Otras miradas

La zozobra de los tuiteros

Oti Corona

@LaCrono__

La aplicación de Twitter se ve en un teléfono inteligente. -Reuters / Dado Ruvic
La aplicación de Twitter se ve en un teléfono inteligente. -Reuters / Dado Ruvic

En todas las familias hay una persona a la que nadie soporta. Un ser pedante e insufrible que acostumbra a despotricar contra quienes le rodean y que sorprende por su habilidad para opinar, mal y sin fundamento, sobre casi todo. Un personaje histriónico y bocazas, incapaz de advertir cuándo molesta o habla de más, algo que sucede con alarmante frecuencia. En mi familia, esa persona soy yo. Por eso me abrí una cuenta en Twitter, la red social de los haters, los radicales, los intensitos y los desahuciados morales en la que me siento como en casa.

Llegué hace poco más de seis años guiada por la curiosidad de saber qué se cocía ahí dentro. Me recibieron, fieles a las costumbres tuiteras, varias hordas de salvajes furiosos que me arrancaron la boina y liberaron las dos gallinas enjauladas con las que tenía previsto obsequiarles en cuanto hubiésemos roto el hielo. Mientras esquivaba escupitajos, respondía a los insultos y fingía que sus burlas no me afectaban, comprendí que por fin había encontrado mi lugar en el mundo.

He sido feliz en Twitter desde entonces. Me he construido un cuchitril virtual en el que malgasto una cantidad vergonzosa de tiempo, he idealizado a unos cuantos tuiteros con el propósito de convencerme a mí misma de que son mis amigos y he aprendido a moverme entre zascas, memes, GIFs y hashtags a fin de exponer mi ideología feminista y progre, con el objetivo de convertirme en un blanco seguro para un potencial gobierno de ultraderecha o en caso de una nada descartable dictadura. No crean que todo ha sido bonito; esta plataforma también me ha acercado a gente macabra y descerebrada, individuos con los que jamás habría cruzado palabra en la vida real. ¿Sabían, por ejemplo, que existen seres humanos a los que les gusta la fruta escarchada? Pues existen y sí: están en Twitter.

Sea como sea, el conglomerado de bárbaros zarrapastrosos que formamos el tejido tuitero aportamos nuestro granito de arena en la configuración del mundo. No hay político que, al levantarse por la mañana, no suplique a su dios que no le toque a él estar en la diana de tan amables internautas. Y es que somos imprevisibles. Lo mismo nos burlamos de la exhumación de Franco que elevamos a las alturas la figura de Carrero Blanco. Más allá de la política, en Twitter muchas personas han hallado alivio a su soledad, consuelo en sus pérdidas, recetas de cocina, una fuente de ingresos, vídeos de gatitos y risas, muchas risas.

Se pueden hacer una idea de lo bien que nos ha sentado que un niño rico con ínfulas se gastase un pastizal en comprar nuestro tugurio y que, al grito de "El scattergories es mío", haya ofrecido a los usuarios pagarle un aguinaldo mensual a cambio de la verificación de sus cuentas, y a sus trabajadores la nada desdeñable oportunidad de vivir en régimen de semiesclavitud. El resto es sabido: por un lado, varios tuiteros consideraron que ocho euros era el precio adecuado para el troleo y provocaron el desastre financiero en unas pocas compañías; por otro, la mayoría de empleados se negaron a aceptar las  condiciones de este bully con pasta y se largaron. Musk ha convertido el barco de Twitter en un animal de compañía sin vacunar. O algo así. Lo cierto es que vamos a la deriva y que cada vez son más los que auguran que el cierre de la plataforma está a la vuelta de la esquina.

A día de hoy, nuestro futuro es incierto. El capitán está chiflado y los músicos, incapaces de mantener la compostura, tocamos los platillos, correteamos de babor a estribor como pollos sin cabeza y nos meamos en el iceberg. Quienes no tenemos donde caernos muertos entramos y salimos de forma compulsiva de nuestras cuentas para ver si el chisme todavía funciona. No pocos han optado por agradecer los servicios prestados y despedirse de sus afines; otros elaboran larguísimos hilos en los que explican por qué –o por qué no– es el fin de Twitter. Todos nos pitorreamos de la situación, en un intento vano por disimular el llanto. Nos hemos dado de alta en redes sociales distintas y un buen puñado se ha mudado y ha montado el chiringuito en otra parte.

Me gusta imaginar que nuestros dirigentes se debaten entre la alarma y la congoja, aterrorizados ante la posibilidad de enfrentarse a miles, a decenas de miles, a millones de extuiteros ansiosos por quemarlo todo pero sin una red donde distraerse y matar el tiempo. Fantaseo con que a esas reuniones interminables con Musk acuden varios líderes mundiales a suplicarle que malvenda o que regale, que haga cualquier cosa menos cerrar la plataforma porque si nos deja libres no van a saber dónde ponernos.