Otras miradas

La superioridad moral de los comunistas

Pablo Batalla

Periodista

Mural dedicado a Julio Anguita en Berlín. —Facebook/ Eme Street Art

"Algunos eran comunistas porque Berlinguer era una buena persona". Lo cantaba, en Italia, Giorgio Gaber. Qualcuno era comunista fue compuesta en 1992: para entonces, el Partido Comunista Italiano ya era historia. Se había disuelto el año anterior, con una polémica decisión de su XX Congreso que lo había convertido en el socialdemócrata Partido Democrático de la Izquierda. Durante lustros, el PCI había sido la envidia de la izquierda occidental toda con su capacidad para obtener los votos de entre un cuarto y un tercio del electorado. Como enumeraba Gaber en aquella canción, las motivaciones de aquel voto al PCI eran diversas, pero una de las principales era la imagen de bonhomía y honradez que transmitían sus candidatos en un país en el que —como terminará de revelar el escándalo Tangentopoli en 1992— la corrupción campaba a sus anchas. Algunos eran comunistas, también, "porque Andreotti", el líder de la Democracia Cristiana, símbolo de un sistema concebido para vetar el acceso de los comunistas al poder, "no era una buena persona". El PCI era —escribía Pasolini— "un país limpio en un país sucio, un país honrado en un país inmoral, un país inteligente en un país idiota, un país culto en un país ignorante, un país humanista en un país consumista". En suma, una contrasociedad; la demostración fehaciente y no meramente retórica de que otra Italia, otro mundo, eran posibles.

No era una singularidad del comunismo italiano: en Portugal, Francia o Grecia, el ideal cumplido de una moral espartana, austera, desapegada de las prebendas del poder, se contaba asimismo entre los argumentos que proporcionaban éxitos a los partidos comunistas locales. Otro mundo era posible, en primer lugar, porque otros líderes lo eran. Los propios secretarios generales demostraban con su misma vida personal que es posible resistirse a la ley de hierro de la oligarquía. Conscientes de que el diablo habita en los detalles, y prerrogativas aparentemente nimias, intrascendentes, pueden ser semilla de la depravación tanto o más que otras tentaciones de toxicidad más evidente, porfiaban en rechazar hasta las más pequeñas canonjías.

El portugués Álvaro Cunhal era coherente con sus propios escritos sobre A superioridade moral dos comunistas negándose, por ejemplo, a utilizar el Volvo que el PCP ponía a su disposición, y que acabó teniendo que ser vendido por falta de uso. En Un partido con paredes de cristal había escrito que "ser comunista no consiste solamente en tener un objetivo político y luchar por su realización. Ser comunista no es tan solo una forma de actuar políticamente. Es una manera de pensar, de sentir y de vivir. Y esto significa que los comunistas no solo tienen objetivos políticos y sociales, no solo tienen una ideología y un ideal de transformación de la sociedad, sino que tienen también una moral propia, diferente de la moral de la burguesía y superior a ella".

El comunismo español ha tenido también sus cumplidores escrupulosos de aquellos preceptos. Marcelino Camacho rechazaba, ya en democracia, alojarse en el hotel que el partido le ofrecía pagarle cada vez que algún compromiso lo hacía viajar por España: insistía en quedarse en casas de camaradas, como hacía en los tiempos de la clandestinidad. Su honradez era la de otros y se pagaba cara a veces. Gerardo Iglesias arrastra hasta hoy las consecuencias de la suya: en 1989 concluyó su carrera política volviendo a su puesto de trabajo previo. Su puesto de trabajo previo no era registrador de la propiedad, ni profesor de química, sino picador en un pozo minero asturiano. No tardó en sufrir un accidente gravísimo: quince metros de caída vertical amortiguada por las mampostas de una galería que le dejó la columna vertebral hecha añicos. Fue operado durante ocho horas en el sanatorio de la empresa, pero este estaba insuficientemente provisto para intervenciones de tal envergadura, y ello causó a Iglesias una infección que dio lugar a nuevas e interminables cirujías a lo largo de los años, que terminaron lacerándole raíces nerviosas y cronificándole un dolor neuropático insoportable y sin tratamiento posible.

Se escribe este artículo en la efeméride del fallecimiento de otro comunista ejemplar. Julio Anguita vivió también como hablaba y en ello radicaron los espléndidos resultados de su Izquierda Unida en un momento, los años noventa, en el que todos los vientos soplaban en contra de la izquierda poscomunista, y las advertencias de Anguita sobre el Tratado de Maastricht y el nuevo orden post-Muro en general caían en el saco roto del entusiasmo neoliberal. A los dos años de su siembra, su memoria sigue muy viva, pero aquella frugalidad personal, con recordarse, es evocada de una manera un tanto equívoca: tiende a presentársela como un estimable adorno personal; como una decisión vital muy loable, pero en última instancia individual y contingente, admirable de una manera que no hace no respetable su ausencia; casi como una extravagancia del Califa Rojo y no como algo inserto en una tradición añeja y preceptiva, de la que Anguita era simplemente un honesto cumplidor.

En un momento de descrédito galopante de las instituciones democráticas, en que el todos son iguales se extiende porque, si no es verdadero, resulta verosímil, y hay porciones mejores y peores de la sociedad pero no una contrasociedad completa, tajante, como la que representaba el PCI (y de ahí que suceda que "el sistema capitalista", escribe Owen Hatherley al final de Paisajes del comunismo, "está en bancarrota, [...] pero sigue adelante como una especie de sonámbulo económico: 2009 como un 1989 sin un sistema rival en cuyos brazos desmoronarse"), urge hacerle el mejor homenaje posible a Anguita recuperando aquella moral en todo su sentido férreo. La época del café sin cafeína, la cerveza sin alcohol y la leche sin lactosa (Žižek) también es era de las éticas histriónicas pero huecas. No era histriónica la austeridad de Anguita, que nunca se entregó a una demagogia del desharrapamiento que le desagradaba. La buena austeridad revolucionaria puede vestir traje y corbata, como Allende, como Berlinguer, como Durruti, y se puede ser sin embargo —como argumenta convincentemente el pensador libertario Michel Suárez, vindicador de los ternos—establishment de la peor calaña vistiendo bermudas, sandalias y camisetas de colores.

Seamos, de nuevo, un país alternativo, humanista entre consumistas: viva Julio Anguita, y la lucha siga.