Otras miradas

Inmigración latinoamericana: la invisibilidad de lo cotidiano

Marta Higueras Garrobo

Concejala del Ayuntamiento de Madrid

El barrio madrileño de Tetuán, fotografiado por Ismael, Yéssica, Nicolae y Yolanda, bajo la dirección de Carlos Donaire
El barrio madrileño de Tetuán, fotografiado por Ismael, Yéssica, Nicolae y Yolanda, bajo la dirección de Carlos Donaire

Quién sabe qué éramos para los vecinos, si panchitas, si latinas, si un estorbo, si una mancha en el barrio que no podían limpiar, pero nunca nos dijeron nada, ni para bien, ni para mal.

Brenda Navarro

Cenizas en la boca

De manera cíclica se intensifican los debates sobre la gestión de la inmigración. Esta debería caminar hacia la plena igualdad de derechos, salvando las actuales restricciones legislativas y prácticas. Sin embargo, en un proceso general de liberalización y de eliminación de fronteras para las mercancías, para las personas —en especial para las personas en situación vulnerable— los muros son cada vez más elevados.

Hay razones de derechos humanos, y también históricas, para que esto no sea así. Conviene recordarlas, justo en este momento, cuando el discurso de las derechas radicales ha calado y vemos como se normaliza cuestionar los derechos de la diversidad. Piénsese, por ejemplo, en el derecho de las mujeres a decidir sobre nuestro cuerpo, o el matrimonio igualitario, cuestionados hoy en los Estados Unidos. Estos movimientos regresivos en breve llegarán a nuestro país y alcanzarán de lleno a la población migrante.

Quiero hablar de una parte de esa migración a la que nos unen circunstancias particulares. España tiene un vínculo y una deuda con Latinoamérica desde tiempos de la Conquista y la Colonia. Es decir, siglos con una deuda que, Generación del 98 mediante, ha crecido a lo largo del siglo XX, después de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial, cuando decenas de miles de españolas y españoles fueron recibidos en países latinoamericanos. Huían de la represión, de la cárcel, del hambre y de la miseria en todas sus vertientes.

Desde hace décadas, por dificultades económicas, políticas y sociales, cientos de miles de descendientes de esas españolas y españoles han regresado. También han venido muchas personas oriundas de la región sin antepasados españoles reconocidos, pero que descienden del mismo tronco histórico y cultural. Todas vienen en busca de oportunidades. Y no hay que olvidar que sus países se las niegan, en buena medida, por lo que se llama poscolonialismo y por la relación extractivista que sigue teniendo Europa con la región. Basta leer las crónicas sobre El Hambre en Latinoamérica, del argentino Martín Caparrós, para sentir escalofríos por las dimensiones del fenómeno y por la responsabilidad que tenemos también en ella.

Las cifras de migrantes latinoamericanos en Madrid son elocuentes. Hay en nuestra ciudad 511.067 extranjeros, de los cuales 239.000 proceden de América Latina y en su mayoría son mujeres (134.786). El mayor número procede de Venezuela (40.548), seguido por Colombia (33.599), Perú (27.411), Honduras (25.112) y Ecuador (22.132). En todos los casos, predominan las mujeres también.

Súmense a las anteriores, las cifras de españolas y españoles con doble nacionalidad, descendientes retornados que no tienen en Madrid ni estudios ni experiencia profesional, y los no registrados porque tramitan sus papeles tras huir por dificultades económicas y políticas. Hablamos, de lejos, del colectivo más grande de migrantes en nuestra ciudad.

¿Dónde están esas personas? Con mirar a nuestro alrededor las encontraremos. Trabajan y prestan servicios en todas partes: como cuidadoras y cuidadores, como asistentas domésticas, repartidoras, taxistas, meseras. Muchas son enfermeras, fisioterapeutas, psicólogas y médicas, otras son emprendedoras en pequeños y grandes negocios.

Considerar a estas personas no es sólo una exigencia ética, es también una manera prudente de incorporarlas a la participación política, y en particular a la participación política en defensa de sus derechos desde las izquierdas, porque esa es la manera más eficiente de evitar su marginalización y los conflictos derivados de ella.

¿Qué ofrecen los grupos y los partidos políticos a estas comunidades? ¿Habla alguno para ellas o les da voz? ¿Intentan su inclusión? Influenciados por el discurso xenófobo de las derechas y las ultraderechas europeas —un discurso que convierte a los migrantes en chivos expiatorios de deficiencias administrativas y políticas— en demasiadas ocasiones temen mencionarlas o reconocer su peso y hablar de medidas concretas para facilitar su inclusión.

Un ejemplo de ese discurso xenófobo poco obvio, que va calando en el discurso político, ha sido el anuncio de Almeida de que llamaría al ministro José Luis Escrivá para exigirle resolver el colapso de los servicios municipales de acogida a refugiados. No es esto darles voz ni facilitarles nada. Es usarlos para atacar al Gobierno Central y azuzar el pánico por su llegada, reforzando la idea de que sobrecargan los servicios públicos de Madrid. Se olvida que muchos de ellos, con políticas de inclusión adecuadas, podrán trabajar y pagar impuestos.

Pero estigmatizar o menospreciar a las personas migrantes no es propio solo de los partidos políticos de derechas. En el caso de las latinoamericanas, cuyos enormes vínculos con España he señalado, cuando estas aparecen en nuestros discursos cotidianos suelen hacerlo por titulares de página roja (con expresiones como "bandas latinas") o con expresiones despreciativas como "panchitos" o el viejo "sudacas".

Se me ocurren, a bote pronto, algunas medidas que pudieran tomarse para facilitar la inclusión de las comunidades latinoamericanas en nuestra ciudad. Censos específicos para esa población que consideren su formación, oficios y fortalezas profesionales —por ejemplo— y sirvan para mejorar políticas específicas. Convenios para facilitar la legalización de sus documentos y la homologación de sus estudios, como los que propone el nuevo Reglamento de Extranjería anunciado por el ministro Escrivá y aprobado en Consejo de Ministros, que facilitará la homologación de documentos y el reconocimiento de estudios y la formación profesional cursados por extranjeros en el país. También se podrían considerar políticas de cuotas específicas que ayuden a la inclusión. En el caso de Madrid, es obvia la necesidad de un papel más activo por parte de la Agencia para el Empleo. También se podrían incorporar la historia y las tradiciones de los países latinoamericanos en las actividades culturales y festivas de nuestra ciudad, promoviendo convenios entre el Ayuntamiento y Casa de México, Casa de América y el Museo de América. Dar relevancia a todas esas formas culturales y artísticas ayudaría a reconocer y valorar las identidades sociales de este inmenso colectivo humano tan ligado a España.

Son éstas solo algunas de las medidas políticas y administrativas que podrían apoyar los esfuerzos de un colectivo muy grande y muy ligado a nuestra historia y a nuestra memoria. Pero lo principal es que deberíamos incluir sus luchas y organizaciones en las nuestras, darles espacio y darles voz. Recordemos que estas migrantes pertenecen en su mayoría a las clases trabajadoras y a colectivos vulnerables.

¿Cuántas personas latinoamericanas esperan espacios en las izquierdas madrileñas para hacerse oír? Estoy segura de que muchas. Es hora de hablarles y de acompañarlas en las luchas por sus reivindicaciones, por sus derechos en general y, en especial, por su derecho a estar aquí.

Y por lo demás, en casa, ¿qué quieren que les diga...?