Otras miradas

Modelo 77 o el delito de ser pobre

Manuel Romero Fernández

Director del Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social

Fotograma de la película 'Modelo 77'.
Fotograma de la película 'Modelo 77'.

Si Samuel Beckett estaba en lo cierto, si el arte no es cosa del intelecto sino del nervio, de los afectos más que de la razón, Modelo 77, la última película de Alberto Rodríguez, es una auténtica obra de arte. Todo el largometraje es conmovedor, a ratos desgarrador y violento, otros alegre y divertido, y, además, te deja completamente atrapado de principio a fin. Me dispongo a hacer algunos apuntes sobre la misma, pero antes de comenzar me gustaría hacer dos advertencias. La primera, voy a destripar la película. La segunda, no soy ningún crítico, por lo que no pretendo hacer un juicio estético en la distancia. En cualquier caso, soy un militante, lo que quiere decir que mi intención es la de leer el filme como un síntoma de nuestra coyuntura y, además, hacer el ejercicio de arrojar algo de luz sobre el presente a través de fragmentos dispersos del pasado: en sus rasgos más literales y también en su inconsciente político o ideológico (y que me perdonen Jameson y Rodríguez si estoy pervirtiendo sus conceptos).

Toda la película transcurre entre dos escenarios que son, al mismo tiempo, los grandes protagonistas: uno espacial, la cárcel, en este caso la prisión La Modelo en Barcelona, y, el otro, temporal, la metamorfósis política de un régimen a otro, el tránsito de la dictadura a una democracia embrionaria cuya característica principal era la incertidumbre producto de una correlación de debilidades políticas. La acción ocurre en los pasillos de la prisión que le da nombre al filme, entre los corredores de una estructura radial dividida en módulos y pasillos y vertebrada por un buje central, como la rueda de una bicicleta. Como telón de fondo, la Transición, representada de manera magistral: entre las rejas de una pequeña ventana de la celda se puede vislumbrar un luminoso con forma de trampolín y la trayectoria en destellos de neón de un tipo saltando que anuncia la llegada de la televisión a color. Ahí está todo, en esa pirueta hacia delante y sin mirar atrás de colorines, que es en realidad un salto al vacío. Las torturas y las masacres provocadas por un régimen en blanco y negro quedarán en el olvido, y las víctimas contenidas y golpeadas entre los muros del panóptico. No tengo recuerdo de una metáfora visual más potente para construir una imagen de la nueva normalidad democrática española.

Las celdas están habitadas por pobres, antifascistas y maricones. Algunos conservan la esperanza de salir de allí algún día, como en el caso de el Negro, con la misma ternura y simpatía de Richi en 7 vírgenes. Otros, sin embargo, la abandonaron hace tiempo, como José Pino, al que la experiencia le había enseñado que la vida allende esos muros no era más que un circuito viciado, lleno de trampas para los que han crecido entre la miseria, para aquellos que vienen de ninguna parte. Es aquí donde la Coordinadora de Presos Sociales en Lucha, más conocida por su acrónimo: COPEL, aparece como un rayo fulgurante de ilusión y de optimismo. La COPEL fue la respuesta en forma de lazos de solidaridad, de redes de apoyo mutuo y de organización asamblearia a las palizas sin cuartel, a la desaparición de compañeros que jamás volvieron de un interrogatorio, a los regímenes de aislamiento y a las humillaciones cotidianas. Parafraseando aquella frase que ya dijera Marx: el recluso tiene más necesidad de respeto que de pan. En definitiva, era el espacio en el que se libraba la batalla política por la ley de amnistía, en el que se canalizaban todas las demás reivindicaciones de los presos. También fue un sitio para cuidar unos de otros, dentro y fuera de la prisión, para no perder la cordura y en el que pelear hasta el agotamiento contra el miedo y las terribles injusticias.

Es fascinante como en el proceso, un tipo escéptico encerrado en sí mismo entre cajetillas de tabaco, camisas estampadas y novelas de ciencia ficción, José Pino, interpretado por Javier Gutierrez, termina por enrolarse en la COPEL, motivado por el ánimo de las victorias parciales. Esto debería de hacernos reflexionar sobre la militancia. Ya escribí algo sobre eso en algún sitio. Nunca he estado en absoluto de acuerdo con cierta estetización del activismo como remedio para paliar la crisis de confianza que sufren los partidos políticos de izquierda, el vaciamiento de cuadros y la descomposición del tejido social. Que la militancia tiene que molar, se ha dicho mucho últimamente. Sí, entre otras cosas, pero principalmente tiene que servir para algo, tiene que ser útil. Y es ahí donde interpretan un papel fundamental los pequeños logros colectivos. Cómo podría comprenderse si no el auge del voluntariado y la participación en ONGs, probablemente como la consecuencia lógica de la combinación entre la aceleración general de los estímulos y ritmos de vida y la gratificación inmediata, esas mínimas victorias parciales, que ofrecen las acciones llevadas a cabo por estas organizaciones: atender a refugiados o inmigrantes en la frontera, recoger cientos de kilos de plástico de las orillas de las playas o la organización de comedores sociales para gente sin techo. Aclaro para evitar que no haya malinterpretaciones: solo estoy tratando de explicarlo y de entenderlo, no de criticarlo. La labor social que hacen algunos de estos colectivos es titánica y encomiable, y la militancia, así en abstracto, debería de aprender tanto de ello como de experiencias de lucha como la que construye en el filme Alberto Rodríguez.

A quienes hayáis llegado hasta aquí leyendo el artículo, os pediría que no os hiciérais demasiadas ilusiones. A poco que se conozca la historia de nuestro pasado inmediato, o que ya se haya visto la película, esto no les sorprenderá, pero la COPEL, en términos generales, es derrotada y quedará diluida en el tiempo. Algunas de sus demandas son diferencialmente absorbidas, otras directamente ignoradas y, por último, la más importante, aquella que le daba sentido al proceso, derrotada políticamente. Después de múltiples negociaciones, huelgas de talleres, amotinamientos y la acción directa a través de lesiones autolíticas sobre los cuerpos, representado de manera muy explícita en la película, se desvaneció por un momento aquél último aliento de esperanza que había contagiado de cierto entusiasmo a un gran número de presidiarios. En realidad, no es casualidad que un largometraje como Modelo 77 se estrene en un contexto en el que parece retornar una creciente desafección institucional. No me imagino a nadie rodando esta película en 2014 o 2015, cuando sí daba la sensación de haber una salida. Tengo que reconocerlo, sería injusto no hacerlo, ese momento me dejó roto, me inundó una angustia existencial brutal y la sensación de no tener escapatoria, de que la militancia no es más que una performance inútil que sirve únicamente para dar sentido a un puñado de jóvenes (y no tan jóvenes) víctimas del síndrome del ingenioso hidalgo de Cervantes. Como decía al comienzo del artículo, es una película en la que solo la ternura de la solidaridad y algunos momentos verdaderamente desternillantes consiguen aliviar la incertidumbre y el sufrimiento.

Por suerte, esa fue la impresión inmediata, cuando digerí bien los contenidos cambié de opinión. Aunque no demasiado, si suficiente para hacer una lectura en una clave más positiva y pedagógica. Para terminar de destriparla, contaré cómo termina. Después de la gran desilusión, de la derrota, lograron cavar un túnel entre varios presos para huir de la cárcel. Los protagonistas, Manuel y José Pino, lo conseguirán, no sin la sospecha de que probablemente se lo han permitido para descabezar las protestas (esto es libre de interpretaciones). El gesto de la fuga reabre uno de los debates políticos más interesantes del último siglo, el que se da entre la autonomía y la representación. Es verdad que la tensión está presente durante todo el filme, pero será en los momentos de ruptura donde se haga más evidente. Si buscamos interpretar la narración en términos absolutos, más allá de la historia de una cárcel y una lucha en particular, la huida y la posterior desagregación no parece una opción política deseable. Además, me atrevería a decir que imposible. Ya no existen esas zonas temporalmente autónomas más que como experiencias fugaces de desconexión útiles a las lógicas de funcionamiento del capitalismo tardío, como decía el otro día un deportista que estaban entrevistando en un programa de televisión, y recordemos que el deporte es uno de los salvoconductos más potentes de la ideología neoliberal, hay que desconectar para conectarse. Aunque es igualmente cierto que la escapada es el resultado de la organización colectiva, de la puesta en marcha de una hoja de ruta, de la elaboración de una cartografía precisa de las entrañas de aquello que nos mantiene atrapados y la ejecución posterior de un programa de acción. Es por eso por lo que la fuga en el desenlace final no neutraliza todo el proceso anterior de construcción política, de anudamiento de núcleos de solidaridad y redes de apoyo. No considero que el principio de realidad que se ha ido imponiendo durante el último lustro haya logrado resolver esa tensión en favor de uno de los dos polos. Todo lo contrario, diría que la única manera de atravesar esa contradicción irresoluble es habitarla conservando una voluntad sincera y abierta de cooperación. Lo que no quiere decir que sea fácil, ni muchísimo menos, pero casi todas las articulaciones y alianzas que podamos estrechar para afrontar lo que se viene, para ampliar los márgenes de solidaridad e intervención, deberían ser bienvenidas.

Para finalizar, y volver rápidamente de la abstracción a las cárceles, si comentaba al inicio que el largometraje del director sevillano podría ser una obra de arte por los efectos que provoca sobre los cuerpos de los espectadores, no lo hacía con el objetivo de museificarlo, de apreciarlo como un documento de colección, ya que la película también es historia viva de nuestro presente. Lamentablemente, pese a las victorias parciales y la introducción de mejoras evidentes, los centros penitenciarios continúan estando atestados de pobres e inmigrantes y de algún que otro antifascista. Asimismo, las prácticas vejatorias y el maltrato siguen sucediendo, véase el hilo de Alfon a modo de comentario de Modelo 77, lo que básicamente quiere decir que queda mucho por hacer y mucho por luchar. Por suerte, esta película nos lo recuerda de manera brillante y respetuosa con la historia de los que fueron.

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