Otras miradas

Los Oscar del bullying

Anita Botwin

El actor Will Smith (d) abofetea al presentador de la gala Chris Rock (i) durante la 94ª ceremonia anual de los Premios de la Academia de Cine estadounidense en el Dolby Theatre de Hollywood, Los Ángeles, California, Estados Unidos. EFE/ Etienne Laurent

En esta 94ª edición de la ceremonia de los Oscar se dejaba de lado la alfombra roja y se daba protagonismo al ring en el que se convirtió la gala de masculinidades tóxicas. En el Dolby Theatre de Los Ángeles no acaparaban los focos el último vestido de Lady Gaga, Zendaya o Nicole Kidman, sino que era la hostia que daba Will Smith a Chris Rock. En esta gala que se recuperaba la presencialidad, casi mejor hubiera sido hacerla por videoconferencia.

El golpe que le propina Will Smith a Chris Rock con la excusa de que este último insulta a su mujer por su alopecia (fruto de una enfermedad autoinmune), es condenable a todos los efectos. No hay excusa para la violencia de la masculinidad tóxica, pero los problemas de salud no deberían ser objeto de mofa. Suspensos Will Smith por el golpe y Chris Rock por el chiste bajo en el que ejerce violencia verbal y psicológica.

La violencia física nunca es la respuesta al agravio, pero también es violencia hacer chistes sobre la enfermedad de una persona o el físico de alguien. Algunos no lo entenderán así, pero es una cuestión de empatía y horizontalidad. Para hacer reír no todo vale. Casi siempre las bromas, aunque sean en tono jocoso, llevan implícito algo de verdad. El humor, como cualquier otra ficción, es generador de cultura y tiene implicaciones más allá de la carcajada.

El humor, como cualquier otra expresión, puede ser utilizado como herramienta para dañar a los demás, como se hecho históricamente con el humor machista, que perpetúa la violencia. Nuestra construcción social se realiza a través de acciones y comportamientos, entre los que se encuentra la comunicación, y el humor es una manera de comunicar más y la forma que tenemos de expresar ideas refleja nuestra visión del mundo y el lenguaje modifica nuestra manera de entenderlo.

La violencia no es solo la que se ejerce físicamente, sino la que hace que se normalicen discursos de odio como los que sufrimos en estos tiempos y abren el camino a la extrema derecha y la guerra cultural. Lo que Chris Rock hace es bullying de primero de E.G.B, ya que intenta poner en ridículo a Jada delante de todo el mundo, delante de toda su profesión. Lo peor es que el cómico aseguraba en esta entrevista que él había sufrido bullying y que eso le había hecho ser quien era, es decir, un matón más como los que ejercieron en su momento violencia contra él.

Sobre los limites del humor mucho se ha escrito ya y no parece haber consenso. "El humor es igual a tragedia más tiempo", decía Mark Twain. Hay estudios que hablan que la clave para evitar un chiste demasiado precoz o demasiado pasado es que coincida el grado justo de ofensa con la cantidad correcta de distancia, pero añadiría que también afectan otros factores, menos estudiados, pero igual de válidos.

El humor que se basa en reírse del género, la raza, la clase social, el físico de las personas o sus patologías, es un humor que normaliza esas desigualdades y refuerza y perpetúa los esquemas mentales de la cultura hegemónica y heteronormativa. Quienes sostienen que el humor no debe tener límites desean perpetuar sus privilegios de hombre heterosexual riéndose del resto de los marginados de la clase. La excusa de la broma para hacer mofa de cuestiones ya superadas es una manera de seguir manteniendo su estatus quo.

La violencia machista de Will Smith es injustificable. Se presume que Jada Pinkett no es un sujeto con capacidad de decidir si responder, sino que es una posesión a la que debe defender de las garras de otro macho como él. Los límites deberían estar en la violencia tanto verbal como física, por supuesto en la de Will Smith con esa masculinidad patriarcal defendiendo a su hembra porque "el amor te hace cometer locuras", discurso que justifica la violencia machista.

Chris Rock hizo un chiste sobre Jada Pinkett, pero previo a ello ya había soltado otras perlas machistas. De hecho, dijo: «Javier Bardem y "Su Mujer" están nominados. Si ella pierde ¡él no puede ganar!», es decir, habló de Penélope Cruz como una posesión de su marido, Javier Bardem.

Podemos seguir hablando de masculinidad tóxica y de cómo algunos aún quieren mantener su estatus de macho alfa, pero prefiero pasar página y quedarme con el beso de Kristen Stewart y Dylan Meyers en la alfombra roja. Lo que está claro es que con esta Gala hemos retrocedido una o dos décadas y todo lo que habíamos avanzado con el MeToo se ve reducido a un matón defendiendo a su hembra del gracioso de la clase. Los 90 han vuelto con el príncipe de Bel Air por la puerta grande, espero que podamos remediarlo.