Otras miradas

Señores que dan ecoansiedad

Nagua Alba

Psicóloga. Exdiputada en el Congreso de los Diputados

Una mujer con un cartel en el que se lee: 'No nature, no future', en una manifestación en Madrid el 24 de septiembre de 202. / EUROPA PRESS - Alejandro Martínez Vélez

Leí hace poco que el calor provoca que aumente la secreción de cortisol en el organismo, haciendo así que suban los niveles de estrés y ansiedad, y sobre todo, poniéndonos de muy mal humor y al borde del existencialismo más exacerbado. Quizá ésta sea la mejor definición de lo que sienten quienes padecen "ecoansiedad" (sí, eso que García-Gallardo dice desde su sillón que se quita con trabajos forzados en el monte). Estoy segura de que muchísimas personas conocen a la perfección de lo que hablo porque han constatado en sus propias carnes lo que es la ansiedad climática este verano. Empezando por los incendios, pasando por las olas de calor que ya no se sabe cuando empiezan o acaban porque se solapa una con la siguiente, hasta llegar a los reventones térmicos y los anuncios de un otoño de DANAs e inundaciones a causa del agua evaporada del mar por las altas temperaturas. Con cortisol o sin él, este agosto parece imposible no angustiarse.

Hace unos días, varias jóvenes activistas por el clima explicaban a este diario lo que era la ecoansiedad a través de su propia experiencia. Anne Rodríguez contaba que "a veces te vienen imágenes de la catástrofe, presentes y futuras, y te dan ganas de quedarte sentada y decir, bueno, pues que venga ya y sea ya". También hace unos días, se abrió un acalorado debate entre expertos (y alguna experta, pero principalmente expertos) en crisis climática sobre cuál debía ser la estrategia a seguir por el ecologismo hoy día y cuál su discurso. Lo consulté ansiosa (y pegada al ventilador, porque en mi casa no hay forma humana de generar la más mínima corriente de aire) por dar respuesta a esta angustia que me carcomía. Aclaré algunas dudas y entendí que (con matices) había lo que podía llamarse dos posiciones (a las que no pondré etiqueta por pánico a que alguien me insulte en Twitter), pero sobre todo salí de allí aún más angustiada de lo que había llegado. Y es que en la discusión abundaban los señores de mediana edad que defendían que había que decir la verdad. Anunciaban y avalaban con datos científicos que ya es tarde, esto se va al traste y no hay nada que hacer al respecto. Imagino a estas personas que la activista climática y comunicadora Mary Annaïse Heglar bautizó como "machote catastrofista" como una mezcla entre uno de los predicadores de esa escena de La vida de Brian e Ignatius Farray con la mandíbula desencajada gritando "Se acerca el apocalipsis" a mitad de un monólogo (eso sí, con bata blanca).

No me las voy a dar de lista, yo no soy experta en crisis climática, escribo estas líneas como humilde espectadora y sufridora de ecoansiedad que no ha pegado ojo este verano. No sé si de verdad se viene el fin del mundo y vamos a morir todos y todas, quizá sí, puede que no. Pero sí he aprendido algunas cosas estos últimos años (llamémoslo conocimiento climático nivel usuaria): he aprendido que nuestro modelo de consumo en general, y el energético en particular, son insostenibles; que los recursos del planeta son limitados y además están repartidos de forma bastante injusta; que esto implicará cambios en nuestra vida cotidiana a escala individual, pero sobre todo exige un profundo cambio estructural por el que tienen que apostar quienes toman las decisiones. También he aprendido que cada décima de grado que podamos evitar que suba la temperatura sí marcará la diferencia. Que ésta es una cuestión política, que tanto las causas y consecuencias de la crisis climática como las medidas para combatirla están vinculadas a posiciones políticas. Que quizá aspirar a volver atrás no sea en absoluto realista, pero podemos plantearnos un horizonte en el que construyamos un futuro menos invivible que al que nos dirigimos por el momento.

De lo que algo sí sé es de la ansiedad. Sé que los señores que podrían tomar decisiones para echar el freno a la destrucción del planeta y no lo hacen producen ansiedad. Sé que quienes auguran el fin del mundo sin escapatoria posible producen ansiedad. Sé que la ansiedad es individual, paralizante y muy mala compañera del activismo y la acción política. También sé que la esperanza es siempre motor de cambio y la conciencia combustible de la acción colectiva.