Otras miradas

Bad Bunny y… ¿la defensa de la alegría?

Manuel Romero Fernández

Director del Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social

Bad Bunny en un videoclip

Bad Bunny lo volvió a hacer. Como ya sabemos, hago énfasis en que volvió porque no es la primera vez que lo hace: durante las protestas de 2019 que pedían la dimisión del gobernador Ricardo Rosselló, además de ser una de las cabezas visibles de las masivas manifestaciones, presentó un himno para la revuelta junto a Residente titulado Afilando cuchillos. Ahora, todavía más explícito si cabe, lanzando un torpedo contra la línea de flotación del capitalismo financiero global con su nuevo videoclip de la canción El apagón - Aquí vive gente. Para quién aún no lo haya visto, hago un breve resumen más abajo. Antes quería aclarar que esta última frase sobre el impacto del vídeo, a pesar de ser una hipérbole retórica y un juego de palabras marxiano, no esconde ironía alguna. Lamentablemente, lo que una superestrella del reggaetón o el trap diga en una canción puede tener mayor alcance que las propuestas o el discurso meditado de cualquier organización. Me aflige no porque sea un cenizo, sino porque no creo que sea el modelo ideal de esfera pública que los estados de opinión de cientos de miles de personas dependan de con qué pie se levante o qué piense de tal tema una persona random con cierta relevancia mediática. Por suerte, gente de la talla de Ibai Llanos o Bad Bunny suelen posicionarse del lado correcto de la historia, pero ya vimos lo que ocurrió, por ejemplo, con el caso de J Balvin y las protestas en Colombia o las opiniones delirantes y nocivas para la salud pública de algunos influencers antivacunas.

Dicho esto, y volviendo al vídeo, haré un repaso muy breve de los contenidos. La canción del apagón es una reivindicación de la experiencia vivida en las calles de Puerto Rico, una expresión de la colectividad y el sentimiento de pertenencia al territorio en sus diferentes escalas. También habla de algunas de sus miserias más frecuentes, entre ellas los cortes eléctricos que se producen con regularidad. Y, para terminar, lanza un mensaje claro a los especuladores que quieren hacer de Puerto Rico el patio de recreo de los Estados Unidos y a los políticos que le hacen el trabajo sucio: yo no me quiero ir de aquí, que se vayan ellos. Todo esto a golpe de música electrónica y ritmos vibrantes. Lo novedad es que el videoclip, una vez ha finalizado la canción, da paso a un minidocumental sobre la situación actual de algunos de los barrios populares del territorio, que están siendo despiezados y vendidos a grandes propietarios yanquis con las consecuencias lógicas que esto conlleva: expulsión de la población local a través de la subida de los alquileres y el precio del suelo, creación de puestos de trabajo precarios con condiciones de mierda, privatización (in)directa del paisaje y los usos del mismo, etc. Es cierto que el videoclip del que hablo salió hace ya un par de semanas, por lo que este artículo ya estará algo desactualizado si tenemos en cuenta que, debido a la vorágine y los ritmos frenéticos de circulación de la información en las redes sociales, la actualidad cada vez se reduce a un lapso temporal más corto -apenas unas horas o, a lo sumo, un par de días-, pero la canción de Bad Bunny es solo una excusa para reflexionar sobre una cuestión que me inquieta: cuáles son las pasiones que toca movilizar en este cambio de ciclo y cómo vamos a hacerlo.

Durante la última década, hemos repetido hasta la saciedad que no bastaba con el momento de impugnación de todo lo que no nos gusta o es pernicioso para nosotras, con enseñar más los dientes o gritar más fuerte y a los cuatro vientos las injusticias que padecemos, que también es necesario ofrecer un horizonte de vida alternativo. Mi pregunta ahora es la siguiente: ¿cómo continuar haciéndolo con un clima de época en el que la pulsión antipolítica vuelve a ser la columna vertebral de un estado de ánimo generalizado? ¿Cómo hacerlo en un momento en el que la generación que comienza a tener protagonismo político tiene entre sus síntomas más frecuentes la depresión o la ansiedad, ambos trastornos relacionados con la imposibilidad de imaginar el futuro, y que, además, no experimentó en sus propias carnes las momentos de euforia y esperanza colectiva de los años 2011 y 2015?

Hace unos días, una compañera de columnas de opinión, mi queridísima María Corrales, me hizo ver esto mejor a propósito del título del nuevo disco de Los chikos del maíz: Yes, future. El objetivo que hay detrás de esta afirmación es evidente, dar la vuelta al dictum de Jameson e imaginar de una vez por todas que sí, que hay futuro más allá de las narrativas catastróficas del colapso y el no hay alternativa del capitalismo. Pero el interrogante que queda en el aire no puede ser más pertinente: ¿tendrá el horizonte cultural de la izquierda la capacidad de conectar con la sensibilidad colectiva de los tiempos presentes o pecará de cierto exceso de voluntarismo? ¿Hemos vuelto a la década del punk, del no future, o eso implicaría asumir de nuevo el bloqueo y la parálisis y, por lo tanto, la derrota? ¿Toca de defender la alegría o socializar de nuevo las miserias cotidianas? En realidad, esto es una falsa dicotomía, en política no podemos derribar un imaginario sin esbozar otro diferente. Probablemente, el reto que tenemos por delante en los próximos años es el de saber guardar el equilibrio en una tensión por resolver (e irresoluble), el de mantener la llama viva de una forma de nihilismo activo y un nuevo tipo de crítica materialista. En este sentido, el mediometraje de Bad Bunny como metáfora me parece formidable. Pero insisto en lo que decía al comienzo, la respuesta tendrá que venir desde la organización.