el que hablaba de la importancia de algunas corrientes teóricas de las Relaciones Internacionales para ayudarnos a comprender lo que estaba ocurriendo en Ucrania. Me hizo recordar el borrador de un texto sobre la teoría y la praxis y una vieja anécdota que tenía pendiente de concluir desde hace varios meses. Lo busqué y, efectivamente, allí estaba, diferente a como lo dejé, ya que tenía las aportaciones en forma de comentarios siempre inteligentes de la filósofa y amiga Myriam Rodríguez.

Era octubre de 2019, Iago Moreno, Giulina Mezza y yo estábamos cenando con Jorge Alemán en un restaurante en la ciudad de Buenos Aires. Hablábamos de libros, revistas, artículos y proyectos de carácter teórico. Basándonos en nuestra propia experiencia, sentíamos un miedo legítimo a precipitarnos en ocasiones en un academicismo excesivo, en incurrir en los errores que descubrimos en parte de la izquierda -y denunciamos una y otra vez- de hacer de las herramientas teóricas una doctrina y, por lo tanto, quedar atrapados como exégetas en los circuitos centrípetos de la academia. A propósito de aquella conversación, Jorge nos miró con la profundidad que le caracteriza y nos dijo: chicos, a pesar de todo, no comentan el error que cometió mi generación, no abandonen la teoría. Aquellas palabras se me grabaron a fuego en la memoria.

Recuerdo que siendo yo muy joven uno de los factores de mí politización temprana fue, además de mi familia, La Tuerka y el 15-M, una cierta admiración por la teoría, por unos textos crípticos e indescifrables que estaba completamente convencido que tenían algo qué decirme, pero no sabía muy bien el qué. Pasé muchas horas leyendo, tratando de decodificar toda esa amalgama de letras tan compleja que hablaba de dictadura del proletariado, ideología, hegemonía o acumulación originaria. –Por cierto, aprovecho para hacer una breve digresión y formular una pregunta: toda esa gente que acusa a Judith Butler y otras teóricas del postestructuralismo de que no se le entiende lo que escriben, ¿lo hacéis porque entendisteis a Marx, Gramsci o Hegel a la primera? No sé, pregunto-. Más de una década después, mi fascinación por el trabajo teórico es mayor que nunca. Sin embargo, no dejo de cuestionarme hasta qué punto es útil para la transformación social toda esta cantidad de conocimiento que producimos diariamente en forma de papers, libros, artículos, documentales... Porque ese es el objetivo, el de formar para transformar.

La relación entre la teoría y la práctica se ha vuelto tensa, difusa y, en ocasiones, problemática. Desde ciertas corrientes de la izquierda se ha denunciado con mucho empeño la hiperinflación de los recursos teóricos en la que han sucumbido algunas vertientes del pensamiento crítico en general y del marxismo en particular. Este juicio tiene trazas de verdad. Es la tesis que defiende Perry Anderson en su conocidísimo libro sobre el marxismo occidental: la fuga de los intelectuales de los espacios para la organización de la clase obrera a los circuitos académicos provocó un abultamiento de la teoría sin una base militante que lo pusiera en práctica y, añadiría, un empobrecimiento de los marcos teóricos y las guías de acción en los partidos y los sindicatos. Tener esto muy presente para restablecer cierto equilibrio entre el análisis y la praxis está bien y es necesario, el problema es creer que para escapar de la sobreintelectualización del mundo hay que desechar la teoría y «volver a las calles», signifique eso lo que quiera que sea.

Cuando Marx formuló la manida y archiconocida undécima tesis sobre Feuerbach: los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo; no estaba incitando a los revolucionarios de la época a abandonar el análisis y la producción teórica, sino a poner la teoría al servicio del cambio social. Es bastante absurdo plantearse esta posición y autodenominarse marxista, implica, o bien un desconocimiento absoluto del marxismo como teoría de la praxis, o un cinismo muy difícil de justificar a no ser que se hiciera desde posiciones teóricas muy sofisticadas, lo cual sería paradójico porque entra en contradicción directa con lo que se formula. A quienes defienden desde la izquierda o el marxismo la renuncia al análisis y a la producción teórica, que créanme que los hay, les invitaría a aproximarse a la biografía de cualquiera de los ídolos revolucionarios del siglo XIX y XX: desde Marx hasta Lenin, pasando por Gramsci. Para los más eclécticos, uno de los textos más ilustrativos sobre la relación entre teoría y práctica, escritos desde eso que han venido a bautizar de manera muy abstracta como corrientes posmodernas, es el libro Testo yonqui, escrito por Paul B. Preciado, diario en el que recoge las transformaciones somáticas a las que se está sometiendo mientras pone a dialogar a su propio cuerpo con una reflexión filosófica de la plasticidad de los cuerpos en general.

En esta misma línea, ha sido muy recurrente acogerse a la crítica facilona y vacua de la que hablaba antes, esa de que se escriben textos muy complicados que no puede entender la gente de a pie. Una forma de paternalismo con las clases populares velado bajo una supuesta defensa de la integridad de las mismas. Llegados a este punto, no me queda otra opción que sacar a colación una cita de Mark Fisher que es perfecta para la ocasión: «nos han hecho creer que tratar a la gente como si fuera inteligente es elitista, mientras que tratarlos como si fueran estúpidos es democrático». Esas pobres gentes cuya capacidad intelectiva es limitada según cierta crítica, no es que no pueda entender lo que se le está contando, es que o no le interesa o no tiene tiempo para detenerse a estudiarlo con la profundidad que requiere un asunto de esas características. Dicho esto, es muy importante aquí diferenciar los públicos a los que nos dirigimos, valga esto como autocrítica. Recuerdo que antes de que el feminismo se convirtiera en un tsunami, allá por el año 2013-2014, en Podemos, partido en el que militaba, se repetía una y otra vez de manera muy legítima: no es necesario utilizar el significante porque la gente no tiene porqué saber lo que es; y se ponía el ejemplo de las abuelas que no habían escuchado hablar de algo así como el feminismo antes. Un lustro más tarde, cualquier abuela define el feminismo con la precisión quirúrgica de la mejor de las académicas.

Al otro lado del precipicio de los clamores contra la teoría se esconde una suerte de realismo cínico, ese que pregona que las cosas son tal y como son, que no hay que someterlas a interpretaciones ni ejercicios intelectuales de hermenéutica. Más allá de la izquierda, esta posición puede conducirnos a dos posturas diferentes, igualmente, discúlpenme el vocablo quizá algo anacrónico, contrarrevolucionarias. Una de ellas, al hedonismo depresivo, caracterizado por la búsqueda voluntariosa e incesante de placer inmediato: actualizar a cada minuto el timeline de Instagram o estar en medio de una rave pensando en pillar otro gramo de speed cuando todavía no te has comido el que tienes en la cartera. La apariencia de este realismo anti-todo se suele disfrazar de iconoclasta, de gesto rebelde contra todas las formas de autoridad y, sin embargo, a lo único que nos dirige es a la inacción, a la sumisión laboral de los días hábiles y a creer que eres un espíritu libre, nómada e incomprendido el fin de semana mientras disfrutas al máximo de un espejismo breve. La otra posición es la de la plena asunción consciente del realismo capitalista, la de quien prefiere asimilar que las cosas no van a cambiar y, entonces, lo más inteligente es participar salvajemente del sálvese quien pueda –a los que han decidido apostar por ser parte de la ideología dominante los reconocerás fácilmente: han invertido recientemente todos sus ahorros en criptomonedas y han colocado el emoticono de una serpiente de cascabel acompañando su nombre en redes sociales.

Los clamores del "¡muera la inteligencia!" nunca han sido útiles a las clases populares más que para reafirmar su posición de subalternidad. Como muy bien dice Antonio Gómez Villar en su libro Los olvidados, tras la invitación al no pensar desde ciertas posiciones obreristas e incluso reaccionarias se esconde el imaginario de la autenticidad de lo popular que ha de reposar sobre sí mismo (y así hasta lograr que descanse en paz). La teoría es una de las herramientas más precisas para generar el efecto de extrañamiento del que hablaba Bertolt Brecht, para hacer eso que hizo Marx en El capital: poner la realidad entre paréntesis; cuestionar la pretendida naturalidad del quehacer de lo cotidiano; desvelar la crueldad y la violencia que habita tras los pliegues de la vida bajo el dominio del capital.

Una discusión diferente y que además nos apremia es la de quién genera y dónde se produce el conocimiento. Tengo la sensación de que la figura del intelectual ha quedado algo vetusta y anacrónica, ignoro y dudo bastante que tenga todavía algún sentido reclamarla. También me cuestiono mucho sobre el papel de las universidades como fábricas de ideas, al menos ideas útiles al cambio social en un sentido positivo. Entonces, ¿quién es el Príncipe, o la Princesa, del siglo XXI? ¿Quién es el intelectual orgánico? Si ya no es más el partido por sus estructuras verticales y sus jerarquías anquilosadas y antidemocráticas... ¿Qué lo será? ¿Quizá necesitamos de un intelectual diluido y rizomático? ¿O también fracasó como lo hizo la fé en la multitud? ¿Cuál es su composición? ¿Quién lo forma? Si bien ya no es más el militante, tampoco creo que sea suficiente con el influencer. ¿Dónde se produce la teoría? Mucho me temo que no tengo la respuesta, pero sí una intuición: debemos orientar nuestros esfuerzos a la construcción de una sociedad de posiciones. Para ello, es necesario tender puentes, organizar estrategias de intervención comunes y forjar alianzas no en lo que está por construir, sino sobre lo que ya tenemos construido. Creo que en los últimos años está floreciendo un tejido social tremendamente próspero: desde librerías y editoriales a proyectos de economía social y movimientos vecinales. Por lo que, a pesar del marco histórico terriblemente adverso, tengo una esperanza profunda depositada en la inteligencia colectiva de nuestro país.

Así que, para finalizar, recordemos una cosa: el capital es una lucha contra el tiempo y el espacio. La producción de teoría o de conocimiento no consiste únicamente en tener ideas muy brillantes. Necesitamos tiempo y espacio para escuchar y para leer, para encontrarnos y discutir entre todas sobre cosas que no entendemos: como Marx, Wendy Brown, Deleuze o Holly Lewis; para, en definitiva, tomar distancia de los ritmos cotidianos y trazar mapas que nos orienten al futuro. Cuestionémosla, pero no abandonemos la teoría.