Otras miradas

En defensa de la familia: el tiempo de la infancia

Jorge Moruno

Imagen de DanaTentis en Pixabay

Defender a la familia implica dos cuestiones fundamentales. La primera es que nadie, desde ninguna posición moral, puede discriminar a ningún tipo de familia porque nadie puede decir que un modelo es el verdadero y el resto son sucedáneos, da igual que se hable de una familia nuclear, homosexual, personas separadas con hijos que viven solas y tienen otra pareja, monoparentales o cualquier otro modelo: ninguna familia es más familia que otra porque nadie es menos. La familia, como el individuo, no es algo estático ni es una esencia que siempre significa lo mismo en cualquier época, ya que su sentido es el resultado de un proceso social que se produce y se modifica. Familia viene de "famulus", que significa esclavo, y era el nombre usado en Roma para referirse a los sirvientes, muchos emparentados entre sí, que eran propiedad de su amo. Quienes hoy instrumentalizan la idea de familia como arma arrojadiza, lo hacen para cuestionar los derechos LGTBI y controlar el cuerpo, el lugar, el rol y la función que cumplen las mujeres en sociedad.

El segundo aspecto, y en el que me centraré en este artículo, es que no puede defenderse a la familia sin defender también las condiciones que hacen posible el disfrute de la familia. Es inviable defender a la familia y, al mismo tiempo, defender todo lo que hace imposible formar una familia, como es la precariedad, la falta de tiempo libre, de acceso a la vivienda o de pediatras. España se considera a sí mismo un país con un fuerte componente familiar, pero lo cierto es que, según Eurostat, solo Bulgaria y Rumania tienen más riesgo de pobreza y exclusión social en los hogares con menores. En nuestro país casi el 30% de la población con menores se encuentra en esta situación, un porcentaje que se dispara cuando se trata de familias numerosas y familias monoparentales alcanzando a casi el 50%. Tiene lugar un cepo que atrapa por las dos partes ya que, por un lado, las mujeres españolas desearían tener más hijos de los que tienen y por el otro lado tener hijos aumenta el riesgo de pobreza, más cuantos más se tienen. En esto tiene mucho que ver la realidad del acceso a la vivienda en un país donde cada vez resulta más difícil acceder a una vivienda en propiedad, precios altos y salarios bajos, carece de un sistema público de alquiler y se ubica entre las tasas más bajas de Europa en emancipación juvenil: en el año 2008 la parte que se destinaba a sufragar los gastos relacionados con la vivienda suponían 27 de cada 100 euros ingresados, mientras que en el año 2020 esa cifra ya asciende a más de 36 de cada 100 euros.

Otro de los aspectos fundamentales para defender la familia pasa por defender la salud y eso quiere decir que la familia choca frontalmente con la contaminación. Está demostrado que la contaminación del aire causa nacimientos prematuros, fallecimiento fetal y asma infantil, como también que la polución aumenta los ingresos hospitalarios de los niños. Y al revés, a mayor verde alrededor de los colegios menor prevalencia de asma en los pequeños y un mayor espacio verde en el barrio se asocia con menor prescripción de antidepresivos y ansiolíticos en hogares de rentas bajas. La ciudad para los coches es la ciudad contra la vida de la infancia.

Por último, es necesario introducir mecanismos y políticas públicas parar alterar la secuencia que opera de fondo. Según una investigación del Instituto de Investigación Social y Económica de la Universidad de Essex, publicada en la revista Sociology, las madres trabajadoras sufren más el estrés, tanto más cuantos más hijos tienen, y que ni el trabajo desde casa ni el horario flexible tiene un efecto sobre los niveles de estrés crónico de las mujeres. Solo la reducción en la cantidad de horas que trabajaban tuvo un impacto positivo. Esta situación pone de manifiesto la complejidad de la relación entre el tiempo de trabajo, los ingresos y la libertad de las mujeres. Que las mujeres trabajadoras sufran más estrés tiene que ver con la manera en la que se reparten las tareas de cuidados, en cómo se establece el reconocimiento en la esfera pública y con que el trabajo sea la única forma de obtener ingresos.

La aspiración a la igualdad centrada en la igualdad en el acceso al trabajo también choca con el disfrute del tiempo libre cuando el trabajo es la vía para obtener el reconocimiento público e ingresos económicos. El tiempo de la infancia se enfrenta a este tiempo del trabajo que lo subordina todo porque se impone una coacción estructural, aquella donde los ingresos dependen de vender en el mercado la capacidad de trabajo. En un contexto donde el trabajo no garantiza ingresos estables y suficientes, pero exige una mayor disponibilidad temporal y una inmersión emocional, el tiempo restante para dedicarlo a la familia es cada vez más exiguo y cualitativamente más pobre. De ahí que cada vez más se sature la "agenda" de los niños con actividades con el objetivo de plegar su tiempo al del tiempo del trabajo, que no es otro que el tiempo sin medida y sin término que exige la acumulación de capital, con el consecuente impacto negativo que esto tiene en el desarrollo de los menores.

Según ARHOE, el 70% de los padres y madres desearían tener más tiempo para estar con sus hijos. Está demostrado que jugar con los padres estimula el desarrollo de las áreas motoras, cognitivas y sensoriales de los niños y las niñas, al igual que reduce el estrés y la ansiedad de sus progenitores. Jugar es algo fundamental y el derecho a jugar debería estar blindado como una prioridad. Sin embargo, para que esto sea factible es necesario que los padres y madres tengan más tiempo libre, que ese tiempo libre dedicado a los cuidados se reparta equitativamente en la pareja (lo cual aumenta la natalidad) y que sea un tiempo oxigenado, en lugar de un tiempo sobrante tras un día de cansancio. El problema de fondo es la lógica que domina el sentido y el reparto del tiempo, así como las formas de obtener reconocimiento, que va en dirección opuesta al tiempo de los cuidados y la infancia.

Debemos apostar por una sociedad que tenga al tiempo de la infancia como eje dominante que subordina a otros tiempos, principalmente el del trabajo, de tal manera que se vaya desplazando al trabajo del centro sobre el que todo lo demás gira a su alrededor. Eso significa ampliar considerablemente los permisos de maternidad y paternidad, avanzar hacia la renta básica incondicional, hacia un sistema público de vivienda, a la reducción de la jornada laboral, a la renaturalización de la ciudad, la reducción de los desplazamientos y el cambio en la manera de moverse. Defender a la familia es defender el derecho a jugar, a respirar, al tiempo libre, a los ingresos estables y acceder a la vivienda y lo contrario es atacarla. Solo ahí, solo blindando un tiempo libre y seguro con garantías es posible pensar el proyecto de la igualdad y la libertad, aquel donde vivir bien también se convierte en la mejor premisa económica.