Otras miradas

Bajo los adoquines, el césped: fútbol y mayo francés

Ramón Usall

Historiador, profesor y escritor. Autor de 'Futbolítica'

Barricadas de mayo del 68 en Burdeos.- Tangopaso

La ocupación y el posterior desalojo de la parisina Sorbona, el 2 de mayo de 1968, hace ya más de medio siglo, dio el pistoletazo de salida a un mayo francés en el que las movilizaciones de los estudiantes galos se extendieron como una mancha de aceite por todo el Hexágono convirtiéndose en la mecha que encendió una rebelión social de carácter global que puso contra las cuerdas al gobierno del general De Gaulle y que, por un momento, pareció incluso capaz de derrocar el sistema capitalista francés.

Aquella rebelión, surgida de la protestas estudiantiles contra la guerra de Vietnam y del anhelo de mayor libertad de las nuevas generaciones de jóvenes franceses, consiguió, tras los hechos de la Sorbona y el estallido de las barricadas en el Barrio Latino de París, traspasar las fronteras del espacio estrictamente educativo para convertirse en una auténtica revolución que afectó todos los ámbitos de la vida, fútbol incluido.

Un elemento clave para esta eclosión revolucionaria fue la huelga general del 13 de mayo de 1968 que selló una alianza entre obreros y estudiantes con el objetivo común de derribar el poder. La convocatoria inicial se convirtió en una huelga indefinida que paralizó el país y que generalizó las ocupaciones, no tan solo de los edificios universitarios como la Sorbona sino también de grandes fábricas, como la automovilística Renault, o de edificios culturales, como el mítico teatro del Odéon.

El 22 de mayo, en uno de los momentos más álgidos de aquella huelga revolucionaria, una nueva ocupación se añadió a los centenares que se reproducían por todo el territorio francés. A las ocho de la mañana, un grupo de futbolistas de clubes amateurs de París y de su cinturón rojo, encabezado por varios redactores de la revista Miroir du football, un publicación deportiva de posiciones cercanas al comunismo, asaltó la sede de la Federación Francesa de Fútbol, situada en el número 60 bis de la avenida de Iéna, en el corazón del decimosexto distrito de París, uno de los más lujosos de la capital francesa. Los ocupantes, erigidos en el Comité de Acción de los Futbolistas, se instalaron en los despachos federativos y cambiaron completamente el aspecto de la sede colgando una bandera roja en su fachada acompañada de dos pancartas que proclamaban "El fútbol para los futbolistas" y "La Federación, propiedad de los 600.000 futbolistas".

Con esta actuación, los sectores populares del mundo del fútbol imitaban la forma de actuar que los estudiantes habían popularizado en la Sorbona y que, a lo largo de ese convulso mayo del 68, se había extendido como un reguero de pólvora por todo el país.

En el mismo momento de la ocupación, sus impulsores hicieron público su programa político que reclamaba "devolver a los 600.000 futbolistas y a sus millones de amigos lo que les pertenece: el fútbol que los pontífices de la federación les han expropiado para servir sus intereses egoístas de aprovechados del deporte". En cierta forma, la ocupación de la federación francesa fue uno de los primeros actos de combate contra el fútbol entendido como un negocio. La voluntad de los ocupantes era liberar este deporte de la "tutela del dinero de pseudomecenas incompetentes que están al origen de su podredumbre" y convertir de nuevo el fútbol en "eso que nunca debería haber dejado de ser: el deporte de la alegría, el deporte del mundo del mañana que todos los trabajadores han empezado a construir".

Al tiempo que ocupaban la sede federativa y hacían públicas sus reivindicaciones, los participantes en la protesta retuvieron, durante medio día, a dos de los principales directivos de la federación, su secretario general, Pierre Delaunay, acusado de haber heredado el cargo de manos de su padre "como un vulgar Luis XVI", y Georges Boulogne, responsable federativo de los entrenadores, al que reprochaban el fomento de "un estilo de juego físico, lleno de disciplina y de rigor, en detrimento de un juego bonito e inteligente" como el que defendían los románticos del Miroir du football desde sus páginas.

El pequeño grupo de futbolistas y periodistas que había tomado la sede federativa vio como el volumen de la ocupación aumentaba hasta llegar al centenar de personas gracias a la difusión que de ella se hizo a través de la radio. Al escuchar la noticia, varios futbolistas amateurs de la región parisina decidieron sumarse a la protesta, como también lo hicieron André Mérelle y Michel Oriot, dos jugadores del Red Star, por aquel entonces un equipo de la primera división francesa, que fueron los dos únicos futbolistas profesionales que se acercaron hasta la federación para apoyar las reclamaciones de sus ocupantes. A pesar de no llegar a pisar la sede federativa, Just Fontaine, una de las mayores leyendas del fútbol francés que acaba de empezar su carrera como entrenador, fue otro de los profesionales del deporte rey que no dudó en mostrar su apoyo a los jugadores amateurs que ocupaban la federación.

Por el contrario, el sindicato francés de futbolistas no se atrevió a hacer lo mismo en considerar que los ocupantes mantenían posiciones excesivamente revolucionarias desde su punto de vista. A pesar de ello, sí que dio su apoyo a algunas de sus reivindicaciones, como la que reclamaba el fin de los contratos vitalicios que ataban a los jugadores con los clubes hasta la edad de 35 años, una medida que una de las grandes estrellas del fútbol galo, Raymond Kopa, no había dudado en tildar de "esclavista".

La ocupación del edificio del 60 bis de la avenida de Iéna se alargó durante seis días, hasta el 27 de mayo, cuando los participantes en la protesta, muchos de ellos implicados también en la ocupación de sus empresas fruto de su condición obrera, decidieron ponerle fin al considerar que el objetivo de dar visibilidad a sus reclamaciones ya había sido logrado.

La decisión se tomó poco antes que el presidente Charles de Gaulle convocara elecciones a la Asamblea Nacional, una medida que desactivó el movimiento obrero y estudiantil que ocupaba fábricas y facultades y que comportó, tras la abrumadora victoria electoral conservadora, el fin del sueño de la transformación social que se había vislumbrado durante aquel mayo en el que todo parecía posible.

Aun así, el legado de aquellos ocupantes de la federación francesa, a pesar de la derrota aparente del movimiento revolucionario al que representaban, no fue, ni mucho menos, menor. Su acción abrió las puertas a la abolición definitiva del contrato vitalicio, que fue adoptada en 1973. Lo que sí es cierto es que, durante los años inmediatamente posteriores a la revuelta, los ocupantes de la sede fueron objeto de una feroz persecución federativa. Los jugadores amateurs que habían participado en la ocupación vieron como su licencia era temporalmente suspendida y los pocos profesionales que se habían implicado en la protesta tuvieron serias dificultades para encontrar equipo debido a la etiqueta de izquierdistas que pesaba sobre ellos.

Por si esto fuera poco, Georges Boulogne, el responsable federativo de los entrenadores al que los ocupantes echaban en cara su estilo conservador, fue designado seleccionador nacional francés en 1969, con unas ideas que defendían la adaptación del deporte a la evolución de la economía capitalista con el objetivo de hacer más competitivo el fútbol galo.

Para la historia quedará, pero, que el mayo del 68, en el marco de la rebelión generalizada que sacudió París y el conjunto de Francia, un grupo de románticos protagonizó la que fue la primera gran protesta contra la mercantilización del fútbol. Un deporte que querían alegre, popular y alejado de unos dirigentes que tan solo lo concebían como un negocio.