Otras miradas

La viruela de la estigmatización

Marta Higueras Garrobo

Portavoz del Grupo Mixto-Recupera Madrid

Manifestantes muestran pancartas durante una concentración convocada por diferentes asociaciones LGTBI+ en la Puerta del Sol de Madrid en una imagen de archivo. EFE/ Víctor Lerena

Quedan lejos en el tiempo los miedos, la discriminación y la estigmatización que provocó la irrupción del VIH/SIDA en los 80, causando un sufrimiento que afectaba principalmente a los hombres homosexuales, asociados cada día de manera arbitraria a términos como "grupo de riesgo", "invasión", "plaga", "contaminación" o "desviados". Todo exclusivamente por el mero hecho de padecer SIDA en la época de mayor virulencia del VIH, cuando se ignoraba casi todo sobre una enfermedad que se calificaba como "el cáncer gay".

Los hospitales procuraban no ingresar a seropositivos o se les daba una atención deficitaria. Incluso, tras morir, los fallecidos eran introducidos en bolsas de plástico y quedaban desatendidos por los servicios funerarios que se oponían a hacerse cargo de los difuntos; ante un contrato de arrendamiento a nombre del difunto, su pareja era inmediatamente expulsada; las situaciones familiares y laborales replicaban un patrón de repulsa y exclusión social en el que se culpabilizaba al enfermo de su propio padecimiento, juzgándole con lástima. El SIDA se asociaba al sexo entre hombres y al uso de drogas por vía parenteral, y se consideraba un castigo a las personas con comportamientos impuros. Las personas enfermas de SIDA se convirtieron en una amenaza y eran apartadas de toda participación social.

Es en ese contexto en el que se organizaron los grupos activistas para buscar, en definitiva, un trato digno e igualitario, haciendo eco de sus derechos y defendiendo cuestiones sociales y legales de las parejas LGTBI frente al silencio de las administraciones responsables y cómplices de la estigmatización generalizada. Esto generó una fuerte tensión con las administraciones responsables de detener la epidemia, provocando el levantamiento de personas afectadas y un sentimiento de pertenencia a la comunidad LGTBI, principalmente en las ciudades de Nueva York y San Francisco, donde fue fundamental el trabajo colectivo de visibilización mediante campañas, artículos críticos y manifestaciones. Lentamente, pero de manera efectiva, lograron sus objetivos de lucha en contra de la estigmatización, defensa de sus derechos y presión para que se investigara para encontrar tratamientos más efectivos, logrando cambiar el modo en el que la población con VIH era vista desde la ciencia, la política y la ciudadanía.

A partir de los años 90, las farmacéuticas desarrollaron las terapias antirretrovirales, la sociedad mejoró su percepción del problema y las administraciones implementaron programas preventivos a gran escala.

Han pasado más de tres décadas desde entonces y, sin embargo, pese a los avances en la biomedicina y en los derechos sociales de las personas LGTBI, los miedos, la discriminación y la estigmatización vuelven a amenazar al colectivo al calor de los discursos del odio. Los mismos que rechazaban la motivación homófoba del asesinato de Samuel Luiz o de la manifestación fascista en Chueca, han tardado exactamente cinco minutos en vincular prácticas sexuales y colectivo LGTBI con el brote de viruela del mono, o en calificar enfermas a las personas del colectivo y pedir terapias de conversión desde la sanidad pública.

Estoy cansada, como lo está todo el colectivo y las personas defensoras de los derechos LGTBI, de vivir con el listón de tolerancia a la agresión tan alto. Agresiones que provienen siempre del mismo lugar y que no se corresponden con una sociedad moderna que ha asimilado y se hace cargo del agravio histórico y presente que sufrimos las personas LGTBI.

Me llama poderosamente la atención que ahora, a las puertas de volver a llenar las calles y plazas con las celebraciones del Orgullo no sólo en Madrid, sino a lo largo y ancho del país, se vincule esta alerta sanitaria con las prácticas de una parte del colectivo. Las afirmaciones del Consejero de Sanidad de Madrid nos retrotraen a aquellos años 80 que mencionaba al inicio; y las del partido ultra para qué traerlas, un disparate.

Ya sabemos que la derecha tiene mucha práctica en sembrar para hacer su cosecha. Y en el caso concreto de Madrid, se opusieron hasta que fue imposible mantener la negativa a dotar la celebración del Orgullo de Madrid que exigíamos desde el Grupo Municipal Mixto-Recupera Madrid para apoyar los presupuestos de 2022.

Y se siguen resistiendo, sin duda. Por eso, ahora más que nunca vuelve a ser necesario el activismo militante y la movilización de toda la comunidad en la batalla de primera línea contra la LGTBIfobia y a favor de los derechos de las personas LGTBI.