Otras miradas

¿Representa Rufián a los charnegos?

Parece que la opinión pública española ha descubierto al diputado de ERC Gabriel Rufián durante el último debate de investidura en el Congreso. Su peculiar manera de expresarse, calmada y pausada, no pasa desapercibida. Hasta ahora, el entrañable Joan Tardà era la estrella indiscutible de ERC en el parlamento español, pero parece que a partir de ahora deberá compartir estrellato con Rufián. Al menos, durante los próximos quince o dieciséis meses (Rufián prometió el pasado mes de diciembre que dejaría su escaño después de dieciocho meses -cuando espera que Cataluña alcance su independencia-).

En su intervención en el pasado (y fallido) debate de investidura del socialista Pedro Sánchez, Gabriel Rufián explicó que es hijo y nieto de andaluces, y afirmó "soy lo que ustedes llaman charnego y soy independentista. He aquí su derrota y he aquí nuestra victoria". Yo mismo, charnego también, hubiera suscrito casi todo el discurso del diputado de ERC, si bien no me considero independentista. Pero eso es otra cuestión. Lo importante es saber si verdaderamente Rufián puede erigirse en representante oficioso de los charnegos. Un dato a tener en cuenta: se calcula que aproximadamente la mitad de la población catalana tiene un progenitor nacido fuera de Cataluña. En el caso de los catalanes de origen andaluz, como lo es un servidor, conviene recordar que en los años cincuenta y sesenta llegaron a Cataluña aproximadamente unos 800.000 andaluces. Vaya por delante que hablar de "los charnegos" como si éstos representasen un grupo homogéneo es un inmenso error. Ni todos piensan igual, ni viven en los mismos barrios, ni votan lo mismo. Que quede bien claro. Pero hablaremos el estereotipo del charnego que habla castellano habitualmente, que se siente español y catalán, que vive en un barrio de la periferia del área metropolitana de Barcelona, y que sus padres o abuelos emigraron a Cataluña desde otras zonas de España en los años cincuenta y sesenta.

Una de las principales cualidades de Oriol Junqueras, presidente de ERC, es que es un político audaz. Y considero que audaz fue la decisión de proponer a Rufián que encabezara la candidatura del partido en las pasadas elecciones del 20 de diciembre. La intención de Junqueras y su equipo era clara: demostrar que un charnego puede ser la voz de ERC en las cortes españolas y enseñar que no solamente quienes tienen ocho apellidos catalanes pueden reclamar la independencia de Cataluña. Se trata de algo que las entidades independentistas supieron ver hace tiempo: o sumamos a los charnegos al "Procés", o no hay nada que hacer. Por eso se creó por ejemplo una asociación de independentistas castellanohablantes (Súmate), con la intención de que el independentismo pudiera llegar con más facilidad a los barrios del antaño llamado "Cinturón rojo". Algunos de sus miembros incluso ocuparon lugares destacados en las listas de Junts pel Sí (Antonio Baños encabezó la lista de la CUP) en las elecciones catalanas del 27 de septiembre y hoy son diputados. Rufián es un ejemplo más. Como bien saben algunos ideólogos del independentismo, el apoyo a la independencia hoy en día no es suficiente y hace falta sumar a más gente. Sobre todo gente con una identidad española y catalana compartida. Porque no lo olvidemos: la identidad cuenta (y mucho) en las demandas de independencia. Indudablemente otros factores tienen su influencia, pero la identidad y el sentimiento quizás sean los más importantes. De Moragas, Galindo y Vidal explican que "numerosos estudios han destacado la primordial importancia de la identidad nacional como determinante para predecir el apoyo al secesionismo en las regiones donde existen tales movimientos -Quebec, Escocia, País Vasco y Cataluña-, aunque también parecen ser influyentes los factores políticos y el impacto de las perspectivas económicas del secesionismo".

ERC consiguió un buen resultado en las pasadas elecciones generales con Rufián como cabeza de lista, pero que nadie se lleve a engaño: el objetivo de los republicanos era ser la primera fuerza en Cataluña y eso no lo consiguieron. Quien se llevó el gato al agua fue En Comú Podem. El caso de Rufián también lo podríamos calificar como curioso. Hasta no hace demasiado, desde determinados sectores independentistas (por suerte no mayoritarios) se criticaba airadamente que líderes políticos catalanes utilizaran el castellano para expresarse públicamente. Pero Rufián, pese a hablar un catalán perfecto, utiliza normalmente la lengua de Cervantes en sus intervenciones sin recibir la reprobación de nadie, mucho menos de sus correligionarios. No quiero ni pensar qué hubiera pasado si el PSC o En Comú Podem hubieran presentado un cabeza de lista que hablase la mayoría de veces en castellano. Recordemos si no cómo se ridiculizaba a Montilla cuando cometía algún gazapo al hablar catalán. Resulta saludable recordar de vez en cuando que un charnego fue presidente de la Generalitat (con el apoyo de ERC) no hace tanto tiempo, y conviene no olvidar los ataques que recibió por haber nacido en Andalucía. Recordemos a la ex primera dama Marta Ferrusola criticándole por llamarse José y no Josep, pero también debemos recordar a algunos 'barones' socialistas que lo atacaban con furia, en este caso porque consideraban que cedía demasiado ante los independentistas de ERC.

En los últimos años son muchas las personas que, dicho mal y pronto, se han apuntado al carro independentista. También muchos charnegos. Gente que hasta hace poco ni se planteaba que una Cataluña independiente fuera deseable o incluso posible, hoy acude en masa a las manifestaciones del 11 de septiembre, cuelga la estelada en el balcón de su casa y vota a partidos que reclaman la independencia. Eso es así, y negarlo o ignorarlo como hace Rajoy no hace más que engrasar la máquina de fabricar independentistas. Una máquina que funciona a pleno rendimiento desde que en 2010 el Tribunal Constitucional declarara inconstitucionales catorce artículos del Estatuto de Autonomía de Cataluña aprobado en 2006. Y no lo olvidemos: quien presentó el recurso de inconstitucionalidad fue el PP.

Seguramente la manera de pensar de Rufián no es la más extendida entre los charnegos, pero también es cierto que en los últimos años cada vez hay más personas que han dado el paso que dio el diputado de ERC en su día: reclamar la independencia para Cataluña. La intención que hay detrás de la fundación de Súmate o la designación de Rufián como cabeza de lista es clara: crear la idea de que también los charnegos se han vuelto independentistas. Y eso quizá se lo puedan creer quienes no pisan nunca los barrios de la periferia del área metropolitana de Barcelona, pero quienes hemos nacido y seguimos viviendo en ellos sabemos que la realidad es muy distinta. Y las principales cabezas pensantes del independentismo también lo saben. Saben que hay muy pocas esteladas en los balcones de San Ildefonso o Bellvitge, por citar solamente dos barrios emblemáticos de Cornellà y L'Hospitalet, y saben que en esos barrios la gente, que se expresa mayoritariamente en castellano y se siente normalmente catalana y española, aún no ha optado de forma mayoritaria por los partidos independentistas. Y digo "aún" porque no se sabe qué puede pasar en el futuro. Que el independentismo ha llegado para quedarse es un hecho, y afirmar que "ya ha tocado techo", como dicen algunos, me parece como mínimo una temeridad. El próximo presidente del gobierno español, sea quien sea, deberá tener una actitud muy diferente a la que ha tenido Rajoy en los últimos años. Si no se abren vías de diálogo y, según mi modesta opinión, si no se convoca un referéndum vinculante en Cataluña (al estilo de Escocia), el futuro se presenta cuanto menos incierto. Deberemos esperar acontecimientos dada la complejidad del panorama político español y también catalán. Yo no descartaría nada. Tampoco que PP, PSOE y Ciudadanos pacten in extremis para evitar unas nuevas elecciones en junio. Eso sí, sin Rajoy en la presidencia.

¿Y qué nos dicen los datos? En primer lugar, que el factor "lengua" es determinante. Según De Moragas, Galindo y Vidal, "una persona que su primera lengua fue castellano, tendrá menos probabilidades de ser independentista en comparación a alguien quien su primera lengua fueron ambas catalán y castellano indistintamente". Berba Barbet y Edgar Rovira, de Cercle Gerrymandering, explican que "si nos fijamos en la lengua habitual vemos como entre los castellanohablantes el rechazo a la independencia es mayoritario tanto si son nacidos en Cataluña (50,8% en contra) como si son nacidos fuera (65,2% en contra). También entre aquellos que utilizan las dos lenguas el apoyo no es tan claramente mayoritario como entre los catalanohablantes: entre los primeros solamente un 36,2% votaría a favor, un porcentaje muy alejado del 68,8% de apoyo entre los catalanohablantes (que, de hecho, llega al 75,1% si se tienen en cuenta solamente aquellos catalanohablantes con los dos padres nacidos en Cataluña)".

Otro factor determinante es la "identidad". Como explican también en Cercle Gerrymandering, "el crecimiento del independentismo se ha dado casi de forma exclusiva entre aquellos para quienes la identidad catalana predomina sobre la española. Ni entre aquellos que se sienten tan españoles como catalanes, ni entre quienes se sienten más o solamente españoles se observa ningún tipo de movimiento en los últimos años".

Por lo que respecta al lugar de origen, los citados Berba Barbet y Edgar Rovira explican que "un 57,5% de los nacidos fuera de Cataluña votaría contra la independencia. Solamente un 18,4% de aquellos con los dos padres nacidos fuera de Cataluña votarían a favor, mientras un 53,9% votaría en contra. Datos claramente alejados del apoyo que recibe la independencia entre, por ejemplo, aquellos que tienen a los dos padres nacidos en Cataluña (70,5% a favor y 12,3% en contra) o con solamente un padre nacido fuera de Cataluña (53,7% a favor y 22,4% en contra)".

Ahora atenderemos al barrio de residencia. Las elecciones catalanas del 27 de septiembre, que la mayoría del electorado leyó en clave plebiscitaria, sirvieron para demostrar que en los barrios del llamado "Cinturón rojo" la gente votó mayoritariamente a partidos que no defendían la independencia (hay que tener en cuenta que muchas personas incluso votaron a Ciutadans, además de las opciones de izquierdas habituales). En las elecciones generales del 20 de diciembre, la opción que triunfó en estos barrios fue En Comú Podem, que no defiende precisamente la "hoja de ruta" de Junts pel Sí y la CUP, pero que sí aboga decididamente por la convocatoria de un referéndum vinculante en Cataluña. Sergi Picazo explicaba en diciembre de 2014 (un mes después del llamado "proceso participativo del 9 de noviembre"), que "el nivel de no, sí-no y de indecisos es muy elevado en barrios obreros y castellanohablantes del área metropolitana de Barcelona tal y como demostraron los mapas de participación del 9-N (...). Un no-sitio, parafraseando a Marc Augé, para el nacionalismo catalán. Aquí la mayoría habla castellano -aunque a menudo habla catalán a los hijos-, los padres nacieron fuera y muchos tienen un conflicto a la hora de elegir si son únicamente españoles o catalanes. No es sencillo".

Muchos catalanes aún opinamos, no sé si ingenuamente, que el entendimiento es posible. Muchos seguimos defendiendo la idea de España como nación de naciones y propugnamos la fraternidad entre sus pueblos. Aquí debo confesar que me encantó que Pablo Iglesias y Xavi Domènech se besaran en la boca en pleno debate de investidura en el Congreso. La imagen es impagable. Un hecho relevante que no conviene olvidar es que el pasado 20 de diciembre alrededor de una cuarta parte de los votantes de toda España optó por partidos que defienden esa idea de nación y también el referéndum en Cataluña. Que algo está cambiando también en España es un hecho. Eso quizá desmonta el discurso de algunos independentistas e irrita a los sectores más reaccionarios del españolismo, pero la realidad es la que es. Para muchos independentistas, la defensa del referéndum es una "pantalla pasada", pero creo que la "hoja de ruta" que defienden Junts pel Sí y la CUP no llevará a Cataluña a la independencia en tan sólo dieciocho meses (ahora ya dieciséis). La esperpéntica negociación a puerta cerrada entre las dos fuerzas independentistas, la proclamación de Puigdemont como presidente de la Generalitat (que la CUP vote la investidura de un convergente no deja de sorprender) y la declaración rupturista del pasado 9 de noviembre no hacen más que mostrar a las claras que esta "hoja de ruta" no lleva a ninguna parte, por diversos motivos: por falta de apoyo popular, por falta de realismo, por falta de cohesión entre las fuerzas independentistas y por exceso de improvisación. El referéndum parece la única vía plausible, principalmente porque cuenta con el apoyo de aproximadamente el 80% de la sociedad catalana. La independencia "express" no. Conseguir el referéndum es muy difícil, pero alcanzar la independencia unilateralmente lo es aún más. Recomiendo la lectura de un buen artículo de Sergi Picazo, que habla directamente de "autogol" cuando se refiere al abandono de la bandera del referéndum por parte del independentismo. Hay que tener en cuenta que, como también explica Picazo, "hay una cosa fundamental: es difícil avanzar hacia la independencia sin Convergència, pero es imposible hacerlo sin las clases populares, concluía Pere Camps, activista cultural, militante de ICV y director de BarnaSants en una entrevista en Crític".

Si en Cataluña no se percibe en un futuro próximo un cambio de actitud por parte del gobierno central, si no se abren nuevas vías de diálogo, mucho me temo que el número de independentistas seguirá aumentando. Y tampoco es descartable que los charnegos nos acabemos sumando en masa a la causa. Pero lo de las predicciones mejor dejarlo en manos de los pitonisos.