Otras miradas

Nacida a 20.000 pies

Carla Berrocal

Ilustradora y dibujante de cómics

Imagen de un avión. -Pixabay
Imagen de un avión. -Pixabay

Soy hija de un azafato. Sé que ahora la nomenclatura más utilizada es Técnico de Cabina de Pasajeros (TCP) pero lo cierto es que la oí mucho más tarde de que mi padre llevara años volando, así que me siento legitimada para utilizar la palabra azafato, que me parece más bonita. Lo que os decía, soy hija de un azafato así que podríamos decir que he crecido en un avión. Cuando creces en un cacharro de 70 toneladas que rompe la gravedad así como por arte de magia, una de las primeras lecciones que aprendes es que las fronteras quedan en tierra. Pienso esto intentando creérmelo aunque sé que no es verdad. Lo siento así porque algunas de las experiencias más bellas y curiosas de interacción humana las he vivido a 20.000 pies. Recuerdo, por ejemplo, aquella vez que acabé jugando a las cartas con una panda de japoneses que podrían ser de la Yakuza o aquella otra ocasión que casi acabo abandonada en el aeropuerto de Moscú. 

Siempre que voy al aeropuerto me acuerdo del inicio de Love, Actually cuando dicen que los aeropuertos son los sitios es los que más amor se ve y aunque estoy de acuerdo, también son los espacios más fríos y homogéneos del mundo. Si lo pienso bien, creo que es el único escenario que comparte la humanidad: los aeropuertos. Da igual en qué parte del mundo estés, las moquetas, letras amarillas y policías de gesto serio que te hacen sentir culpable antes de cometer delito alguno, se repiten desde Singapur a Nueva York. Un escenario gris que huele a los perfumes del Duty Free y la comida de las cafeterías, esas mismas que te sablan por un sándwich y una botella de agua lo mismo que por un menú de un Estrella Michelín.

El caso es que al final por ser hija de un azafato, he acabado por coger cariño a los aeropuertos. Aunque me siento en casa, he acabado por tenerles algo de tirria. Supongo que me traen demasiados recuerdos agridulces de despedida, como los de mi mamita Francisca despidiéndose entre lágrimas de mi madre. Como si fuera un cónclave, la noche anterior a irnos, mis primas, mi hermana y yo nos juntábamos para rezar y pedirle a Dios que el avión no saliera ese día, pero supongo que estaba demasiado ocupado en otras cosas menos importantes, porque al final acababa volviendo a Madrid. Para entender esto es importante aclarar que antes los aviones no salían todos los días, ni iban a sus destinos tan directamente como ahora. Un Madrid-Santiago de Chile como el que hacía mi familia salía dos veces por semana, hoy hay dos vuelos diarios. Antes hacíamos cuatro escalas para llegar: parada técnica en Tenerife, vuelo hasta Sâo Paulo, Buenos Aires y Santiago. Casi veinticuatro horas después dos niñas y una madre llegaban despeluchadas y apestosas a Chile, pero muy felices. 

Una vez vi un video cutre en Youtube en el que los pilotos presumían de tener los "despachos con las mejores vistas del mundo"  y aunque es un slogan cutre, lo que dicen es verdad. Algunos de los paisajes más bellos los he visto en un avión: los fuegos artificiales de un pueblo celebrando sus fiestas una noche de Navidad, las estrellas más cerca que nunca cruzando el Atlántico, los amaneceres que persiguen los motores Rolls Royce del Boeing 747 o esa vez cruzando el Ecuador cuando me topé con la belleza lejana de una tormenta tropical. 

Cada vez odio volar más, a raíz de un par de malas experiencias me da pánico, sobre todo si voy sola. No soporto la sensación de desamparo que me provoca. Miro a mi alrededor: familias, parejas felices, turistas de la tercera edad. Somos pocas las personas que volamos solas y las que lo hacen son, en su mayoría, ejecutivos. No quiero morirme y que piensen que soy una ejecutiva. Sostengo entre mis dedos un Lorazepam 5gr y me debato entre tomármelo o no. Me rindo y me acabo tomando la pastilla. En el fondo creo que me produce placer experimentar que cuando la tomo me la suda morirme. Antes de llegar a ese punto, sufro muchísimo, tanto, que mantengo la costumbre de despedirme de mis amigos cada vez que cojo un avión. Después, cuando ya voy a 9 kilómetros del suelo me acabo durmiendo por el efecto del ansiolítico y despierta entonces otra tradición: soñar que el avión se cae. Despierto sobresaltada con el silencio del vuelo nocturno. Todos los pasajeros duermen, algunos profesionales con almohada y antifaz, otros como piezas de tetris con sus cascos. Apenas hay unos cuantos a los que se les ilumina el rostro mientras ven una película o leen un libro. Me tranquilizo, compruebo que todo esta bien y me alivio al saberme viva. El día que no tenga una pesadilla -me digo- tendré que preocuparme.