Otras miradas

La esperanza de cambio histórico en la tierra de Pablo Escobar

Sergi Sol

Periodista

Vista de una pancarta que representa al candidato presidencial de izquierda colombiano Gustavo Petro antes de un mitin en el barrio de Fontibón en Bogotá el 12 de junio de 2022.- AFP

Gustavo Petro apura los últimos días de campaña peleando cada voto y en olor de multitudes. Colombia lleva décadas en manos de gobiernos derechistas que han sumido en la pobreza a la mayor parte de un país que goza de unos recursos naturales sin igual en América del Sur. Por contra, más de la mitad de la población vive por debajo del salario mínimo interprofesional, 1 millón de  pesos colombianos. Esto es, al cambio, 250 euros mensuales. Su PIB per cápita es de poco más de 5.000 dólares por los 27.000 de España.

La victoria de Petro sacudiría toda la estructura de un estado que controla esa derechona que ha flirteado históricamente con esos paramilitares que siguen activos. Sin dar tregua y con una impunidad que da pavor. Petro lleva en los mítines una guardia pretoriana, chaleco antibalas e incluso se dirige a sus simpatizantes tras un cristal antibalas. No es para menos, cada vez que un candidato progresista ha tenido la oportunidad de presidir Colombia ha sido asesinado.

Las FARC se desarmaron, la izquierda apostó por salir del atolladero y lograr la victoria en las urnas. Ese desarme lo aprovechó la extrema derecha para cazarlos como conejos. Desde el Acuerdo de Paz (26 de setiembre de 2016) han asesinado a cerca de 1.200 militantes de la izquierda, muchos de ellos líderes locales o regionales.

Petro, exalcalde de Bogotá y exguerrillero del M19, llega a la recta final de campaña con las encuestas muy ajustadas, aunque ligeramente a favor. La derecha ha tomado partido en bloque por un candidato de tintes populistas, Rodolfo Hernández, más difícil de identificar con la derecha clásica colombiana. Ya le apodan el Trump colombiano. Un tipo que no se presenta a debate electoral alguno y que incluso cometió el desliz de alabar la memoria de Adolf Hitler.

Hay nervios en el cuartel electoral de Petro, acarician la victoria pero en esta recta final los medios derechistas han ido con todo a desacreditar al izquierdista Petro, agitando todos los fantasmas. Desde su pasado guerrillero y la connivencia con las guerrillas que siguen activas -como el Ejército de Liberación Nacional (ELN) o las escisiones de las FARC que retomaron las armas- hasta la evocación de Venezuela como presunto referente de la izquierda colombiana.

El último espantajo es la presencia del catalán Xavier Vendrell en el equipo de confianza de Petro. Al empresario y exconseller de la Generalitat le achacan su antigua vinculación con Terra Lliure en sus años mozos y su reciente detención por el caso Volhov. Vendrell, entre otras, está acusado de ser uno de los arquitectos de Tsunami Democràtic, el grupo que convocó acciones y movilizaciones de protesta contra la sentencia del juicio del Procés.

Pero lo cierto es que quien sufre la violencia son las gentes de Petro, el conglomerado Pacto Histórico que ha coaligado al grueso de la izquierda colombiana.

Les cuelgan el mochuelo del terrorismo por su pasado guerrillero. Pero quien está enterrando a compañeros -día sí, día también- son los de Petro, también en esta campaña electoral, asesinados a tiros por los paramilitares.

Otro enemigo declarado de Petro y de la izquierda colombiana es la influyente Iglesia evangélica con sus 10 millones de seguidores. Le achacan ser feminista y tolerar la homosexualidad, cuestiones que no son menores en la tierra de Pablo Escobar. El machismo más recalcitrante impera por doquier en buena parte de esta sociedad. O el aborto, otro de los reproches a Petro en un país donde se prohibía abortar. Una sentencia de  este mismo año despenalizó el aborto hasta la semana 24.

Aunque, sin duda, hay cambios. En Medellín, cuna del Patrón Escobar, el alcalde (independiente y antiguo miembro del Partido Conservador) ha pedido públicamente el voto para Gustavo Petro.