Otras miradas

'El cuento de la criada': sororidad versus Gilead

Anita Botwin

June Osborne y Serena Joy en 'El cuento de la criada'
June Osborne y Serena Joy en 'El cuento de la criada'

No iba a ver la quinta temporada de El cuento de la criada. Me habían agotado las imágenes grotescas y de tortura desmedida de la cuarta. Tenía más vista la cara de Elisabeth Moss en eterno primerísimo primer plano sufriendo que la mía propia. Tenía la sensación de que la trama no avanzaba y que ya estaba gastada hace mucho tiempo atrás y que poco o nada tenía que ver ya con el libro que escribió Margaret Atwood en 1985. Sin embargo, varias personas fiables me animaron a darle otra oportunidad y tengo que reconocer que no les faltaba razón. Esta última temporada tiene la fuerza de las primeras temporadas y nos ha regalado tramas en torno a la sororidad, el perdón y la redención. Lo que te mantiene enganchada es precisamente ese reencuentro entre las dos grandes protagonistas de la serie y enemigas íntimas June Osborne y Serena Joy. Serena, que ya no se encuentra en Gilead, sino que está en Canadá en la casa de una extraña familia de acogida que la maltrata y le roba a su hijo, es decir, lo mismo que hizo ella con June en Gilead. De esta forma vemos como ese régimen dictatorial era una trampa para los propios creadores intelectuales, como es el caso de Serena, que bebe de su propia medicina al encontrarse viuda y a cargo de un bebé.

Nos habíamos cansado de sufrimiento gratuito, ya era hora de darnos otro tipo de contenido en el que las mujeres (incluso antagónicas) parece que empiezan a entenderse porque las consecuencias del sistema patriarcal les obligan a ello. Lo interesante de esta ficción ha sido la trama de esas dos madres que en muchos momentos han deseado matarse y ahora parece que están condenadas a entenderse por un fin mayor, sus hijos y el mundo que quieren dejarles, algo que bebe directamente de los cuidados y el ecofeminismo.

Caer en una de las opresiones que nos tiene destinadas el sistema es algo que puede ocurrirle a cualquier mujer que defienda el patriarcado o que al menos no se defina como feminista abiertamente. Hemos podido ver un arco de transformación en Serena, algo por lo que probablemente hemos pasado todas las que abiertamente nos consideramos feministas y es que este aprendizaje no es algo con lo que nazcamos, sino que nos vamos formando a lo largo de los años y de las experiencias.

La temporada me ha llevado a preguntarme acerca de la posibilidad de una amistad entre dos mujeres completamente opuestas ideológicamente. ¿Yo podría ser amiga de Olona o de Ayuso? Lanzo esta pregunta porque yo no tengo la respuesta exacta, aunque me cuesta imaginarme con una de ellas confraternizando, sinceramente.

Quizá fuera viable ese reencuentro de aliadas en una política menos patriarcal en la que no primaran las disputas, los insultos, el ambiente guerracivilista, fruto de una transición chapucera y de poco o ningún perdón ni reparación.

Sin embargo, quiero creer que en situaciones complejas, como la que vemos en la serie cuando Serena le perdona la vida a June y esta le ayuda en su parto de riesgo, podemos dejar de lado las rencillas y las opiniones políticas, podemos acuerparnos y que la sororidad sea la protagonista.

El feminismo interseccional habla de que se puede ser víctima de una opresión o de varias y esto es clave para entender las relaciones humanas, algo que vemos reflejado en el argumento. Serena sufre opresión por ser mujer, pero June también por ser activista capturada y contraria a todo lo que Gilead simboliza. Se podría decir que cada una pertenece a una clase social, mientras que Serena era la dueña del hogar (aunque siempre por debajo del marido en jerarquía), June era la criada. Esas otras opresiones que June sufre, muchas de la mano de la misma Serena, hacen que jamás puedan entenderse. Sin embargo, cuando se encuentran en un mundo libre, Canadá, y se invierten los papeles, vemos como ambas siguen sufriendo las mismas opresiones por ser mujeres, pero se han equilibrado en tanto que deben huir de Canadá, ambas con sus hijos.

La pregunta sigue resonando en mi cabeza ¿podemos ser sororas con quienes son ideológicamente machistas y luchan por hacernos retroceder en derechos y libertades? Es complicado, habría que hacer un gran esfuerzo, tragarse la bilis, que nuestros ideales por la igualdad sean más sólidos que su odio y su esfuerzo por impedirnos liberarnos del yugo patriarcal. Necesitaríamos unas gafas moradas con superpoderes capaces de tener empatía con mujeres que, aunque enemigas, han sufrido también en mayor o menor medida las garras del patriarcado. Quizá no lleguemos nunca a ser amigas, como no lo son June y Serena, pero podemos ser aliadas por una causa común a todas nosotras en algún punto concreto de la historia. Al menos quien pueda y tenga las tragaderas necesarias para hacerlo. Alguien como el personaje de June, que se demuestra a sí misma que ella nunca le haría a Serena lo que ella sí le hizo en Gilead. Sin embargo le deja claro, bien claro algo, "yo no soy como tú, por eso te he ayudado". Nosotras no somos como ellas porque somos feministas.