Otras miradas

Los otros Rushdies

Noor Ammar Lamarty

Cada vez que voy a escribir un artículo que escapa de la corrección cultural y religiosa de la que provengo mi madre se gira y dice temerosa, pero sarcástica: "¿Cuándo nos vienen a buscar?". Escribo con miedo desde que tengo uso de razón. Medir tu vida en párrafos y líneas tiene un punto neurótico que agradecerías que no representase tu realidad. Pero lo hace. Te juegas la vida en lo que escribes, te dices. Al principio suena romántico, luego te ahoga. 

Te leen moderados y radicales; religiosos y ateos; locos y cuerdos; tolerantes y gente que querría matarte, como el hombre agredió a Rushdie en Nueva York. El aislamiento que la escritura requiere te obliga a autoimponerte límites que no puedes contrastar. No hay manera de saber cómo se reciben tus palabras. No hay manera de calcular el grado de transgresión. Dónde empieza lo prohibido para algunos, dónde acaba la rebeldía para otros. 

No lo sabes ni lo sabrás, te convences. Con el tiempo te conviertes en una vigilante ansiosa de tus pasos. Aprendes a no pedir opinión ni permiso antes de escribir. La neutralidad sorda y muda de tu alrededor nunca te ha ayudado. Eres la acróbata de una cuerda cuya distancia del suelo desconoces completamente. ¿Camino sobre el alambre a dos o doscientos metros de altura?

Muchos intelectuales de generaciones posteriores a Rushdie creyeron en algún momento que estaban lejos de las amenazas, del miedo, de la culpa. No tardaron en ver que no era así. Rushdie fue el símbolo caricaturizado de la confrontación con los puntos claves de la doctrina islámica. Hay una marea dogmática que censura la vida intelectual de la religión y por lo tanto la de sus intelectuales. No se permite ni la exégesis ni un debate sobre las fuentes, sobre la jurisprudencia, ni sobre los principios discriminatorios (en materia de derechos de las mujeres) que posibilitara que fueran trascendidos y pudieran existir dentro de una democracia moderna y no al margen de ella. 

Tal es así que son los mismos imanes que en Europa promueven este modernismo, alejado de la Cofradía de los Hermanos Musulmanes, quienes hoy sobreviven escoltados y con un chaleco anti-cuchillos y antibalas. Las fatuas contra ellos las emiten otros imanes de otras mezquitas vecinas. Jomeini era el más destacado y conocido, sin embargo hay muchos más que no escuchamos ni vemos, pero existen. Aún hay quien niega que el islam no sólo es una religión: es un código penal y Mohammad su profeta también un político. 

La libertad en Europa es un columpio roto, por eso nos balanceamos en ella con un cuidado tembloroso. Con los años, después de la fatua de Jomeini, las manifestaciones radicales en Reino Unido y en la India y el odio terrenal hacia todo lo que la blasfemia representaba, hicieron que los Gobiernos occidentales retrocediesen. Algunos dirigentes salieron a decir que no estaban de acuerdo con Rushdie, que sentían el dolor de la comunidad islámica de sus respectivos países. Aquello que en nombre de la tolerancia no querían para los practicantes musulmanes, es decir, que perdiesen sus valores y principios, fue a lo que ellos, europeos y demócratas, renunciaron. La fragilidad de una resistencia que se vendió a un precio miserable, de una forma cuanto menos vergonzosa. 

Una falta, que para desgracia de todos no ha ayudado a los musulmanes, pero sí ha permitido la perpetuación del islamismo político en Europa. La publicación de la novela de Rushdie no exigía que se juzgase como mejor o peor, ni siquiera se exigía imparcialidad a los lectores. Lo que estaba en juego era la posibilidad de escribir, de publicar. Fue el precedente de la censura a los escritores sobre temas islámicos.

Después de Rushdie llegaron otros. Llegaron quienes vivían en la cuna francesa del derecho a la blasfemia, fueron atravesadas por balas de Kalashnikovs en pleno centro de París, en nombre del honor religioso la redacción Charlie Hebdo fue masacrada. Otro fue Samuel Patty, que daba una clase sobre historia y libertad de expresión, no le hizo falta ser activista para morir asesinado. Ayaan Hirsi Ali, que se limitó a contar el impacto del patriarcado islámico en su vida como mujer. 

Yo creo que no nos rompe el alma el desamor, nos rompe el alma el silencio. Nos rompe la condición de callar para seguir vivos. Quienes vivieron épocas de represión y/o exilio, entienden el dolor de los disidentes, de quienes no hemos nacido, y probablemente no veremos en nuestros países de origen una democracia. Por eso necesitamos escribir, por eso necesitamos contarlo. Por eso la literatura sigue siendo un barco que naufraga al que seguimos subidos por dignidad, y por justicia. 

Cada vez que voy terminando un artículo sobre un tema que transgrede estos muros invisibles, pero dañinos, me pregunto lo mismo: ¿Cuándo me vienen a buscar? ¿Cuánto tardarán en hacerlo? Luego recuerdo que no hay tiempo ni lugar para reclamar lo que nos pertenece por derecho. Formo parte de todos los cobardes que ansiamos la valiente libertad que él ejerció sin pedirla. 

Por eso, después de Rushdie, estamos todos los demás.