Opinion · Otras miradas

El voto cautivo del PP

María Márquez Guerrero

Universidad de Sevilla

María Márquez Guerrero
Universidad de Sevilla

En su artículo ¿Por qué seis millones seguirán votando al PP? (Público, 15 de abril), Juan Tortosa escudriñaba el misterio de la “lealtad” de voto al “partido más enfangado de corrupción en toda nuestra historia”. Se trata de la misma pregunta que miles de personas nos habremos formulado en público o privadamente: ¿Cómo es posible que casi 7 millones de personas apoyen con su voto a quienes nos han expoliado, validando así el abuso de  poder? Por supuesto, se excluye del enigma a la minoría que se beneficia de amnistías y paraísos fiscales,  además de otras medidas, dramáticamente antipopulares, tomadas por el último gobierno. Para explicarlo, Tortosa recordaba aquel famoso episodio del Lazarillo en que el ciego le propina una contundente bofetada a Lázaro cuando descubre que se está comiendo de tres en tres las uvas del racimo que habían acordado compartir “¿Cómo os habéis dado cuenta, pregunta Lázaro, si no podéis ver?” “Muy sencillo, le respondió el amo, porque yo me las estoy comiendo de dos en dos, y tú no has dicho nada”. Ciertamente, el silencio de Lázaro de Tormes lo delata como ladrón: su amo deduce que le roba por su falta de respuesta ante el abuso y ante la traición al íntimo pacto de solidaridad y justicia que habían acordado.

Tal vez porque padezca “la enfermedad del entusiasmo”, me resisto a creer en un temperamento español naturalmente inclinado a la picardía, un particular modo de ser que nos conmina a robar, engañar, mentir, aprovecharnos de los demás en busca de nuestro medro personal. En mi opinión, la proliferación de novelas como el Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, La pícara Justina o El Buscón  son más bien la expresión de un espíritu crítico, de una lucidez que observa crítica e incluso cínicamente una realidad humana universal. Sinceramente, no creo que esos siete millones de personas que, según las encuestas, seguirán votando al PP compartan con el partido y, con los empresarios cómplices, sus prácticas o inclinaciones corruptas.

La expresión voto cautivo es polisémica y, por tanto, ambigua. Por una parte, con ella se hace referencia, a través de un uso metafórico fuertemente expresivo,  al voto de lealtad: el de los afiliados, votantes fijos, estables, que respaldarán a la fuerza política en cualquier circunstancia; esta adhesión casi religiosa a un partido tendría en su base razones ideológicas, como la lealtad a un líder o la tradición familiar. Ya lo apuntaba Ortega y Gasset: “Las ideas se tienen; en las creencias se está”, aludiendo con ello a que toda nuestra vida se levanta sobre  una interpretación del mundo que interiorizamos antes de haber podido desarrollar ningún tipo de juicio crítico y de la que difícilmente podremos escapar. En este sentido, efectivamente no sería un voto libre, sino una suerte de voto cautivo. Ya lo había descubierto Heráclito, el Oscuro, cuando sentenciaba que «El carácter de un hombre es su destino».

También se ha utilizado la expresión para designar a los votos recibidos por un partido  político a cambio de beneficios para ciertos sectores. En este caso, se trataría de un voto comprado, otorgado más por intereses personales que por las propias convicciones. Por ejemplo, la promesa de no subir impuestos por parte del PP, puede atraer a un amplio sector de la población, temerosa de ver degradada aún más su calidad de vida.

Es un hecho conocido que más que argumentos racionales, impulsos primitivos, como el miedo al aislamiento o el deseo de pertenencia al grupo de los vencedores, pueden determinar nuestra decisión como votantes. En un artículo anterior (cfr. “Síndrome de la rana: la metáfora de la conciencia dormida”) intentaba comprender la pasividad que nos caracteriza como sociedad, una sumisión que hunde sus raíces en oscuros tiempos de silencio, cuya sombra – tan alargada que no es capaz de negar ninguna “transición”- llega hasta nuestros días. Entonces hacía referencia a la insensibilización ante los abusos, un fenómeno que en psicología se conoce como  “indefensión aprendida”: la repetida y traumática experiencia de que el dolor es inevitable, pues la vida está completamente fuera de nuestro control y no hay posibilidad de intervenir para defenderse. Asistimos atónitos a información sobre decenas de casos, tramas, laberintos, redes de corrupción…, pero nos faltan las herramientas conceptuales y los datos necesarios para comprender los procesos que se desarrollan en esta sociedad actual tan compleja y opaca (D. Innerarity). Y rara vez llegamos a ver la resolución de estos casos, que generalmente prescriben, y, ni mucho menos la necesaria reparación. La consecuencia es la habituación al abuso y la inhibición de la respuesta.

El sentimiento de indefensión  se convierte en una segunda piel, hábito de la conciencia herida: la persona sometida al poder ajeno, arbitrario y cruel, llega a congraciarse con el amo, se siente cómplice de su causa, adopta su forma de vestir, de moverse, de pensar… y hasta llega a con-fundirse con él (“Síndrome de Estocolmo”) en un intento de obtener protección y seguridad. En este sentido, podríamos hablar de un voto secuestrado. Son millones las personas que han sufrido un deterioro significativo en su calidad de vida, las que se han visto desposeídas de los derechos básicos al trabajo, a la salud, a la educación, al apoyo en los  casos de dependencia, o en los de violencia de  género. Millones de personas a las que les cuesta respirar, que han sufrido o prevén que sufrirán el paro, el desgarro de la emigración, o la enfermedad sin cura, y que, sin embargo, seguirán votando al partido que ha ejecutado este austericidio. La indefensión aprendida convierte a la víctima en culpable y al verdugo en un gestor inocente que no ha hecho más que cumplir con las exigencias del exterior. Para entonces, ya estamos instalados en el  limbo del desamparo donde nos sentimos como almas que penamos por algún pecado cometido contra el dios Mercado. Sin embargo, lo cierto es que, aunque hubiéramos hecho méritos increíbles, no tendríamos nunca tanto poder como para ocasionar semejante caos; son nuestros gobernantes los que han vivido por encima de nuestras posibilidades, o, mejor, de nuestras pasividades.

¿Por qué esta distorsión de la conciencia? Cabría preguntarse qué factores nos convierten en seres tan vulnerables a la manipulación. El aislamiento social, la doméstica soledad cotidiana en la que habitamos, dentro de este sistema basado en la productividad y en la competitividad,  tienen mucha responsabilidad en ello. Nos fallan las redes que podrían darnos seguridad, confianza, autoestima, y, por tanto, fuerza para responder.  En La espiral del silencio, E. Noelle-Neumann (1977), tras comprobar la diferencia considerable entre los datos de las encuestas sobre la intención de voto y los resultados electorales efectivos en la Alemania de 1965 y de 1972,  se preguntaba por los factores psicológicos que subyacen al “vuelco del último minuto”. Un tanto por ciento muy alto de los indecisos se inclinó entonces  a favor de la fuerza política que las encuestas presentaban como ganadora. En principio, podría considerarse como manifestación del conocido “efecto del carro ganador”, el deseo de participar de la victoria y sus beneficios. Sin embargo, Noelle-Neumann apunta a una aspiración menos pretenciosa: “a diferencia de la élite, la mayor parte de la gente no espera obtener un cargo o poder con la victoria. Se trata de algo más modesto: el deseo de evitar el aislamiento, un deseo aparentemente compartido por todos nosotros”. La(s) fuerza(s) ganadoras en las encuestas ejercen, por el hecho de ser mayoritarias, una fascinación casi inevitable: no se trata del éxito en la argumentación, del “programa, programa, programa” de J. Anguita; tampoco hacen falta siquiera garantías de éxito, trabajo, prosperidad. La adhesión al partido que se presenta como favorito promete un paraíso efímero, pero tan necesario como el sol que nos calienta y el aire que respiramos: la garantía de no estar aislados, de evitar la exclusión y el ostracismo. Para conseguirlo, estarían dispuestos a hacer cualquier cosa, incluso a votar en contra de sus principios. Y, llegado el caso, podrían no votar a la fuerza ganadora, pero sí abstenerse,  guardando silencio “para no señalarse”. Surge así esa “mayoría silenciosa”, tan interesadamente utilizada por gobernantes como Rajoy, Aznar, Fraga o Nixon, arma poderosa contra las mayorías sociales que sí se manifiestan contra sus políticas.

Es un hecho conocido que, paradójicamente, las áreas con mayor índice de abstención coinciden con los sectores más perjudicados por el actual sistema económico: a la población más maltratada se la ha convencido en la práctica de que no pueden cambiar nada. Y es que el miedo al aislamiento es tanto más intolerable cuanto más deteriorada se encuentra nuestra identidad. Como señalaba Goffman (1986), el sufrimiento ocasionado por la posesión de un estigma  -defecto físico o psicológico, minusvalía o modo de ser diferente; algo que le ocurre a cualquier minoría marginada- conduce a la necesidad de su encubrimiento, a ocultar la verdadera identidad  camuflándola simbólicamente, y, por supuesto, puede llevar a cambiar el voto a favor de los considerados “normales” o “exitosos” contrariando los propios intereses y valores. Este sería un voto renegado, pues si alguien se avergüenza de sí mismo es porque, en el fondo, comparte la ideología y aspira a conquistar la situación vital del vencedor.  El miedo al aislamiento y el encubrimiento del estigma son factores que podrían explicar esta especie de voto y también el silencio de la abstención.

Ahora bien, también desde este prisma, y centrándonos en quienes no se encuentran bajo el umbral de la pobreza (asalariados en general, autónomos, etc.) aquellos que voten nuevamente al PP, más que al pícaro Lázaro, me recuerdan al triste hidalgo, arruinado y vanidoso, que salía a pasear con un mondadientes fingiendo limpiarse la dentadura de los restos de carne que solo existían en sus sueños. La novela del Lazarillo es, de hecho, una crítica agria y desencantada del falso principio del honor -fundado en el dinero y en la nobleza de sangre- y de la hipocresía social, que suplanta la verdadera nobleza y dignidad por una máscara, falsa identidad de poder y de éxito. Como dice el amo ciego, se trataría de buscar el propio provecho sin pensar en los demás; y dentro de este fin último, arrimarse a los buenos se presenta como la mejor forma de garantizar que antes o después «se será uno de ellos».

Frente al individualismo campante en nuestras sociedades postmodernas, una de las más poderosas medicinas contra la desesperanza y la identidad deteriorada es el fortalecimiento de las redes sociales, y no solo virtuales, que nos permitan construir una realidad más igualitaria,  más justa y más digna. “Debemos, pues, continuar la tarea imposible: rescatar de la noche, árbol por árbol y rama por rama, el bosque infinitito de nuestros hermanos” (Buero Vallejo)