Otras miradas

'Cinco lobitos' o de cómo darle valor al sostén de la vida

Octavio Salazar Benítez

Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba

Imagen de la película 'Cinco lobitos'.
Imagen de la película 'Cinco lobitos'.

Cuando las mujeres creadoras insisten en que es necesario que se escuchen sus voces, que estén presentes y sean reconocidas con la misma autoridad y prestigio que los "genios" hombres, no solo están reivindicando una cuestión de mera justicia cuantitativa. Es decir, no se trata solo de que la mitad de la humanidad que no ha estado presente en la creación de los imaginarios colectivos tenga la oportunidad de hacerlo, y por lo tanto de mostrarse con el mismo derecho a ser como mínimo tan "malas" como los hombres, sino de que con ellas y a través de ellas se hagan presentes otras miradas. Que lo universal, y falsamente neutral, que siempre se ha identificado con lo masculino, se fracture con la irrupción de esas otras historias a las que nunca le dimos el valor de lo humano. Que se amplíe nuestra perspectiva y empecemos a poner en el centro prácticas, vivencias y actitudes que fueron condenadas a los márgenes. Que de esta manera, también, nos interpelen a los hombres, y a la pretensión de orden totalizador que representa la masculinidad, para que empecemos a revisar los esquemas de un mundo hecho a nuestra imagen y semejanza. Por todo ello, y también, insisto, porque es una cuestión de mera justicia reequilibradora con respecto a la mitad que todavía hoy tiene que luchar para tener el mismo estatus que nosotros, es tan relevante que haya mujeres haciendo cine, escribiendo relatos, pensando teorías, inventando paradigmas. Y que todo ese caudal no quede clausurado en la jaula devaluadora de lo "femenino" sino de que, al fin, todos y todas empecemos a valorarlo como expresión de la humanidad que compartimos.

En este sentido, uno de los mayores acontecimientos que estamos viviendo en el cine español es la aparición en los últimos años de tantas mujeres creadoras que están llevando a la pantalla muchos de esos latidos que nosotros, tan machitos todavía, solemos esquivar o, en el mejor de los casos, asumir desde una posición paternalista que a duras penas oculta lo mucho que nos resistimos a abandonar el púlpito. Lo cual no quiere decir, lógicamente, que una cineasta no pueda ni deba ocuparse de las historias, personajes y tramas que habitualmente han centrado los intereses masculinos, sino de que inevitablemente, aun en esos casos, ellas incorporarán una trama vivencial y unos matices que tienen que ver con lo que ha sido y es su posición en el mundo. Y, por supuesto, ello tampoco impedirá que haya cineastas con una mirada patriarcal, como de hecho sucede con algunas mujeres que en el espacio público reproducen comportamientos muy masculinizados. En todo caso, parece evidente que solo una mujer, concebida ésta como sujeto que necesariamente ha vivido/sufrido las heridas causadas por el sistema sexo/género, podría contar una historia como la que nos ofrece Cinco lobitos, y de la manera en que su guionista y directora, Alauda Ruiz de Azúa, enfoca la trama de apenas cuatro personajes, cinco sin contamos a la hija recién nacida, en la que asistimos a las tensiones dramáticas que muy especialmente para las mujeres siguen generando las responsabilidades relacionadas con el cuidado. Con un guion rico en matices, en pequeños detalles, que es casi una obra de orfebrería que juega con piezas en las que es fácil reconocerse, la película nos revela una de las tareas pendientes en nuestro pacto de convivencia: la asunción de nuestra ontológica vulnerabilidad y, por tanto, de la necesidad de cuidados a lo largo de nuestra vida. Y de cómo esta necesidad sigue siendo hoy por hoy el meollo más político de las desigualdades de género. A través de la relación madre/hija, interpretadas con una hondura que nunca cae en el exceso ni en el melodrama por unas inconmensurables Susi Sánchez y Laia Costa, que a lo largo de los años van intercambiando papeles, aunque siempre repitiendo los patrones que el sistema ha diseñado para ellas, nos emocionamos, y por tanto sentimos como propio, el reto sin resolver de cómo le damos un giro a nuestro modelo de convivencia para situar el sostén de la vida en el centro. Uno de los horizontes más revolucionariamente feministas que desafían las entrañas del pacto social y que de manera singular deberían interpelarnos a los hombres, tal y como nos demuestra el abuelo/patriarca de toda la vida – al que da cuerpo y alma un estupendo y sobrio Ramón Barea – y ese joven padre – Mikel Bustamante - que se mueve entre las inercias que lo acomodan y la desubicación de una masculinidad que todavía no es capaz de ponerse en lugar de las mujeres, empatizar con ellas y, a partir de ahí, asumir las responsabilidades que nunca asumimos.

Alauda Ruiz de Azúa consigue una hermosísima primera película – sorprende justamente, por lo bien contada y rodada que está, que sea su primer largo – que nos remueve por dentro ya que, como buena obra de arte, nos interpela, pone rostro a las dolencias y deja claro que tenemos muchas cuestiones por resolver en el entendimiento de los vínculos familiares, de las prioridades vitales y, en general, de un modelo de organización de nuestras vidas hecho todavía hoy a costa de la entrega desmesurada de las mujeres. Esos seres para otros que siguen construyendo sus proyectos a fuerza de renuncias y dolores. Obligadas en exceso a ser heroínas mientras que nosotros apenas si nos hemos movido de nuestra posición en el tablero. Tan sabias en todo lo que tiene que ver con cuidar y sostener, tan habituadas a soportar mientras que nosotros, la mayoría de nosotros, aún no hemos sido capaces de sacar de nuestra mochila al machito que cuando se ducha deja la ropa sucia tirada en el baño.

Cinco lobitos es una de esas películas que nos habla también de la importancia que tiene el tiempo en nuestras vidas, de lo complicado que es luchar contra unas reglas del juego que parecen solo hechas a beneficio de seres omnipotentes, de lo necesario que es articular inteligencia y emociones en esa compleja trama que nos mantiene con vida. Una obra radicalmente política porque, como habitualmente hacen las mujeres, trasciende lo personal e íntimo para hacerlo colectivo. Y, de paso, nos deja con un pellizco en corazón a quienes, como yo, somos hombres pendientes todavía de superar nuestra ilusión de autosuficiencia.