Otras miradas

Multiplicar para cambiar el mundo

Paloma G. Villa

Diputada autonómica de Unidas Podemos

El diputado de Unidas Podemos Serigne Mbaye, vota en el acto de constitución de la Asamblea de Madrid de la XII Legislatura, en junio de 2021. E.P./Eduardo Parra
El diputado de Unidas Podemos Serigne Mbaye, vota en el acto de constitución de la Asamblea de Madrid de la XII Legislatura, en junio de 2021. E.P./Eduardo Parra

Sobre lo de Serigne Mbaye, diputado de Unidas Podemos, al que le pidieron la documentación en una estación de tren y al que han parado varias veces por la calle en redadas racistas. Leo comentarios intentando decir que el que le pidan que se identifique no es racismo, opinan que la documentación se pide de forma aleatoria y que le ha tocado a él lo mismo que le podría haber tocado a cualquiera. Una cuestión de suerte, dicen. Pienso. Y tengo claro que a mí, blanca, rubia y de ojos azules, nunca me han pedido el DNI por la calle, ni en el metro, tampoco en el tren. Luego miro los datos y veo que a las personas racializadas la policía las para 10 veces más si son de etnia gitana, 7,5 veces más si son de origen magrebí  y 6,5 veces más si son negras y latinas. Me queda claro que existe racismo, también institucional, y que yo no lo sufro porque soy blanca. Concluyo entonces, que tengo privilegios y como quiero una sociedad en la que seamos diferentes, pero socialmente iguales, pongo un tuit de inmediato apoyando al compañero. A ver, no ha sido exactamente así. No es que lo ocurrido a Serigne me haya abierto los ojos, porque yo ya sabía que ostento una situación de privilegio con respecto a las personas racializadas. He visto conductas discriminatorias hacia ellas y porque he estudiado Historia, sé de qué va la vaina.

Entonces me pregunto, ¿por qué es tan difícil que la gente se dé cuenta de los privilegios que tiene?

Y me viene a la cabeza la lucha feminista y cómo los cánticos "sola, borracha, quiero llegar a casa" han escocido tanto a una parte de la población. Y pienso. Si yo fuera un hombre y muchas mujeres me dijeran que cuando van solas por la calle, de noche, y vienen de divertirse, tienen miedo a ser acosadas o violadas, pensaría que yo he salido muchas veces de fiesta, he ido solo por la calle y nunca he pasado miedo creyendo que alguien me iba a acosar o a violar. Luego miraría los datos y vería que desde el año 2016 ha habido 274 violaciones grupales a mujeres que hayan sido denunciadas, que serán más. Me daría cuenta que ostento ese privilegio, entre muchos otros, por ser varón y enseguida daría mi apoyo al feminismo y me uniría a su lucha por conseguir un mundo en el que mujeres y hombres seamos iguales.

Mi cerebro comienza a pensar en el tema de la clase y la meritocracia. Y pienso. Yo tuve que trabajar desde muy joven. Me saqué mis estudios mientras trabajaba. Recuerdo que iba a la universidad por las mañanas y cuando terminaba me metía en un Call Center toda la tarde. Salía a las diez de la noche, sin apenas tiempo para estudiar. Me pregunto si aquellas personas que no tenían que trabajar y por tanto, tenían toda la tarde para estudiar, esos estudiantes a los que sus padres les pagaron máster y que entraron en el mundo laboral 10 o 15 años después que yo, en el mejor de los casos, que se quedaron en casa de sus padres sin trabajar -o trabajando muy poco- hasta que se sacaban la oposición, mientras que la gente como yo vivía y se mantenía sola, ¿se darán cuenta que tienen un privilegio? ¿serán conscientes de que para conseguir lo mismo se han esforzado 10 o 15 veces menos que otras personas, en el mejor de los casos? Yo, si no hubiese trabajado mientras estudiaba, si mis padres me hubieran pagado un máster o me hubiesen mantenido hasta que aprobara una oposición, tendría claro que tengo privilegio con respecto a las personas que tuvieron que trabajar desde los 16 o 18 años, que se emanciparon con 20 y que no han heredado nada. Miraría los datos, vería que no han sido ellos, sino la clase social de sus padres, también los estudios de sus padres que forman el capital intelectual y la herencia, quienes determinaron y facilitaron su futuro y sin dudarlo daría mi apoyo alcanzar la igualdad social y material de las personas que es incompatible con el capitalismo.

Después pienso en las personas trans que me dicen que les es difícil encontrar un trabajo, que sus padres les echaron de casa, que deben tener un diagnóstico psiquiátrico para poder hormonarse y que tienen que hacerlo durante dos años para que les llamen por su nombre. Pienso. A mí siempre me han llamado por mi nombre y siempre me han tratado por el género que he querido. Entonces, miraría los datos y vería las tasas de desempleo y de suicidio. Comprobaría que hasta el 2018 la OMS las tenían "catalogadas" como enfermas mentales. Y de inmediato, apoyaría la lucha trans porque creo que las personas trans no se tienen que conformar con menos que la igualdad.

A continuación pienso en una persona con autismo, con síndrome de Down o con cualquier otro tipo de discapacidad. Me dicen que los empleos no están previstos para ellos y para ellas, que hay gente que no quiere que sus hijos e hijas coincidan en el mismo espacio educativo. Miraría las tasas de inclusión escolar y laboral y el rechazo de parte de la sociedad. Y me uniría, defendería y apoyaría a los movimientos de la discapacidad o diversidad funcional.

Más tarde, pienso en las lesbianas, o quizá pensé antes porque yo lo soy. Y cuando explico que hemos sido ocultadas de la Historia, que a nosotras no nos metían en las cárceles, sino en psiquiátricos, porque piensan que dos mujeres no tienen sexo y que ponen sobre nosotras todos los adjetivos negativos de la masculinidad. Pensaría, si fuera heterosexual, mi sexualidad siempre ha sido reconocida, que nunca he sido discriminada por ser heterosexual y que mis deseos eran aceptados socialmente. Enseguida apoyaría su lucha y si su mayor discriminación ha sido la no existencia, la invisibilidad, intentaría que fueran visibles, incluso más que los hombres gays, que casi casi se han comido históricamente todas las siglas del colectivo LGTBI.

Pienso, reflexiono y la conclusión es que al igual que normalmente hacemos muy bien aquello identificar cuál es mi discriminación o mis discriminaciones, porque puedes ser mujer trans negra lesbiana pobre y con autismo, deberíamos también empezar a descubrir cuáles son nuestros privilegios. Y sí. Todo el mundo tenemos privilegios, no somos eternas víctimas. Tenemos que aprender que no somos víctimas todo el día, todo el rato, toda la vida. Tenemos que aprender a descubrir cuáles son los privilegios que ostentamos e intentar deshacernos de ellos y buscar que aquellos y aquellas que están en situación de subalternidad por algún motivo, tomen la palabra y nos expliquen. Y escuchar, aprender a escuchar es muy importante. Que todo el mundo quiere contar su peli, pero poca gente quiere escuchar al que tiene al lado o en frente, me da igual.

Creo que este sería un paso para que las luchas y los avances fueran interseccionales. Y que, al final, quienes lucháramos por la igualdad de las personas trans, o lesbianas o de las mujeres, seamos los mismos que queremos justicia social en lo material.

Escucha y empatía. Y no sólo sumar. Multiplicarnos para cambiar el mundo.