Otras miradas

Todo el mundo ama a Estopa

Mar García Puig

Diputada y portavoz de la Comisión de Cultura y Deporte

Mar García Puig

Los integrantes del dúo musical "Estopa", los hermanos David y José Manuel Muñoz, tras recibir la "Creu de Sant Jordi" durante el acto que se celebra hoy lunes en el Teatro Monumental de Mataró. EFE / Enric Fontcuberta.

Hay una vieja canción de Estopa que les pongo a mis hijos desde que eran pequeños y que les hace reír mucho. Titulada «Ke pasa?!» y publicada hace veinte años, yo la leo como un himno republicano, que en tiempos de juancarlismo desbocado se atrevía a decir: «No quiero un rey tan campechano, yo quiero un príncipe enano, no quiero saber nada del balonmano», y también un himno generacional, que se lamentaba de lo rápido que pasaba el tiempo para los que, como los hermanos Muñoz y yo misma, nacimos a finales de los setenta: «El pan ya no alimenta, Carl Lewis ya no lo intenta, Kim Basinger ya tiene cincuenta». Pero lo que más gracia les hace a mis hijos es su trozo más atemporal y a la vez actual: «Aquí lobo estepario, llamando a Super Mario, vente pa’l escenario que se están cargando el barrio.» Lógicamente, con sus escasos seis años, es la referencia a su personaje favorito de videojuegos lo que les llama la atención, pero espero que capten algo también de esa llamada de socorro por cómo algunos destrozan nuestros barrios.

Porque el barrio es para Estopa, y para los que aspiramos a una sociedad justa, un bien a proteger. Cuando los hermanos Muñoz subieron al escenario para recoger esa merecida Creu de Sant Jordi se la dedicaron a toda la gente que defiende lo más sagrado que tienen los barrios: lo público. Por eso loaron a los y las profesionales de la sanidad y la educación, y aprovecharon para reivindicar «una educación pública de calidad para todo el mundo, que no deje a nadie atrás.» Según le confesaron al periodista musical Jordi Bianciotto, autor de un libro dedicado a ellos, nunca se han sentido cómodos  con el adjetivo «triunfadores» ni con la filosofía del éxito a cambio del trabajo duro. Estos dos músicos que han llenado estadios y vendido millones de discos son conscientes de que el ascensor social está muy averiado, y que solo cuidando lo público y lo común podremos arreglarlo.

Todo el mundo ama a Estopa, y los pocos que no, deberían. Porque representan lo que muchos somos y lo que otros tantos acogieron. Hijos de migrantes que llegaron al barrio de Sant Ildefons de Cornellà para ganarse la vida, no olvidan sus raíces extremeñas y mantienen un elogio a la mestizo que hacen extensivo a los migrantes que llegan hoy de otros continentes. Han sabido mantener un discurso alejado de la ostentación y próximo a la solidaridad, recordando el trabajo en la fábrica y abrazando el feminismo, las luchas LGTBI, el antirracismo y el antifascismo lejos de elitismos y dogmatismos. Y nos enseñan que lo social no está reñido con lo imaginativo, la abstracción y la defensa de la creatividad sin límites. Qué identificación siento, yo que quisiera andar siempre entre cuadernos escribiendo versos, cuando los escucho en esa inolvidable canción titulada Me falta el aliento cantar aquello de que "yo solo pienso en canciones, que una poesía me sale porque se me caen los pantalones".

Pero hoy quiero recordar y reivindicar yo también un concepto que defienden en el libro de Bianciotto, el «barrismo», que ellos mismos definen como una ideología que resalta los lazos comunes de todos los barrios del mundo, ya sean de Barcelona, Madrid o Ciudad de México. Y eso me hace pensar en todos los Super Marios que trabajan en nuestros barrios y que normalmente no suben a los escenarios. Afortunadamente en la entrega de las Creus de Sant Jordi sí lo hizo una de ellas, que defiende y representa esa Catalunya mestiza, tierra de acogida, a la que cantan Estopa. Ella es Fàtima Ahmed y llegó a Catalunya desde su Marruecos natal en 1996. Desde entonces, ha trabajado para la integración de las mujeres migrantes en el barrio del Raval de Barcelona. De ella me habló por primera vez mi hermana pequeña Irene, que lleva más de una década trabajando como educadora social en el Raval, y a la que tuve el honor de introducir al mundo de Estopa y ayudar quizás a sembrar  con los hermanos Muñoz su vocación de trabajo por un mundo justo. Fátima creó una entidad, Diàlegs de Dona, con la que ha conseguido mejorar el barrio, como ella misma dice «con amor, un amor de mujer a mujer, de vecina a vecina, de madre a madre» y que le ha valido una también merecidísima Creu de Sant Jordi.


Fátima representa un poco el barrismo de Estopa, y es a ella y a tantas personas a quienes Estopa dedicaron su Creu de Sant Jordi, aquellas que, como dijeron los hermanos Muñoz a coro, quieren «una Cataluña solidaria con los débiles, abierta, igualitaria, plural y mestiza». Este galardón a Estopa debe recordarnos que las políticas de la defensa de lo público deben incluir las políticas culturales, por una cultura diversa, que venga de todos los orígenes y no solo de los acomodados. ¿Por qué cuántos Estopa habrá en nuestros barrios que se hayan quedado atrapados en ese ascensor escacharrado?

Estopa acabaron su parlamento con un «Visca Cornellà, Visca el Baix Llobregat i Visca Catalunya». Yo me atrevo a añadir un Visca Estopa, sus canciones y todo lo que encarnan, porque en ello podemos vislumbrar una sociedad más justa con la diversidad cultural como mayor bandera.