Otras miradas

Esa institución llamada amistad

Nagua Alba

Hace unos meses regresé a Madrid, la ciudad en la que viví durante años. Volver fue una elección meditada y consciente porque, aun a sabiendas de que sus gobernantes la estaban transformando en un lugar invivible, también estaba repleta de personas a las que quiero. Personas de esas que te calientan el corazón cuando estás triste y te lo refrescan durante las olas de calor. Personas a las que puedo llamar amigas. Y es que hace mucho que descubrí que es una enorme mentira aquello de que las amistades son indispensables en la adolescencia, donde el yo se diluye en el grupo, pero dejan de serlo tanto (o al menos pasan a ser algo secundario) cuando nos vamos haciendo mayores. Es en los momentos como este, de incertidumbre, cansancio y crisis (existenciales y de todas las otras), cuando se hace más imprescindible que nunca esa institución llamada amistad.

Esta columna acabaría aquí, con una bonita reivindicación de mis amigas y amigos y un fuimos felices, tomamos algunas cervezas y comimos perdices (bueno, perdices no creo, quizá otra cosa), si no fuera porque últimamente, cada vez que me encuentro con mis amistades, hay algo que sobrevuela las conversaciones y que, tras un rato, se encarna como confesión o queja: la soledad. Que nadie me malinterprete, reivindico la soledad como derecho cuando ésta es deseada, considero que es nuestro deber rebelarnos ante el estigma que la acompaña y que el tiempo con nosotras mismas es algo imprescindible. Pero esta soledad es distinta, no es una circunstancia formal, física; puede aparecer incluso en entornos llenos de planes y compañías; es intangible, una angustia que acecha esperando a atraparnos en cuanto bajamos la guardia. Y lo que más me sorprende cuando surge en las conversaciones es que nadie parece tener capacidad para saber dónde está la fuente de la misma, ni cómo deshacerse de ella. Nos echamos de menos, nos lo repetimos sin saber bien a qué nos referimos, porque nos seguimos viendo. Hace poco una amiga me decía lúcidamente que si todo el mundo se siente solo, ¿cómo es posible que no seamos capaces de acompañarnos? Más allá de las circunstancias individuales de cada cual, hay factores que nos atraviesan como generación y que pueden estar contribuyendo a esta sensación omnipresente de soledad.

Lo describe mejor que nadie Tremenda Jauría en su canción Brillando: "Me gusta cuando nos mandamos WhatsApp y nos contamos qué nos pasa/ Pero me gusta mucho más cuando podemos vernos sin tener que hacer un doodle pa’ quedar". Recuerdo, celosa de mi yo del pasado, las horas en el parque o en una plaza comiendo pipas, pasando frío, dejando que la lluvia trepara por los pantalones de campana y simplemente acompañándonos. Teníamos tiempo. Porque la amistad es una cosa muy laboriosa que exige dedicación, pero resulta imposible cultivarla cuando nos pasamos la vida de casa al curro y del curro a casa, con la cabeza repleta de ansiedad por cómo pagaremos el alquiler este mes o si podremos hacer ese bizum de un regalo de cumpleaños que tenemos pendiente. Si el capitalismo es incompatible con la vida, también lo es con la amistad.

Y si un día conseguimos hacer ese doodle y quedar, y obedecemos a Ayuso y nos hinchamos a cañas que ya son casi más caras que el metro cuadrado de una vivienda (porque esta es otra, si no bebes o no tienes dinero para pagarte las cervezas, no hay otro ocio posible, estás fuera, cari), resulta que el malestar es tan enorme que las conversaciones acaban convirtiéndose en un repositorio de dramas, donde hay que hacer turnos para desahogarse sobre personas que están igual de quemadas que nosotras. Porque nadie tiene a quién recurrir para que le ayude a elaborar qué es lo que le está pasando y qué puede hacer con ello. Solo hay dos opciones: dar la turra a quien tienes al lado o ponerte como Las Grecas (y luego dar la turra a quien tienes al lado).

Quererse es escucharse y consolarse, pero cuando la amistad pasa a ser la única terapia posible y la función de las relaciones es ser depósito de desahogos sin tiempo para el disfrute compartido, estas se pervierten y se agotan. La frustración nos conduce a relaciones insatisfactorias y/o a la ansiedad social y el autoaislamiento ingestionable.

Mis amistades son lo más bonito que me ha dado la vida, y como quiero que me duren mucho y que sean (seamos) muy felices, les (nos) deseo unas condiciones de vida que nos lo permitan: renta básica para tener tiempo de mimarnos, servicios de salud mental para cuidarnos mucho y bien y ya que estamos, un ocio en el que quepamos todas. Mientras tanto, voy a por un paquete de pipas.