Otras miradas

El valor añadido de cambiar el pañal

Ana Bernal Triviño

Instagram @ristomejide
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No voy a entrar en la polémica de las declaraciones de Risto ni a calificar su tarea como padre, como he leído. Faltaría, ni de lejos. Para quien no esté al corriente (aunque me extraña) hay unas declaraciones de Risto donde indica que, de todas las tareas como padre, la que menos le gusta, es la de cambiar pañales. Normal, creo que para nadie es su tarea preferida. Lo que me interesa más es cuando Risto comenta que el motivo de fondo, aparte de que no le gusta, es que no tiene "valor añadido". Y explica que no es una tarea que su hija le agradecerá con el tiempo, cuando sea mayor. Y es cierto que, en el proceso de educación, hay cuestiones mucho más gratificantes como enseñar a leer, a caminar o a montar en bicicleta. 

Vuelvo a lo que considero la palabra clave de "valor añadido" porque no es solo una apreciación de Risto. La inmensa mayoría piensa así, porque lo hemos aprendido. Creo que también él usa ese concepto en su mentalidad como publicitario pero, al margen de ello, tiene razón. Quitar los pañales no tiene valor añadido. No lo tiene en una sociedad capitalista, donde aprendemos que solo merece la pena aquello que genera algún beneficio extra o alguna gratificación.

Cuando escuché lo de que carece de "valor añadido" me acordé de inmediato de mi madre. Ella se ha pasado toda la vida diciendo que todo lo que hacía como "ama de casa" no valía nada. Pero que si cruzaba de su casa y se iba a otra a hacer lo mismo, se lo pagarían. Y no solo eso, sino que podría jubilarse, tener una pensión el día de mañana y que cuando enfermara podría tener una baja. Entre las paredes de su hogar, ni nadie le pagaba por aquellas tareas diarias, ni nadie apenas se lo reconocería. Porque, al fin y al cabo, todo el mundo sabía que esa era la labor de ser "ama de casa" que, en verdad, es ser "trabajadora de casa". 

Tareas que no son solo físicas, sino que suponen una carga mental brutal, de tenerlo todo bajo control. Mi madre, con sus más de setenta años, así como tantas y tantas mujeres durante todos los siglos, han estado haciendo todas esas tareas sin valor añadido de forma mayoritaria: desde limpiar pañales a recoger nuestro vómitos, de prepararmos los bocadillos para el colegio a revisar si tenía que comprar lápices o gomas, de pasar la fregona a tender la ropa, limpiar el fregadero, fregar mientras se le cortaba la piel de las manos con agua fría o limpiar el wc con lejía. Todas sus tareas han resultado, durante siglos, cosas sin valor; pero cuando han caído enfermas un día sin poder moverse o se han ausentado... la casa era un caos y luego hacían esas faenas aún enfermas. Lo sabemos con certeza. 

Todas estas tareas sin valor añadido tienen el valor del bienestar físico y psicológico, de la higiene y del mantenimiento diario de una vida. La propia sociedad capitalista se ha encargado durante siglos de devaluar todas esas tareas para que el sistema de trabajo funcionara, un sistema basado además en la división de sexos. Que el hombre trabajara fuera del hogar y que, a su regreso, todo estuviera listo por parte de su esposa (comida, atención a los hijos e hijas, ropa lista...) para que él pudiera volver pronto a la fábrica. Así es como ha funcionado durante siglos el sistema. Y de ahí las polémicas y reticencias durante décadas sobre la incorporación de las mujeres al trabajo.

Es el motivo de que, hoy, muchos hogares contraten personal de servicio (la mayoría mujeres) para trabajar fuera del hogar. Las que no pueden, hacen malabares entre el valor añadido de su trabajo y el nulo valor añadido del hogar. De ahí la brecha que existe entre las horas que las mujeres aún dedican de más a las tareas domésticas que los hombres, aunque se incorporen poco a poco. Una diferencia que hace que ellas tengan unas dos horas menos de ocio que ellos, tiempo libre de peor calidad y más síntomas de depresión o ansiedad. Unas tareas no cobradas pero que, de serlo, equivalen a un 40% del PIB en España. Casi nada.

Así que ahí ha residido durante siglos el gran problema: en considerar como tareas de valor no añadido las que tienen muchísimo valor. Y sí, es cierto que nuestros hijos o hijas no van a agradecernos cambiar los pañales. También es cierto que no creo que nadie recuerde, cuando era bebé, quién se lo cambiara para agradecerlo. Pero como no podemos tener memoria de toda la infancia, lo que sí estoy segura es que cuando estemos impedidos o cuando estemos en la cama como ancianos, y nos hagamos nuestras necesidades de nuevo encima, y vengan nuestros hijos e hijas (u otra persona) a limpiarnos... nos daremos cuenta de cuantísimo valor e importancia tiene una tarea como cambiar un pañal. La vida, en su ciclo, se encarga de recordárnoslo.