Otras miradas

¡Ojito, progres!

Sergi Sol

Logotipo de la Agencia Tributaria en una mampara en una Oficina de dicha agencia. -Cézaro De Luca / Europa Press
Logotipo de la Agencia Tributaria en una mampara en una Oficina de dicha agencia. -Cézaro De Luca / Europa Press

Ximo Puig ha roto una especie de tabú de la izquierda anunciando una rebaja de impuestos a las clases medias. La de Puig es una medida sensata para socorrer el creciente ahogo de esas clases medias asediadas por la galopante inflación.

Ese manual izquierdista que prescribe que subir impuestos es de izquierdas y bajarlos de derechas no sólo está trasnochado si no que en buena medida explica por qué la izquierda ya no es el partido agraciado de los que no tienen ni patrimonio, ni rentas elevadas ni formación superior que, cada vez más, responden a su frustración votando partidos populistas o a líderes como Trump en Estados Unidos o a Meloni en Italia.

La OCDE establece que es clase media -el nervio y tesón de nuestra sociedad- esa que ingresa entre un 75 y un 200 por ciento de la renta media. A esa franja, precisamente a esa, está festejando el presidente valenciano que, por cierto, está astiado con el dumping fiscal madrileño que el presidente andaluz Moreno Bonilla imita de la peor manera posible lanzando una opa hostil para que los empresarios catalanes abandonen fiscalmente Catalunya. Si llega a ser al revés, se arma la marimorena.

La supresión del impuesto de patrimonio -medida que sólo beneficia a los que más tienen- sí es algo típico de los partidos liberales y conservadores. Por eso siguen siendo en buena medida los partidos que se votan en los barrios más adinerados de las ciudades.

Lo sorprendente, el cambio de los últimos años, es que en los barrios populares el avance de la ultraderecha y el populismo es notable en paralelo al descenso de la izquierda y el ocaso del comunismo.

Hay dos variables que, según Piketty en Capital e ideología, determinan hoy el voto. Esto es la actitud frente a la redistribución de la riqueza y la inmigración. Esos votantes que se han ido progresivamente a la derecha más extrema son beligerantemente antiinmigración. Tampoco debería sorprender tanto, comparten y compiten con éstos por trabajos mal retribuidos y, a menudo, precarios. El FMI defiende la inmigración. Y la patronal. Claro está, globalmente tiene efectos positivos. Sin duda y a todos los niveles. Sólo hay que ver a esas gentes que sacan a pasear a nuestros abuelos por cuatro chavos.

Pero es obvio que parte de esa sociedad nuestra que se encuentra en una situación más precaria percibe el grueso la inmigración como una competencia que, por ende, abarata los salarios. Ley de la oferta y la demanda. Ahí está el problema que el profesor universitario progre acomete teorizando con una respuesta tan dogmática como ajena. Ni vive en esos barrios populares ni compite con los trabajadores no cualificados.

No hay que olvidar que las rentas bajas están casi exentas de tributar con lo que el peso de la recaudación recae sobre una clase media que está viendo menguar su poder adquisitivo.

Nada que ver con las políticas tributarias que agasajan a los señoritos de la tierra de Moreno Bonilla o con otras prácticas que lejos de crear riqueza y empleo sólo representan un cambio en la ventanilla de pago. Sólo que a la baja.

Las políticas que hurgan en las trampujas para aprovecharse del esfuerzo ajeno son pan para hoy y hambre para mañana. Le convendría recordarlo al presidente andaluz que, por cierto, debería estar preocupado ante la reculada de la inversión extranjera que mientras en España crece en Andalucía ha caído casi a la mitad en el primer semestre de 2022.

La izquierda debe reaccionar o se consolidará esa paradoja desquiciante. Los currantes del Rust Belt americano, en precario, votando a Trump mientras en los barrios acomodados de Manhattan se vota mayormente a los demócratas.

O la izquierda reacciona y abraza a las clases medias y a las víctimas de la globalización en los barrios populares o lo de Meloni no va a ser flor de un día. Ni en Italia, ni en España.