Otras miradas

Necrocapitalismo

Jonathan Martínez

Varios migrantes son atendidos por personal sanitario, tras saltar la de Melilla, a 2 de marzo de 2022, en Melilla (España).- EUROPA PRESS

Allá por 2018, en una conferencia dictada en Zaragoza, Yayo Herrero advertía que la economía, la política y la cultura hegemónica le han declarado la guerra a la vida. Una mirada emancipadora nos exige sostener no cualquier vida, sino vidas que merezcan ser vividas. Años atrás, en el libro Marcos de guerra, Judith Butler proponía otro requisito. Puesto que todo lo vivo muere, la vida solo es valiosa si su pérdida es importante. Nuestra tarea, entonces, consiste en sostener vidas que merezcan ser lloradas. Frente a quienes declaran la guerra al buen vivir, el duelo se convierte en un acto de resistencia. No en vano, José María Pemán contaba que el general golpista Miguel Cabanellas quiso prohibir el luto durante la guerra civil española. Los muertos de Melilla no merecen ningún duelo. Son apenas un número. Un manojo de cuerpos sepultados en una fosa común de Nador. No sabemos nada de ellos porque su historia la están contando sus verdugos.

Saskia Sassen, que en su obra Inmigrantes y ciudadanos supervisa la historia de las corrientes migratorias en Europa, corrobora que unos bajos ingresos no bastan para que una persona abandone su sociedad, recorra miles de kilómetros y se juegue el pellejo ingresando en un territorio donde sus derechos no están garantizados. Quienes emigran suelen escapar de aprietos más severos. ACNUR calcula que la guerra de Sudán del Sur ha dejado un rastro de cuatro millones de desplazados. Más de dos millones de personas han huido del país y algunas han dado con sus huesos en Melilla. Quien quiera poner rostro a los instigadores de las milicias sursudanesas, encontrará en un informe de la ONU el nombre de varios consorcios extranjeros de petróleo.

En los últimos años, diferentes compañías internacionales se han abalanzado sobre el continente africano para acaparar extensiones ingentes de terreno cultivable en campañas de expropiación masiva y desalojo de las comunidades nativas. Quienes se han opuesto al expolio han afrontado detenciones arbitrarias y represalias violentas. En un estudio reciente titulado Secando las tierras africanas, el Instituto Oakland denuncia que los inversores privados de la industria agroalimentaria han devastado las formas tradicionales de subsistencia de los pueblos locales y han vulnerado por sistema los derechos humanos. Los descendientes de los esclavos africanos no se van de sus tierras sino que los expulsan.

A lo largo de nuestra historia, la expansión de las relaciones capitalistas ha dejado tras de sí un sinuoso rastro de sangre. Para que el capitalismo se extienda hasta los últimos confines del planeta, para que colonice hasta el último de los cuerpos, necesita avanzar en la desposesión de tierras, azuzar las guerras por el control de los recursos y devaluar a las personas migrantes, a las mujeres y a quienes se apartan de la sexualidad dominante. La abolición del derecho al aborto en Estados Unidos, amparada en una hipócrita coartada moral, responde al mismo impulso totalitario. Silvia Federici explica que todo proceso de acumulación capitalista relega a las mujeres a la condición de máquinas de producir nuevos obreros.

El capitalismo, dice Karl Marx, nos impone la necesidad de vender nuestra fuerza de trabajo y brinda a la clase dominante la posibilidad constante de enriquecerse comprándola. Si el modo de producción capitalista perdura es porque existe una inmensa mayoría de la población que se ve obligada a ofrecer su trabajo a un patrono para sobrevivir. Ante el exceso de mano de obra, la economía capitalista denigra las vidas sobrantes, las deshumaniza y rebaja su valor para abaratar el coste de explotarlas. Una persona que adquiera la categoría de inmigrante ilegal trabajará siempre bajo un régimen de coacción y tendrá que aceptar salarios más bajos y condiciones más cercanas a la servidumbre. De modo que el capitalismo rentabiliza los flujos internacionales de mano de obra y promueve estallidos de racismo para enfrentar entre sí a los trabajadores según su origen.

Hay muchas maneras de matar, escribe Bertolt Brecht. Pueden hundirte un cuchillo en el vientre, negarte el pan, arrojarte a la guerra o condenarte a perecer en el trabajo. Solo algunos de estos métodos son ilegales. Es la divisa de nuestro capitalismo necrófilo. Aniquilar las vidas excedentes. Dejar que mueran en la agónica lista de espera de un hospital saturado o de una residencia concertada. Obligarlas a endeudarse para que entreguen su alma a un fondo buitre a cambio de un techo. Hacerles pagar tributos feudales a corporaciones de energía que presumen de opulencia en plena crisis. Convertir las fronteras en trituradoras humanas para que los trabajadores extranjeros sucumban al terror.

"Si hay un responsable, son las mafias que trafican con seres humanos", dice Pedro Sánchez ante la matanza de Melilla. "Hay que ser contundentes en inmigración, detrás hay mafias", remata Margarita Robles con un argumentario plagiado de la extrema derecha europea. De aquí, permitid la suspicacia, se deduce una pregunta razonable. Si es verdad que perseguimos a las mafias, ¿por qué asesinamos a sus víctimas?