Otras miradas

Bocanadas anóxicas del siglo XX

Nere Basabe

La reina Isabel II se da la mano con el presidente ruso Vladimir Putin y se despide de él y su esposa Lyudmila en el Palacio de Buckingham en Londres el 27 de junio de 2003. Putin realizó la primera visita de estado a Gran Bretaña de un líder ruso desde 1874. IVAN SEKRETAREV / PISCINA / AFPIVAN SEKRETAREV / PISCINA / AFP

Septiembre es el mes del regreso. La operación retorno, la vuelta al cole, a las rutinas, la prisa y la disciplina del despertador. Incluso vuelven los fascículos a los pocos kioscos que sobreviven, y los hay que persisten en apuntarse al gimnasio, a ver si este año sí. Este mes de septiembre nos ha traído, igual que la marea arrastra hasta la orilla centenares de peces panza arriba, ahogados en la sopa verde del Mar Menor, o las piedras del hambre asoman en los ríos europeos desecados, vestigios de un siglo, que creíamos ya superado, en forma de obituarios. Tantos, y tan seguidos, que por poco no me entero de que se había muerto hasta Godard.

La muerte de Mijaíl Gorbachov pilló a los redactores de la sección de necrológicas aún en chanclas, aunque si la leyenda es cierta, tendrían los textos preparados desde hace años. Seamos justos: no nos acordábamos de que Gorbachov seguía vivo, y a Putin tampoco le importaba, porque para la nueva Rusia ya no era un abuelo que sacar a pasear. Y no pasó una semana cuando falleció alguien que pensábamos que nunca lo haría, la reina de Inglaterra. Ambos lideraron países que ya no existen, qué cosas: la Unión Soviética, el Imperio Británico. Uno tenía un mapa rojo grabado en su frente y la otra portaba un bolsito negro, dos de los accesorios más comentados de todos los tiempos y que acabaron por deglutir la imagen pública de ambos.

Tienen suerte de que la posteridad de nuestros tiempos sea más clemente con los deshacedores de imperios, aunque fuera a su pesar. Teodosio al menos dividió el decadente Imperio Romano por propia voluntad, para repartirlo entre sus dos hijos; otros perdieron imperios al ser derrotados en la guerra. Pero a estos dos personajes icónicos del siglo XX los territorios simplemente se les escurrieron de entre los dedos de las manos, arrastrados por el torrente de la Historia.

Las nuevas organizaciones cooperativas que vinieron a sustituir aquellos vastos imperios (porque eso era la URSS, bajo la fórmula federativa), la Commonwealth y más aún la desconocida CEI (Comunidad de Estados Independientes), no fueron más que un esparadrapo torpe tratando de mantener unido lo desunido, lejos del arte milenario japonés del kintsugi, que resalta la belleza de las cicatrices en la porcelana con pegamento de oro.

Pero no solo han muerto jefes de Estado. De lo mejor de la cultura europea del pasado siglo también se ha extinguido de un plumazo con los fallecimientos del cineasta Jean-Luc Godard o el escritor Javier Marías. Godard fue uno de los padres de aquella Nueva Ola que revolucionó para siempre el cine no solo francés sino mundial, pero que para los jóvenes de hoy es, todo lo más, una espumita antigua de días pasados en blanco y negro, porque ignoran que su estela aún salpica hasta Tarantino.

No es casualidad que Corazón tan blanco, la novela que encumbró a Marías, se publicase entre los fastos hispánicos del 92. Marías demostró que también se podía hacer gran literatura en español más allá de la picaresca y el tremendismo, lo rural, la miseria y los coletazos de la guerra interminable. Construyó un mundo en sus libros a imagen y semejanza de las aspiraciones de aquella joven democracia: cosmopolita, culto y viajero, sofisticado y europeo. Con él aprendimos que "oxoniense" es el gentilicio para la gente de Oxford, y como en el fondo nos parecíamos tan poco a ese ideal flemático oxoniense, sus columnas en prensa de los últimos años las consagró a contarnos indignado todas las muchas cosas que no le gustaban de este siglo XXI, o que ya no comprendía. Confieso que no dejé de leerlas, un poco por las risas, otro poco por fingirme escandalizada y, siempre, para disfrutar de su magnífica prosa.

No todos los hacedores de las tramas del siglo XX han vuelto a los titulares de actualidad en forma de finados. Yo misma me apresuré demasiado al darlo por terminado con la muerte de Fidel Castro. Porque vivitos y coleando perduran Henry Kissinger, que sigue tramando desde su rectorado de Georgetown y sus diversas empresas de asesoría política nuevas conspiraciones, aunque para él todas las guerras sigan siendo la guerra de Vietnam; o Isabelita Perón, oculta de la justicia internacional en un chalet de la Moraleja. Jordi Pujol, epítome de la España de las Autonomías, el régimen del 78 y la corrupción institucionalizada, casi nos da un susto hace unos días, pero el ya octogenario Felipe González parece gozar aún de buena salud, a base de no admitir que el tiempo pasa, también en su partido. Hasta un escritor del siglo XXI como Sergio del Molino le ha dedicado su último libro. Y qué decir de nuestro Emérito, capaz de descojonarse incluso en un solemne funeral de Estado tan British.

El siglo XX no solo vuelve en sus figuras públicas. Lo hace también, y tristemente, en su vocabulario resurrecto. Hace ya unos meses que Putin, más amigo de encolar los pedazos rotos de la grandeza pasada a golpe de misil que con filosofía zen, lanzó a la arena del debate público conceptos que creíamos ya superados como el de Guerra Fría o amenaza nuclear. La crisis de suministro energético tampoco es algo nuevo, y si no pregunten a los más ancianos del lugar por el embargo del petróleo de los años setenta. Ahora que discutimos sobre la idoneidad de una cesta de la compra básica con precios fijados, no está de más recordar que, cuando la joven Isabel II subió al trono del Reino Unido en 1952, productos como la carne y la leche aún estaban sometidos a un régimen de cartillas de racionamiento. Y por supuesto la inflación, compañera fiel de las amas de casa en los ochenta, sombra demasiado alargada entre los latinoamericanos de ayer y de hoy y, en su pico hiperinflacionista más dramático, escenario de la economía alemana de entreguerras en el que se fraguó el ascenso al poder del nacionalsocialismo.

Así que mientras este invierno no tengamos que quemar en la estufa billetes de 50 euros porque valen menos que pagar el gas de la calefacción, tal y como ocurrió entonces, podremos decirnos que ni tan mal. Y si en las elecciones italianas de mañana, como todos vaticinan, se alza con la victoria una neofascista admiradora confesa de Mussolini, y lo hace además cogida del brazo de la momia de Berlusconi, aprendamos del estoicismo de ese anciano interrogado por las cámaras en las calles de Roma: total, los gobiernos en Italia no duran ni dos años y después ya vendrá otro.

O sigamos las directrices de las secciones de tendencias de los diarios, que aúpan al inventor de un envase orgánico, hecho de arcilla y que conserva el agua fresca en su interior (o sea, el inventor del botijo). Aplaudamos al ayuntamiento de Glasgow, que ha tenido la genial idea, con el mismo propósito de acabar con las botellas de plástico, de instalar en sus calles "estaciones de recarga de agua" (lo que en el siglo pasado conocíamos como "fuentes"). Apuntémonos a la moda del sundrying (cómo no se nos había ocurrido antes eso de tender la colada al sol para que se seque) y sigamos con detalle las instrucciones periodísticas para aprender a plantar las semillas de la fruta que comemos. Claro que eso no nos devuelve al siglo XX, sino al neolítico.

Los historiadores, supongo que para distinguirnos del resto de los mortales, no acostumbramos a contar los siglos con la cronología propia de los cien años, sino de acuerdo a una presunta lógica narrativa intrínseca. Así hablamos del "corto siglo XX", que habría abarcado de la Primera Guerra Mundial al fin de la Guerra Fría. Un siglo que habría durado tan solo tres cuartos de siglo, pero que resultó demasiado movidito: grandes confrontaciones ideológicas, violencia política y la guerra total. El siglo XXI no está resultando ser, por lo que llevamos visto, nada novedoso, ni un atisbo de aquella promesa New Age de la Era Acuario, cuando reinarían la razón, la ciencia, la paz y la fraternidad humana en la Tierra. Lejos de ser un siglo corto, a veces tengo la impresión de que aquel siglo XX está durando más que las obsequias fúnebres de la reina de Inglaterra.

Al final va a resultar que algo de razón llevaba Francis Fukuyama con aquello de El fin de la Historia tras la caída del muro de Berlín: no ya porque el motor dialéctico de la historia se hubiera gripado, sino por nuestra incapacidad de escapar de este bucle melancólico y empeño en seguir repitiendo los mismos errores. Hegel dijo que la historia siempre se repite dos veces, y Marx añadió que la primera lo hace como tragedia y la segunda como farsa. Así que, si como en el final de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú acabamos en la hecatombe total del hongo atómico, está vez no lo haremos mecidos por la dulce voz de Vera Lynn y su We Will Meet Again, sino a golpe de meme y baile de TikTok. Hasta ahí nuestras grandes aportaciones a la Historia universal.