Otras miradas

#GoodbyeTwitter

Nagua Alba

Psicóloga. Exdiputada en el Congreso.

La silueta de Musk ante el logotipo de Twitter. REUTERS/Dado Ruvic

En esta época en la que las amenazas apocalípticas se solapan unas con otras no ha sido una buena noticia saber que Twitter corre un alto riesgo de morir. No comparo el fin de Twitter con el de la humanidad, no estoy tan loca (por ahora), pero sí diría que la agonía decadente que sufre esta red social marca el fin de una era para quienes hemos dedicado un gran porcentaje de las horas de nuestra vida a ella. También se acaba Twitter. Y a mí, lo reconozco, me pone triste.

No es esta la primera vez, ni será la última. Hemos sobrevivido ya a la desaparición de otras muchas plataformas y herramientas a las que el tiempo les pasó por encima y dejaron de ser eje vertebrador de nuestra cotidianidad para convertirse en una cosa obsoleta de cuyo uso pasado nos avergonzábamos. Me descargué con ternura mis fotos de adolescente antes del borrado de Tuenti, aun me sé de memoria las canciones del MySpace de mi crush de la universidad, todavía recuerdo el (hortera y bochornoso) título de mi Fotolog y añoro puntualmente que me llegue un zumbido por Messenger. Pero lo superé. Y en su lugar aparecieron redes sociales que atrapaban mi atención (soy de enganche fácil, esto también lo reconozco) más aún que aquellas que acababa de abandonar. El duelo por Twitter no será tan fácil.

Publicaba esta semana Gabriel Rufián una foto de unas señoras charlando a la fresca, y afirmaba que "si cambiamos Twitter por esto yo lo compro". Siento no estar de acuerdo con él. Me encantan las charlas de señoras y todos los veranos fantaseo con sentarme a la fresca, pero lo que Twitter nos ha ofrecido estos años es justamente lo contrario a eso: la oportunidad de tener una conversación mucho más amplia que la que podemos entablar con nuestras vecinas. Una conversación a nivel global, en la que todo el mundo tiene acceso a cualquiera en igualdad, desde autoridades y figuras políticas, a artistas de fama mundial, personas expertas de muchísimos ámbitos, grandes empresas a las que sacar los colores cuando abusan y un eterno etcétera.

Twitter nos ha permitido encontrarnos con quienes compartían nuestras mismas demandas, angustias y voluntades, intercambiar ideas, organizarnos e intervenir la conversación y la agenda públicas. Lo vivimos en el 15M y lo hemos constatado muchas veces después. Es cierto que la comunidad tuitera es minúscula en comparación con las de redes como Facebook o TikTok, pero no menos cierto es que cualitativamente ha sido una comunidad poderosa, porque en ella habitaban activistas, periodistas, personas generadoras de opinión y mucha gente con poder para cambiar cosas. Esto es importante en España, pero lo es aún más en países donde protestar u organizarse es perseguido con violencia y puede implicar incluso la muerte, buen ejemplo de ello es la lucha por los derechos humanos ahora en Irán.

Twitter también nos ha dado acceso a la información a través de medios, periodistas y personas expertas en un momento en el que cada vez es más difícil hacerlo en la prensa tradicional de forma gratuita. Nos ha regalado un espacio para la difusión y creación cultural, para el humor y, cómo no, el (a veces imprescindible) cotilleo. No voy a obviar, por lo dañino que es, que esta red social también se ha llenado de odio y toxicidad, y que si eres mujer, o LGTBI, o racializada etc. a veces se convierte en un lugar demasiado hostil como para habitarlo, pero esto no quita que Twitter nos abrió una ventana al mundo.

Sin embargo, lo que más triste me pone es que Twitter no muere de muerte natural como otras redes. La mano ejecutora es la de un "niñato mediocre, privilegiado presurizado, racista mezquino, megalómano, bebé bancarrota, parásito supremo, espinilla petulante, millonario sin valor que se beneficia con el apartheid", que es como definen a Elon Musk sus ya exempleados. Alguien que tiene mucho dinero y se cree por ello con legitimidad para vulnerar todo derecho laboral y de paso destruir por capricho algo que, con sus cosas buenas y malas, ha marcado en muchos sentidos la vida cultural, política y social de millones de personas durante años. Puede que haya llegado el momento de plantearnos la urgente necesidad de espacios digitales públicos, que no respondan a intereses económicos ni antojos de algún excéntrico, sino a las necesidades de una ciudadanía deseosa de seguirse encontrando y compartiendo.

Si finalmente desaparece Twitter no extrañaré a los trolls, el hate ni los fakes (y sinceramente, tampoco ningún tuit que incluya el hashtag #compol, qué martirio), pero echaré muchísimo de menos los tuits viejos de Pedro Sánchez ("Ser malos! Buenas noches colegas" será siempre mi favorito); los memes; las bios en las que cada cual tiene que comprimir toda su identidad en pocas palabras y algún emoji; los hilos eternos que te atrapan hasta el final; las luchas, las tristezas y las alegrías compartidas; y, sobre todo, a tantas personas interesantes, divertidas, inteligentes, generosas, grandes divulgadoras o analistas a las que he ido descubriendo por allí y atesorando en mi TL. Espero que volvamos a encontrarnos en un espacio digital público de verdad.