Otras miradas

El tráfico de bebés, un drama oculto entre las bombas

Saioa Baleztena Rudi

Periodista

Civiles ucranianos huyen hacia la frontera polaca.- ozzoli / Fotogramma / Zuma Press / ContactoPhoto

El pasado 24 de marzo se cumplía un mes del inicio de la ofensiva del Presidente de Rusia, Vladimir Putin, contra Ucrania. En este tiempo, se ha escrito y opinado mucho sobre la sistemática vulneración de derechos propios en un contexto de guerra. Sin embargo, otro drama, como el negocio de los vientres de alquiler, aflora entre las bombas. Más oculto, más silenciado, más normalizado. Pero, no por ello, menos importante.

Antes de nada, hay que recordar que la mal llamada gestación subrogada está prohibida en España –como en otros 121 países– y que el Parlamento Europeo la condena desde el 2014, porque atenta contra la integridad de las mujeres y de sus criaturas. Dicho de otro modo, comprar bebés no es una opción, es un delito. Pese a ello, en España, cada año, cientos de parejas sortean los obstáculos legales para saciar su deseo de ser madres y padres violando sin escrúpulos los derechos de centenares de mujeres y bebés.

El debate ha sido históricamente controvertido y el conflicto entre Rusia y Ucrania, el país europeo por excelencia en la compra de bebés, lo ha vuelto a poner en evidencia. Las imágenes de decenas de criaturas abandonadas en clínicas han viralizado como munición para relatar la "odisea" que sufren las familias compradoras. De esta manera, en los últimos días hemos podido ver o leer piezas informativas, en medios de la centralidad y prestigio de TV3, Ara, La Vanguardia o la Cadena Ser, que humanizaban y normalizaban la explotación reproductiva, recreándose en el drama que sufren las familias compradoras. Ni una sola noticia crítica con los efectos que esto implica en la salud física, social y psicológica de las mujeres y de sus criaturas. Ni un solo análisis de de las condiciones de concepción, gestación, parto y postparto que imponen las agencias intermediarias. Ni una solo mención al drama emocional de encontrarse, de repente, solas y arrebatadas en una guerra. Las peripecias de las parejas que, en nombre del deseo de su ma/patenidad, mercantilizan a tantas mujeres y criaturas monopolizan el relato mediático.

Pero, las mujeres gestantes y los bebés no han sido las grandes olvidadas, únicamente, en los medios de comunicación, también lo son en el teatro. La semana pasada fui a ver Lengua madre, la obra de teatro de Lola Arias que, hasta el 11 de abril está en el Valle-Inclán en Madrid y posteriormente llegará al Teatre Lliure de Barcelona. En esta obra que pretende ser, en palabras de su directora, "la enciclopedia de la reproducción del siglo XXI", nueve personas diversas cuestionan el imaginario de la maternidad, abordando cuestiones imprescindibles como los abusos de la Iglesia, la opresión que ejerce el patriarcado sobre los colectivos más vulnerables, la heterodisidencia, el antirracismo o el aborto, pero también el negocio de la adopción, la reivindicación de la figura de la doula o del parto en casa, la denuncia de la invisibilización de la maternidad o la desigualdad en la crianza y la falta de corresponsabilidad. Hasta aquí, todo bien.

El problema viene cuando esta crítica del patriarcado pasa por alto la explotación reproductiva. Uno de los performers, Pedro, es un reputado ginecólogo que explica que, junto con su marido, compraron hace años un bebé en Estados Unidos. Arias no solo se olvida de narrar el impacto que esta decisión provoca en la madre biológica, sino que lo convierte en una apología sobre el negocio de los vientres de alquiler con frases tales como que Kara, la mujer que gestó a su hijo Alonso, "decidió gestar como decidió que no quería ser madre" y que posteriormente asegura sentirse molestado cuando "la gestación subrogada se asocia con la explotación, como si una mujer no pudiera decidir parir para otra persona con total conciencia y autonomía". Una vez más, vemos como los argumentos de altruismo y libertad sirven para legitimar que decenas de parejas exploten mujeres y bebés.

Ante estos ejemplos, parece evidente que estamos perdiendo la batalla cultural. Porque, ¿quién narrará el dolor desgarrador de estas mujeres que ven su salida en un proceso violento como el de la fecundación in vitro, la gestación, el parto y el postparto sin bebé?, ¿quién nos hablará de las secuelas físicas y emocionales que provoca la explotación reproductiva en las mujeres y en sus criaturas?, ¿quién sacará a la luz, de una vez por todas, el impacto de esta vulneración de derechos silenciada? y ¿quién fiscalizará la industria de los vientres de alquiler que se beneficia económicamente explotando a las mujeres?

Los periodistas tenemos la gran oportunidad y responsabilidad de hacerlo. Pero, una vez más, cuando se trata de los derechos de las mujeres y de la infancia, vamos tarde. Ninguna guerra, por cruda que sea, debería legitimar el tráfico de bebés, un drama oculto, y enterrado, entre las bombas.