Otras miradas

Carta-abrazo a Beatriz Gimeno

Hjalmar Jorge Joffre-Eichhorn

Practicante del Teatro del Oprimido boliviano-alemán. Autor de 'Post Rosa: Letters against Barbarism'

Imagen de Gordon Johnson en Pixabay

Aprendí entonces que la enfermedad es, a veces, la única medicina.

(Mia Couto, El Mapeador de Ausencias)

Compañera Beatriz,

¿Cómo estás? Tienes mucha razón: Es bastante complicado hablar de nuestra falta de salud mental. Llevo casi siete años intentándolo y la verdad es que me siento cada vez menos capaz de expresar lo que me pasa. Créeme, he revelado, explicado, confesado, justificado, acusado, implorado, gritado, llorado, a veces hasta poetizado, pero todo en vano. Lo que digo y lo que siento no se corresponden. Por un lado, pienso que este fracaso de dar forma y contenido a los monstruos que nos devoran por dentro tiene mucho que ver con el lenguaje que se nos ofrece en la sociedad de consumo. Por lo general, un abecedario de palabras-tontería patologizantes, despolitizadas, de autoayuda y vaciadas de todo potencial emancipatorio y movilizador. Por otro lado, creo que esta creciente incomunicabilidad se debe a un (vio)lento proceso de (auto)endurecimiento como consecuencia de la aparente imposibilidad de que, haga lo que haga, logre hacer parar a esta maldita espiral descendente. No cabe duda de que me he vuelto más duro conmigo mismo y con los demás, que mis palabras y emociones se han endurecido y que mi corazón y alma están aceradísimos. A menudo temo que no falte mucho para que me convierta en fósil, organismo pretérito.

A la vez, el no poder hablar es también un ya no querer hablar. Un ya no querer decir nada a nadie, porque cansa tener que volver a contar las mismas historias y experiencias una y otra vez sin que te sientas mejor, sin que siquiera sientas que te hayan entendido. De hecho, quizá sea justamente esta falta de comprensión y, por qué no decirlo, esta flagrante ignorancia, incluso por parte de nuestros seres más queridos, la que no solamente disminuye nuestra voluntad de seguir deletreando nuestros dolores psíquicos-corporales sino que erosiona profundamente a nuestra capacidad de continuar luchando por un futuro menos zombiano. Desgraciadamente, el no entender a veces camufla un privilegio material-epistémico – el no necesitar entender – que abre las puertas para graves consecuencias éticas-morales: la acción solidaria como una mera (no-)elección personal en vez de un imperativo categórico colectivo de naturaleza política/humana/civilizatoria: el compromiso con el bienestar de todo lo existente dentro de una cultura de la vida.

Beatriz, afirmas que "no sabemos qué hacer con la gente que se rinde, que abdica, que no puede más." Que "no estamos preparados" para acoger sus/nuestras lágrimas y que es muy difícil "echarles una mano". También hablas de la posibilidad realmente existente de que "todo el mundo hará como que no pasa nada" y que en caso de un suicidio las personas "se lamentan. Y a otra cosa". Pero qué triste locura. ¿Cómo es posible tamaña enajenación? Nuestra experiencia cotidiana nos muestra que es así pero me niego rotundamente a aceptar que este no saber-poder, esta impotencia-ineptitud, esta deformación ontológica-ideológica que ocurre en un contexto de permanente deshumanización capitalista, colonial y heteropatriarcal sea otro "fin de la historia", otro destino final-fatal que aparentemente no tenga alternativa. Simplemente no tenemos derecho de deslizar a la izquierda cuando de salud mental se trata. Ni una menos.

A propósito de izquierdas y derechas, admito que ya no tengo ninguna paciencia ni para los que se atreven a gritar "vete al médico" en el parlamento plurinacional ni para los que continúan a insistir en la esencia neoliberal de la salud mental tipo "el problema eres tú" ni tampoco para los que siguen ninguneándonos con lo de la "generación de cristal". Otras reacciones de las cuales podemos prescindir, aparte del por ti mencionado "aguántate" reproductor-fortalecedor del statu quo enfermizo, son los comentarios minimizantes, los consejos gratuitos, las racionalizaciones pseudo- científicas, los gestos de lástima y, para no olvidar, todas las preguntas, observaciones y consignas supuestamente bienintencionadas, "empáticas", que en realidad no hacen nada más que poner en duda la autenticidad y legitimidad de nuestro malestar. Es que produce mucha soledad – mucha "mismidad" como la llamas tú – cuando uno describe sus micro y macro implosiones diarias y como respuesta recibe un caluroso "no es para tanto, cada quien carga su cruz" o un simpático "¿ya has intentado la psicología positiva?". Por favor, dejémonos de joder. No es que no necesitemos respuestas urgentes, apoyo y cuidado, tanto "profesional" como "no profesional," pero basta ya de impartir nuestras ignorancias-arrogancias sabihondas en vez de por fin adoptar una actitud un poco más humilde basada en una solidaridad de la pregunta, la curiosidad y la escucha con consecuencias.

Esta solidaridad, fundamentada en un "estar con" en el espacio y en el tiempo – el aquí-ahora y el allá-mañana – responde a lo que tú has descrito como "todo el mundo lo siente mucho, pero quiere estar lejos", esta especie de represión originaria freudiana de la urgente labor política de cuidarnos entre conciudadanos, amigos y compañeros de lucha que en su fase superior toma la forma de un inadmisible ghosting a la Bartleby: "Preferiría no hacerlo". Beatriz, no sé cómo lo ves tú, pero en mi caso, y a esta altura de un partido que dura ya demasiado tiempo y que muchos días parece irremediablemente perdido, lo que más anhelo es la pastilla mágica de un nuevo Nosotros, una nueva Internacional de los Trastornados Mentales y nuestros Aliados, que se comprometa con la elaboración de contradiagnósticos y contraterapias individuales y colectivas creadoras de nuevas energías psicosomáticas rebeldes que permitan que sigamos rompiendo tabúes, estereotipos, mistificaciones, silencios y aislamientos rumbo a sociedades y convivencias (mucho) más justas y afectuosas.

Es eso, querida Beatriz. Difícil es hablar de nuestros pesares en un mundo como el nuestro. Te agradezco mucho por haberlo hecho. Hagamos, pues, de nuestra enfermedad nuestra propia medicina y trastornemos este mórbido orden vigente. ¡Ahora es cuando! Creo en nosotros.

Cuídate mucho y si hay algo que pueda hacer para apoyarte, cuenta conmigo.

Un fuerte abrazo,

Hjalmar