Otras miradas

Vacaciones en Roma

Oti Corona

@LaCrono__

Coliseo Romano. -Pixabay
Coliseo Romano. -Pixabay

Acababa de aterrizar en Roma, en las primeras vacaciones que por fin disfrutaría en familia después de muchos años, cuando me preguntaron si me gustaría escribir unas columnitas para Público este verano. Me pareció que era un mal momento, así que dije que sí. La última vez que me confesé, allá por los noventa, el cura me aconsejó escoger, ante las disyuntivas de la existencia, el camino más doloroso, el más sacrificado. Ese mismo día decidí finiquitar mis relaciones con el clero y, para irme en paz, decidí también que seguiría el consejo del capellán. Desde entonces, mi vida es un cúmulo de emociones, de giros inesperados, de sobresaltos, de situaciones estrafalarias acompañadas a menudo de personajes rocambolescos.

Escribo, pues, desde un hotel de Roma. Estoy sentada en el borde de la bañera de la habitación, procurando que los míos no me oigan teclear. De momento no sospechan nada. Ni siquiera cuando les pido a las niñas que se porten mal, que den de qué hablar, que generen anécdotas. La otra tarde tuve que explicarles qué es un cura. Nos cruzamos con tres sacerdotes de los que llevan alzacuellos. Portaban varias bolsas del Euroclero, una boutique de moda para clérigos en la que habrían adquirido Dios sabe qué ropajes de bordados finísimos y exquisitos brilli-brilli con los que sin duda esperaban causar sensación en su comunidad. Caminaban dando saltitos, tan gozosos como unas colegialas en su primer sábado de compras en el Bershka. Mis hijas los observaron, contrariadas. "Eso son tres curas", les dije, para acto seguido preguntarles si conocen el significado de la palabra. Me respondieron, algo ofendidas, que claro que sí, que un cura es a quien tienes que llamar si crees que a tu hija la ha poseído el demonio.

Me disponía a relatarles los múltiples usos que se le pueden dar a un sacerdote cuando un vendedor ambulante interceptó a mi marido y se puso a charlar con él en tono amistoso. Que si de dónde eres, que si vaya, vaya, de España —yo le susurraba: "Catalanes, di que somos catalanes y larguémonos de aquí"—, que si yo trabajé en Valencia, que si qué buenos sois los españoles y de pronto, zas, nos regaló unas pulseritas. Dos a cada niña y dos para mí. "No me paguéis, no quiero dinero, os lo regalo porque sois una familia muy bonita y tú muy buena gente". El "tú muy buena gente" se lo dedicó solo a mi esposo, es alucinante el buen ojo que tienen algunos. Por supuesto que nos echamos la mano a los bolsos y bolsillos y le dimos cuantas monedas fuimos capaces de reunir. Seguimos nuestra ruta contentos porque habíamos hecho un amigo, porque teníamos unas pulseras espantosas pero nuevas y, sobre todo, porque éramos especiales y mi marido una bellísima persona.

Cuando sales al mundo ves cosas que no creerías si te las contaran. Un ejemplo: anteayer una mujer cruzó de punta a punta la Capilla Sixtina, arropada por el Juicio Final, el Bautismo de Cristo, la Creación de Adán, envuelta en tumultos que admiraban los frescos de techos y paredes, y al llegar al fondo le preguntó al vigilante por dónde se iba a la Capilla Sixtina. Otro ejemplo: esta mañana hemos visitado el Coliseo con una guía que, nada más presentarse, nos ha dicho que es arqueóloga. Al acabar la visita, en la que no ha ahorrado detalles sobre los primeros tiempos del anfiteatro, su construcción y su historia, uno de los turistas le ha preguntado cuál es su profesión. "Soy arqueóloga", ha repetido ella. "Ya, pero de qué trabaja", ha insistido el señor.

En Roma lo antiguo se mezcla con lo moderno, y tranquiliza ver cómo la civilización avanza. A nadie se le ocurriría hoy sacar una bestia a la arena para pelear contra un hombre, y menos aún considerar una especie de ídolo trágico a quien vive de matar o morir. "¿Y las corridas de toros, mami?" "¡Que te calles!". O reunirse para pasarlo bien mientras los hombres se matan entre ellos. "Mamá, hay un vídeo de uno que mató a otro de una paliza y tiene seis millones de likes". "Que-te-calles". Qué manía de estropearlo todo.

Hablando de estropear, a la salida del Foro romano encontramos a nuestro amigo, el vendedor, al que no pudimos saludar porque andaba ocupado tirando pulseritas a unos niños ingleses, que se afanaban en recogerlas del suelo, mientras él gritaba a sus padres que eso era un regalo y que no aceptaba dinero, que se lo daba porque le parecían unas buenas personas. Los padres se rascaban el bolsillo, felices de poder darle toda la calderilla que llevaban encima y de saberse una familia especial y unas bellísimas personas.

Posdata: Mis hijas me han pillado escribiendo y han exigido leer el texto. Me obligan a decirles que las pulseras no son espantosas.